Castillos que lo vigilan; ganados, barcas, vados y puentes que lo cruzan; viejas fronteras… El río Tajo es Monfragüe, y viceversa.

Castillo de Monfragüe
→ En el río aquel

Si hay algo que determina la identidad de la Reserva de la Biosfera de Monfragüe es el Tajo, el río aquel que atraviesa y modela, desde Romangordo en el este hasta Cañaveral en el oeste, la totalidad de su territorio. Y no solo la identidad geográfica, que comparte con la presencia perenne de la dura cuarcita armoricana y del bosque y matorral mediterráneo, sino también la cultural, puesto que el río en su devenir constante marcó de una u otra forma su propia historia. En las paredes de los abrigos rocosos de sus orillas comenzamos a representar la vida que nos rodeaba, y al menos cinco siglos antes de Cristo, en pleno periodo orientalizante, alguien disponía ya de ajuares de oro tan espectaculares como el del tesoro de Serradilla. Después, la veloz invasión musulmana del siglo VIII lo convirtió en efímera frontera que, especialmente a partir del siglo XI con el nuevo avance cristiano hacia el sur, acabaría siendo el escenario de constantes razias y de violentos enfrentamientos en una y otra parte; el castillo de Monfragüe, Al-Mofrag, y los escasos restos que han sobrevivido de otras fortalezas como la de Miravete o Castil de Oreja proceden de aquella época. Y después llegó la Mesta y el tránsito de ganado, la trashumancia que el río obligaba a practicar solo por donde él mismo lo permitía, concentrando el paso de personas y animales primero en vados y después en puentes, ya la mayoría bajo una misma corona. Los mismos pasos y los mismos puentes -como el de Albalat o el del Cardenal- que resultarán decisivos algunos siglos después en los cruentos avatares de la Guerra de Independencia, convirtiéndose en escenarios de algunos hechos relevantes en su desenlace final, conmemorados en la Ruta de los Ingleses, como la batalla del Lugar Nuevo (1812) y la toma del fuerte Napoleón.

→ Majâdat al-Balât

El vado de la vía. Así traduciríamos el nombre de esta antigua ciudad musulmana, cuya fonética se ha mantenido curiosamente casi intacta hasta nuestros días como Albalat, identificando a la zona, al cercano puente y también al propio yacimiento. En este lugar el río Tajo se abría remansando sus aguas y permitiendo vadearlas con facilidad, uno de los pocos sitios donde podía hacerse en muchos kilómetros, lo que justificaría el asentamiento de una ciudad fortificada para protegerlo; se sabe que así fue, por las propias fuentes árabes, al menos desde mediados del siglo X, durante el Califato de Córdoba, y que se mantuvo hasta mediados del XII cuando cae ante los ataques de las milicias de Ávila y Salamanca.

En los últimos años, en sucesivas campañas de excavaciones dirigidas por la experta arqueóloga medievalista Sophie Gilotte, se ha perfilado la identidad de aquella ciudad identificándose un cementerio, un arrabal y un hammâm (baño público) ubicados fuera de la muralla. Pero lo más relevante son probablemente los hallazgos intramuros, donde se reconocen fácilmente calles, placetas enlosadas y edificios típicos de la cultura medieval andalusí, que sumados a los numerosos restos rescatados nos describen una ciudad no exclusivamente militar, sino que albergaba una población estable dedicada a diversos quehaceres como herreros, orfebres, agricultores, pastores o pescadores.

→ Convento de la Victoria

La imagen del Santísimo Cristo de la Victoria de Serradilla fue tallada en Madrid, en el año 1630, por el escultor Domingo de Rioja y por encargo de Francisca de Oviedo y Palacios. Según parece ya en Madrid realizó milagros, lo que dificultó que la beata pudiera traerlo hasta Serradilla, como era su intención desde el principio, por la atención que despertó la imagen en la corte, hasta el punto de atribuírsele al mismísimo rey Felipe IV su retención. Cuando finalmente lo consiguió, viéndose obligada de nuevo a hacer parada en Plasencia, sucedió tres cuartos de lo mismo pues el Cristo comenzó a hacer tantos milagros que el obispo ordenó dejarlo en la iglesia de San Martín; finalmente, no fue hasta el 13 de abril de 1641 cuando la imagen pudo llegar hasta Serradilla. Ya en 1660, en el antiguo hospital para cuya capilla se había encargado la imagen, se fundó el monasterio del Santísimo Cristo de la Victoria de las Agustinas Recoletas; a pesar de ser de clausura puede visitarse, al menos una parte, pues está reconocido como Bien de Interés Cultural.

→ Gutierre de Vargas Carvajal

La iglesia de San Juan Bautista, en Malpartida de Plasencia, es uno de los ejemplos más representativos del proceso constructivo al que se asiste en Extremadura durante el siglo XVI, cuando muchos templos se amplían y reforman debido al crecimiento demográfico y económico. Lo mismo ocurre con la iglesia homónima de Saucedilla, o con la de la Asunción, en Jaraicejo, y en todos los casos detrás está la mano, o más bien la plata, del obispo placentino Gutierre de Vargas Carvajal, quien por cierto acabaría sus días enfermo de gota, y probablemente de otras cosas, en esta última localidad. Según un documento encontrado en la Real Academia de la Historia, cuando su madre Inés de Carvajal se enteró de su nombramiento, dijo: “Guterrico obispo, perdido anda el mundo”. Entre otras hazañas de este personaje está la de financiar una expedición naval de tres barcos con el propósito de controlar el estrecho de Magallanes, colonizar la Patagonia y llegar hasta Perú, aunque según parece solo uno de ellos consiguió hacerlo.

Otro Carvajal, antepasado de este y también obispo de Plasencia, fue el famoso cardenal de Sant Angelo que financió y acabó dando nombre casi un siglo antes a los puentes sobre el Tajo y el Almonte, el primero de ellos que solo aflora en Monfragüe cuando las aguas del embalse bajan ostensiblemente. Pero volviendo a nuestro Gutierre, que tuviera un hijo con María de Mendoza legitimado a la postre por Felipe II y que acabaría siendo hombre de confianza del rey, también hay que decir que impulsó el Sínodo de Jaraicejo, donde anticipó las reformas del Concilio de Trento.

Un detalle final: la iglesia de Romangordo, que es anterior, algo más austera en sus formas y que, como la Asunción de Jaraicejo, está declarada Bien de Interés Cultural con categoría de monumento, alberga un precioso y poco habitual artesonado mudéjar cuya visita merece mucho la pena.

 

  AZUL PIEDRA - RESERVA DE LA BIOSFERA DE MONFRAGÜE
 
 
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