→ Reserva de la biosfera de Monfragüe: hidrosfera.

La primera vez que visité Monfragüe fue en bicicleta. Correría el año 1986 u 87, no recuerdo bien, y al no ser yo mayor de edad, ni mucho menos de bolsillo lleno, aún no disponía de otro medio de locomoción autónomo que los pedales de mi Peugeot; una de carreras como decíamos entonces -y creo que se sigue diciendo- ante la recientísima aparición en Extremadura por aquellas fechas de las bicicletas de montaña. Todavía la monto a veces cuando acudo a Portugal, pues cuando me fui a Valencia a estudiar Bellas Artes acabé por vendérsela a mi cuñado para comprarme unas botas de montaña y un objetivo para la réflex que me prestaba mi hermana mayor, y él la conserva aún, algo tuneada, en la casa que compartimos en el país vecino.

Recuerdo aquel viaje con emoción; junto a tres amigos nos lanzábamos a la aventura de recorrer los nada desdeñables 71 kilómetros que separaban nuestra ciudad, Cáceres, de Villarreal de San Carlos por aquellas carreteras que no eran ni por asomo las que son hoy. Alguno de mis compañeros ya conocía el entonces parque natural pero para mí, como ya he dicho, era la primera vez, y es francamente difícil describir la impresión que me causó encontrarme frente a frente con la feroz mole de Peña Falcón, bien es verdad que algo asfixiado tras superar la subida del ribero del arroyo de la Vid, primer contacto con la red hídrica de la reserva. Yo ya conocía bien otros paisajes extremeños, como la sierra de San Pedro, el valle del Jerte o La Vera; o las grandes llanuras de regadío de las vegas del Guadiana, donde me crie de alguna forma pues de allí es oriunda mi familia, la paterna y la materna, pero nunca había visto un farallón cuarcítico de tamaña envergadura elevándose sobre las calmadas aguas del Tajo, que no sabía embalsado todavía, y menos aún rodeado por doquier de siluetas de buitres sobrevolándolo.

Y no fue menos el impacto al continuar camino de Villarreal y encontrarme apenas a la vuelta con la exuberante umbría del castillo, por la que avanzamos absortos paralelos al cauce del gran río, entre quejigos, enebros y brezos arbóreos, hasta llegar a la fuente del Francés, donde suelo seguir parando para refrescarme cuando paso por allí y llevo algo de tiempo. Por aquel entonces dormíamos en los chozos de Villarreal -pocos aún eran los visitantes y nadie tenía problemas en que así fuera- que no estaban tan aparentes como hoy, claro, y con apenas unos tablones claveteados como puerta, pero que para nosotros acostumbrados ya a dormir en cualquier claro, portal de una ermita o borde de un camino parecían bungalós, si es que conocíamos ya esa palabra.

Comienzo hablando de este viaje, apenas un fin de semana por cierto, a propósito del tema del agua. Y me explico: recuerdo que aquel día al aproximarnos a Villarreal nos encontramos con algunas máquinas y obras que, según supieron contarnos después, y no creo equivocarme en el recuerdo, resultaron ser las propias de conducir el agua corriente a la localidad, pues hasta la fecha los escasísimos habitantes de la misma tenían que ir hasta las fuentes más cercanas, como la del Francés que antes mencionaba, para disponer de agua para beber. Tal era la situación aún por aquellos parajes a pesar de haber sido ya declarados parque natural algunos años atrás, en 1979 concretamente; ¡qué lejos queda todo aquello ahora!

En cualquier caso tenía algo de emocionante el hecho de que fuera parque natural, mi primer parque natural hasta aquel momento, al menos visitándolo por mí mismo. Y era emocionante porque ya teníamos a pesar de nuestra juventud cierta conciencia ecológica, y eso nos llevaba a tener la percepción de estar ante algo especial, en un lugar casi legendario. Ya sabíamos nosotros algo de pájaros –había hecho yo por aquel entonces mis primeros pinitos dibujando fauna en alguna publicación amateur- y de hecho íbamos a Monfragüe con toda la intención del mundo para verlos. Y buscábamos insistentemente a la cigüeña negra, al búho real y especialmente al águila imperial, desestimando con cierto desdén una a una la infinidad de siluetas de buitres negros y leonados que encontrábamos a nuestro paso. Ocurría entonces que ya se veían visitantes foráneos aficionados a las aves -más que nacionales, desde luego- cargados con unas ópticas que nos parecían imponentes; y nosotros nos aprendimos la curiosa técnica de localizar algunos nidos con unos pobres prismáticos que teníamos para todos y hacernos los interesantes hasta que alguno nos preguntaba qué mirábamos, y con nuestro inglés chapurreado, intercalado con los nombres científicos de las especies, le contábamos la película. Finalmente la forma más fácil de localizarle el nido o el ejemplar era usar su telescopio, lo que nos resultaba excitante en grado sumo.

“Buscábamos insistentemente a la cigüeña negra, al búho real y especialmente al águila imperial”

En ese mismo viaje, al día siguiente, tuvimos la feliz idea de dejar nuestras bicicletas en Villarreal y recorrer a pie los casi once kilómetros que la separan de la Portilla del Tiétar, con un sol de justicia pues era junio, y cosas de la edad sin agua ni recipiente alguno para transportarla. Al poco de salir echamos un trago en la fuente de los Tres Caños y desde allí no volvimos a probarla hasta que regresamos al mismo lugar; bueno, creo que chupamos un muro de contención de la presa del embalse de los Saltos de Torrejón sobre el Tiétar por el que se filtraba algo de agua, nada más pasar la Tajadilla. Al regreso al oasis que es la fuente de los Tres Caños recuerdo la sensación de olerla desde bien lejos, como esos elefantes del desierto en los documentales, con la boca seca de tanto andar y de inhalar los aromas de las hierbas serranas, corriendo los últimos metros al grito de “¡Agua!”.

Poco podía imaginar yo en aquella época, con lo que me imponía la figura del parque natural, después ampliado y convertido en reserva de la biosfera y en parque nacional, que acabaría trabajando en numerosos proyectos en este territorio. Especialmente guardo un gran recuerdo de los años en que participé en la elaboración de la imagen de la FIO, entre el 2013 y el 2016, lo que me dio la oportunidad de aportar algo de historia sobre el arte de naturaleza y de trabajar con autores admirados como Juan Varela o el tristemente desparecido Antonio Ojea. Una feria con la que ni podíamos soñar hace pocas décadas y que ha llegado sin embargo a convertirse en un referente del sector gracias al esfuerzo y la dedicación de mucha gente a la que merece la pena reconocer aquí.

“Especialmente guardo un gran recuerdo de los años en que participé en la elaboración de la imagen de la FIO, entre el 2013 y 2016”

Pero han sido –y son y serán, espero- muchos otros los proyectos desarrollados, especialmente relacionados con la documentación, prospección y señalización de caminos, rutas y recursos, pero también con la edición de material divulgativo, lo que me ha llevado a tener un conocimiento probablemente privilegiado del amplísimo territorio de la reserva de la biosfera de Monfragüe. Y es mucha el agua que beber. Si bien es verdad que ya he hablado a través de mis núbiles anécdotas de lugares emblemáticos relacionados con el agua, como las fuentes del parque y los propios cauces del Tajo y el Tiétar que vertebran y modelan esta franja de tierra cacereña, hay mucho más que contar. Este último río aporta al territorio no solo referentes puntos de observación de fauna como la Portilla o la Tajadilla, sino que más hacia el norte nutre magníficas áreas de regadío donde el maíz, el pimentón y el tabaco ganan terreno al mar de dehesas circundante en los términos municipales de Toril, Casatejada y Malpartida de Plasencia; ver las grullas en la finca de Haza de la Concepción durante la invernada, por ejemplo, desparramadas entre unos y otros usos de la tierra no tiene cotejo. 

Pero las sorpresas siguen apareciendo a pesar de todo: no hará ni un año, inventariando una actuación de señalización en la ruta de la sierra de la Breña, en Deleitosa, en concreto una variante nueva que recorre el arroyo del Venero que como su nombre indica mana hasta en el más cálido de los estíos, descubrí asombrado en sus orillas los alisos más gruesos, que no más altos, que jamás haya visto. Personalmente estoy convencido de que al menos uno de ellos reúne todos los requisitos para ser catalogado como árbol singular, queda dicho, y en cualquier caso invito a quien quiera sorprenderse a que visite este paraje que ofrece mucho más. Por cierto que sería el primer aliso declarado singular de las muchas variedades de especies arbóreas de nuestro catálogo.

Y hay mucho más, claro. Años atrás, estudiando la viabilidad de señalizar la Ruta de los Ingleses en Romangordo descubrí la garganta de la Canaleja, un recóndito y fragoso paraje a los pies de la sierra de las Navas donde viejos molinos arrumbados por el tiempo y la vegetación ribereña de almeces, sauces, alisos y trepadoras, acompañan a sus cantarinas aguas hasta la fuente homónima y la Pontezuela, pasando después cerca de la localidad hasta rendir sus aguas al Tajo junto al yacimiento de Majâdat Albalat, conformando uno de los paisajes más sugerentes de toda la reserva; esas mismas aguas darían de beber hace mil años a los pobladores de aquella antigua ciudad musulmana.

Pero si un sitio me impactó fue sin duda la garganta de los Nogales, en Higuera de Albalat, curiosamente relacionada también con una antigua fortificación del periodo andalusí conocida como Castil de Oreja. La primera vez que la visité fue a propósito de unas rutas geológicas que estábamos trazando y señalizando en la reserva, pues allí se encuentra la mina de la Norteña donde hasta no hace mucho se extraía galena, plomo, zinc y, en menor medida, plata. Después tuve la oportunidad de recorrerla entera siguiendo el viejo canal de la Luminosa, un antiguo molino reconvertido en fábrica eléctrica durante algunas décadas, que a medida que gana altura ofrece una perspectiva de la garganta y su entorno sencillamente espectacular, aunque debe andarse con ojo uno por aquellos abruptos parajes para evitar percances.

“Pero si un sitio me impactó fue sin duda la garganta de los Nogales, en Higuera de Albalat |LS|...|RS|. La primera vez que la visité fue a propósito de unas rutas geológicas que estábamos trazando y señalizando en la reserva”

Agua, y mucha, tiene también el embalse de Arrocampo, en Saucedilla, buena parte equipada hoy como parque ornitológico con una amplia red de recorridos y observatorios. Sus cálidas aguas y la estabilidad de su nivel han permitido a numerosas especies poco comunes en estas tierras buscar refugio entre su vegetación palustre; allí vi por primera vez un calamón y es fácil encontrarse con especies como bigotudos, pájaro moscón, avetorillo, rascón, garcilla cangrejera, águila pescadora… La sinfonía de sus orillas, entre reclamos, chapoteos y rencillas es impactante. 

Otra anécdota curiosa me pasó en la garganta del Fraile, en Serradilla. Andaba yo revisando una señalización de la ruta homónima y estando junto a la fantástica chorrera con la que la garganta supera la dura cuarcita de la portilla tuve un encuentro inesperado con los amigos de Libre Producciones, que andaban grabando para su conocido programa El Lince con Botas a un personaje local que practicaba la arqueología experimental, José María creo que se llamaba, y que me dio la oportunidad de asistir en directo y de forma imprevista al proceso de crear fuego con un arco de cuerda, un par de piezas de madera y algo de yesca. La tarde llegaba a su fin, era fresca y estaba nublado, así es que la operación le costó algo más de lo previsto; pero finalmente lo consiguió mientras era grabado y junto al espectacular entorno de la chorrera saltando entre el cantil cuarcítico, la buena conversación y un par de naranjas que me comí después de un huerto cercano lograron componer un momento irrepetible.  

Podría seguir contando muchas más cosas, como el pasmo de encontrarme con el embalse de la rivera del Castaño y la umbría del Barbechoso, entre los términos de Casas de Millán y Mirabel, y comprobar que lo de llamarse del Castaño no está justificado pues debería ser de los Castaños por los muchos que hay. O las vistas que ofrece el cerro Tejonera, en Serrejón, de la sinuosa masa de agua del Tajo y el skyline de las sierras de Monfragüe, las Corchuelas y el Espejo, espinazo del parque nacional. O las numerosas fuentes que sazonan la reserva, como las de Casas de Miravete a lo largo del camino de la Piñuela, las de Jaraicejo en las laderas de sus rañas o en el collado de los Castaños, cuyo nombre por cierto también está justificado, o las exactamente treintaitrés de la dehesa boyal el Robledo de Malpartida de Plasencia. Pero no cabe mucho más y creo que por otro lado es suficiente para que el lector se componga una idea aproximada de los recursos hídricos de la reserva de la biosfera de Monfragüe, que no son pocos. Y si no me creen vengan a visitarla, seguro que descubren muchos más.