→ Ilustración y naturaleza

Hace 5000 años, pastores quizá, o cazadores que recorrían la sierra de las Corchuelas, dejaron constancia de su paso en las paredes de algunas cuevas: trazos esquemáticos representando seres humanos y animales. El óxido de hierro y el barro marcaron la roca hasta nuestros días. Y no cabe duda de que la sierra bravía, el Mons Fragorum de los romanos, con su densa vegetación y la variada fauna que la habitaba, debieron excitar la imaginación de aquellos primitivos artistas, como lo ha venido haciendo desde hace siglos y hasta la actualidad.

Rabilargos (Cyanopica cyanus)

La riqueza paisajística de Monfragüe y la reserva que lo incluye, debe tanto a su geología como a la cubierta vegetal que la viste. A lo largo del territorio se alternan llanuras, valles, lomas, solanas, umbrías, estrechas gargantas y portillas que proporcionan variedad de sustentos a la vegetación y hábitats para la fauna.

Salvo un desgraciado periodo durante el cual las consideraciones desarrollistas lo vieron como un mero terreno de producción maderera y de pasta de papel, la sierra ha sido admirable ejemplo de lo que se puede considerar un bosque mediterráneo: un hogar para multitud de especies animales residentes y lugar de acogida para invernantes del lejano norte. El agua, los ríos Tajo y Tiétar, es la otra riqueza natural de la sierra y la tercera fuente de color tras el pardo de la roca y el verde vegetal.

Elanio común (Elanus caeruleus) · Águila imperial ibérica (Aquila adalberti)

Desde el punto de vista de la plástica del paisaje, la reserva de la biosfera en su conjunto aumenta la oferta del propio parque nacional, al aportar las explotaciones corcheras de los alcornocales que cada 9 años ofrecen un nuevo resurgir del rojo bermellón de la madera descubierta. Las dehesas de encina, por su parte, son continuamente recorridas por los destellos de color de rabilargos, carracas, colirrojos y otras especies que, sea verano o invierno, animan el paisaje. La sierra es la parte bravía que el ser humano desistió de explotar, la que se desliza suavemente hacia terrenos más propicios para la agricultura y el establecimiento de poblaciones. El color también cambia. La temperatura media, la precipitación y el tipo de suelo mandan sobre la vegetación que puede establecerse. Más de un 65% del territorio es arbolado, más claro o ausente en las zonas altas donde afloran las cuarcitas, y denso en las umbrías que bordean los cauces fluviales. De esta masa forestal se ha ido eliminando el foráneo eucaliptal y el pino rodeno que tan poco bien trajo al suelo y al paisaje de la reserva, alterando su fisionomía al suplantar a la vegetación autóctona y dar lugar a procesos erosivos de los frágiles suelos serranos. La dehesa ocupa cerca del 58% del territorio.

El color de la arboleda da para un denso estudio de la plástica del paisaje. La percepción sensorial y el análisis de los diferentes matices y distribución del color que se obtiene de una visita al parque van más allá de la simple descripción ilustrativa. Las adustas variedades del verde de las encinas, alcornoques y otros perennifolios contrastan con la alternancia de verdes grisáceos y amarillos por los que transitan los robledales de las zonas más frescas o los tonos luminosos de sauces, alisos, fresnos, álamos y otros pobladores de los terrenos de ribera o aluviales.

Jara pringosa (Cistus ladanifer) · Cantueso (Lavandula stoechas)

“Recorrer con la mirada el color del paisaje no es solo un deleite para la vista, el color representa muchas cosas para el ojo entrenado”

El inicio de la estación cálida trae otro tipo de color más efímero: son los violetas, amarillos, blancos y rojos que aporta la floración de arbustos y anuales como los brezales, las jaras, el jaguarzo, las genistas y aulagas, la retama, el cantueso y otras aromáticas junto a las que florecen en los encharcamientos temporales como nenúfares o polígonos. A todo ello se unen los restos de lo que fue la flora ancestral, los madroños, durillos, lentiscos, cornicabras, o labiérnagos. Todo un gran catálogo no sólo botánico sino de tintes, tonos y matices para llenar la paleta de cualquier artista.

Recorrer con la mirada el color del paisaje no es solo un deleite para la vista, el color representa muchas cosas para el ojo entrenado. Nos habla del terreno, del clima, de la presencia de agua o es un preludio de la estación que se avecina. El verde oscuro y coriáceo de encinas y alcornoques es el color de la tierra ácida y de escasa humedad a la que han sido relegados por la poca fertilidad del suelo para los cultivos. Los verdes más claros y agrisados se corresponden con suelos ácidos pero más frescos y por ellos ascienden los quejigos, cuyas hojas comienzan a alertar del otoño adquiriendo muchas de ellas el amarillo que durará hasta la siguiente primavera. Con su madera se hacían toneles de duración casi eterna y mangos de herramientas.

Zorro común (Vulpes vulpes)

La presencia de agua próxima se traduce en verdes luminosos y más azulados, pero solo durante la estación cálida; con el frío desaparece la hoja de chopos, fresnos y alisos, aunque la de éstos mantendrá el lustroso verde hasta el último momento. El sauce sargatillo y el chopo animan las riberas con los tonos pálidos y plateados de sus hojas de envés aterciopelado, que desaparecen también con la llegada del frío, después de que la planta nos regale esa nieve de verano que son las pelusas de las flores. Donde la sauceda desaparece y entremezclando la vegetación ribereña, verdean los pinchudos tamujos, una especialidad del suroeste ibérico incluida en el catálogo de especies amenazadas, que tuvo muchas aplicaciones como tintórea o para la fabricación de escobones.

Allá donde la vegetación de mayor porte ha desaparecido o ha sido aclarada, es donde prosperan las jaras, matorrales de hoja verde oscuro y brillante o más sedosa y pálida, que con la llegada del calor se cuajan de flores, blancas, rosadas o amarillas, según sea una u otra de las distintas especies que habitan la reserva: jara pringosa, cervuna, jaguarzo, estepa, jarilla o lacayuela. Los incendios favorecen su aparición. Junto a ellas, y a veces formando largas alfombras, se levantan las cabezas azul violáceo del espliego y algunas escobas de retama deshojadas y adornadas de flores amarillo cadmio.

“La contemplación de la naturaleza produce un efecto sedante, desplazarnos por el medio natural supone recorrer un espacio cambiante que nos ofrece una infinita variedad de estímulos sensoriales, olores sonidos y colores”

Águila calzada (Aquila pennata)

La gama cromática va cambiando al desplazarnos por la reserva y a lo largo del año. También al tomar una posición más cercana apreciamos las diferencias de matices y la repentina aparición de delicados contrastes y diminutos brotes de color, como los que surgen en los brezales o en las zonas de umbría del encinar, allí donde la metálica cubierta del fruto de los durillos azulea en el otoño. También en esta época podremos encontrar color, el negro azabache de los frutos del labiérnago, rojo pardo del lentisco, el naranja de los madroños o el rojo brillante del escaramujo y el majuelo. Pequeños y grandes fragmentos de paisaje salen al paso de quien quiera dedicar un poco de atención a su entorno.

El color de la naturaleza cambia, con las estaciones, con el transcurso del día y con nuestra capacidad de percepción. La contemplación de la naturaleza produce un efecto sedante, desplazarnos por el medio natural supone recorrer un espacio cambiante que nos ofrece una infinita variedad de estímulos sensoriales, olores sonidos y colores. Cuando regresamos de un paseo por el campo las sensaciones permanecen, vinculamos todo ello a nuestros recuerdos. El olor y el color de la jara o el destello azul y la voz áspera de una carraca que surge de la arboleda.

La observación detenida de la naturaleza, incluso sin ánimo de captar su esencia por medios artísticos, comporta una relación más estrecha con el medio natural y un aprendizaje más directo que la extendida costumbre de fotografiar de forma maquinal cualquier cosa que nos llame la atención sin apenas dedicar un minuto a entender el motivo que nos ha atraído. Las fotografías que de forma rutinaria tomamos, pasan a engrosar nuestros hinchados archivos de imagen de donde es muy probable que jamás las rescatemos para una segunda mirada.

Toda esta extensa y variada cubierta vegetal permite la vida de innumerables especies animales que también aportan su dosis de color. Basta empezar con el nutrido grupo de los insectos donde obviamente destacan las mariposas: la llamativa macaón; la inconfundible arlequín, otra especialidad de la península ibérica, sureste de Francia y norte de África; la espléndida mariposa del madroño o cuatro colas, quizá una de las más bellas por la extraordinaria y laberíntica combinación de colores del envés de las alas, que alterna distintos matices de naranja, blanco, azul cobalto, pardo rojizo, amarillo, negro y verde. Y la más grande de Europa, el gran pavón nocturno de hasta 16 centímetros de envergadura y elegantes tonos grisáceos y pardos. Sólo podremos ver al adulto durante una semana, el tiempo que puede vivir sin alimentarse y realizar la puesta; es la fase de oruga la que disfruta de una vida más larga.

Alimoche (Neophron percnopterus)

El mundo acuático es rico en endemismos, bajo la lámina de agua platean el cachuelo, la colmilleja o el barbo comiza entre otros. Este último protagoniza una remontada del Tajo para desovar en la cabecera del arroyo donde nació.

“Toda esta extensa y variada cubierta vegetal permite la vida de innumerables especies animales que también aportan su dosis de color: carboneros y herrerillos, petirrojos, currucas, lavanderas, collalbas, verdecillos, picogordos, pinzones, oropéndolas...”

Las aves son, seguramente el atractivo mayor de la reserva, sin duda las dos especies de buitre, el águila imperial o la cigüeña negra atraen casi toda la atención de los visitantes, si exceptuamos al vistoso alimoche, el color vivo es privilegio de las pequeñas aves: carboneros y herrerillos, petirrojos, currucas, lavanderas, collalbas, verdecillos, picogordos, pinzones, oropéndolas, carracas, rabilargos, arrendajos, abubillas y el campeón de los colores, el abejaruco. Cada uno en su época del año, cubren casi toda la paleta de colores que pueda llevar consigo un artista. Sin olvidar a una pequeña rapaz tan hermosa como huidiza: el elanio azul. En las zonas encharcadas o en las riberas no faltan las acuáticas, desde invernantes zampullines y esbeltos martines pescadores a blanquísimas garcetas o enlutados cormoranes.

Abejarucos (Merops apiaster)

En un terreno tan amplio y con pocos enemigos naturales campa el zorro a sus anchas. Tampoco se sienten muy presionados en este sentido los mamíferos más grandes de la reserva, los venados y jabalíes. Las más elegantes libreas las visten dos especies de familias próximas: los tejones y los meloncillos. Estos últimos cargando con el inmerecido “sambenito” de perjudicar a la fauna o al ganado por el reciente aumento de su población.

“La reserva de la biosfera de Monfragüe es |LS|...|RS| un compendio de muchas cosas en la que el factor humano y el aprovechamiento de los recursos renovables juegan un papel importante”

Lo cierto es que no parece que sea más abundante que su pariente la gineta pero sí más visible y social, por lo que la presencia diurna de pequeños grupos los hace parecer más abundantes.

A los grandes vertebrados se suman pequeñas joyas del color como el lagarto ocelado, la lagartija colirroja o la salamandra y, por la parte de los ofidios, las culebras bastarda, de herradura y de escalera, anfibios como las ranas común y patilarga completan el panorama de las familias.

Buitre negro (Aegypius monachus)

La reserva de la biosfera de Monfragüe es sin duda un compendio de muchas cosas en la que el factor humano y el aprovechamiento de recursos renovables juegan un papel importante, pero, para un artista, recorrer sus paisajes y apreciar el color es otra forma de evaluar la calidad de vida. Recorrerlos de forma regular es una manera de registrar una visión dinámica de ese color y asociarlo a los ciclos de la naturaleza, a los cambios estacionales y diarios que son también parte de nuestro propio ciclo vital como habitantes de este planeta.