→ Más que un espectáculo visual

Monfrague era un lugar mítico para los naturalistas de mi época. En los 70 eran pocos los amigos que lo habían visitado y nos contaban maravillas. Sin embargo no fue hasta finales de los 80 que visité Monfragüe por primera vez. Y fue acompañando a Jean Roché, un pionero de la grabación de cantos de las aves, en un viaje primaveral con su numerosa familia.

Para mí fue un viaje iniciático en muchos sentidos porque yo empezaba en eso de grabar sonidos de aves y naturaleza y Roché era por entonces mi "maestro" y único referente. Y lo fue también porque descubrí y conocí lugares y paisajes que me fascinaron en una época de grandes transformaciones del territorio que marcarían profundamente la vida y el entorno natural de muchos de estos lugares.

He de admitir que mi primera impresión no fue muy favorable, accediendo desde el norte por una carretera flanqueada por eucaliptos a lo largo de un embalse encajado entre sierras y riscos. De pronto, en un roquedo, numerosos buitres y otras aves rapaces ¡eso sí era el Monfragüe del que tanto me habían hablado! El paisaje que se abrió entonces ya me pareció absolutamente espectacular: el matorral mediterráneo, la dehesa en todo su esplendor. Más adelante, le fui poniendo nombre a todo ello.

Tengo recuerdos sonoros maravillosos que me vienen a la memoria de manera desordenada, a veces imprecisa, otras acompañadas de visiones muy nítidas, como el nido de golondrina dáurica que descubrí mientras a mi alrededor todos enfocaban los buitres; el sonido de las alas de esos buitres tan cercanos sobre nuestras cabezas; con las primeras luces del día, las llamadas del águila imperial. Y el paisaje sonoro, afortunadamente tan difícil de resumir: pinzones, herrerillos, carboneros, trepadores azules, mirlos, currucas, petirrojos, chochines, agateadores, torcaces, picos, rabilargos, alcaudones y perdices, creando una sinfonía única de ritmos y melodías mediterráneas; el campo alegre con los cantos de abubillas, cucos, totovías, cogujadas, jilgueros, verdecillos, trigueros, gorriones, estorninos negros, milanos… las cigüeñas en los pinos; aviones zapadores bajo el puente; el paisaje sonoro nocturno de alacranes cebolleros y grillos; la música anfibia de las charcas; mochuelos, autillos, chotacabras, alcaravanes, ruiseñores... Y en Torrejón, el vocerío de los numerosos aviones comunes y golondrinas mezclado con los sonidos de la vida en la calle y, al caer la noche, el croar de las ranas, los balidos de las ovejas, los ladridos de los perros y los gritos de la lechuza literalmente sobre mi habitación.

“Tengo recuerdos sonoros maravillosos que me vienen a la memoria |LS|...|RS| pinzones, herrerillos, carboneros, mirlos, currucas, cucos...”

Desde el momento que me propusieron escribir este texto me puse a revisar algunas de las muchísimas grabaciones que tengo de Monfragüe y su entorno. ¿Cómo convertir en un texto más o menos ordenado tantas y tantas sensaciones que me produjo su escucha? Y sobre todo ¿cómo transmitirlas en palabras? Me pareció que una buena solución sería escribir pequeñas cápsulas, a modo de imágenes sonoras, que reflejaran las distintas facetas de lo que grabar en Monfragüe ha supuesto para mí desde aquella ya lejana visita relámpago con Jean Roché en los 80, cuando tantas cosas empezaban.

Mi primera experiencia grabando sonidos no fue muy buena. Mi primer equipo de grabación consistía en una enorme parábola de fibra de vidrio de 70 cm de diámetro, un tanto difícil de manejar, en la que encajaba un micrófono Beyer dinámico y todo ello conectado a una pequeña grabadora en casete. Roché me pidió que me apostara cerca de un nido de cigüeña negra situado al otro lado del río. Me dispuse muy animosa a grabar la cigüeña en cuanto entrara al nido. Durante las cuatro horas de larguísima espera tan solo pude observar un adulto entrar en el nido en un par de ocasiones y los escasos silbidos emitidos fueron tan débiles que prácticamente no quedaron grabados, incluso en una de las ocasiones coincidió con el paso de uno de los entonces escasos vehículos. Cuando Roché me recogió se rio de mi frustración de primeriza con un Ah! C'est comme ça la vie...

Posteriormente he vuelto a Monfragüe y su entorno en muchas ocasiones y sí, ya he grabado bien la cigüeña negra y he descubierto rincones y paisajes extraordinarios, comprendiendo lo que da vida y valor a este lugar maravilloso.

“He descubierto rincones y paisajes extraordinarios, comprendiendo lo que da vida y valor a este lugar maravilloso”

→ Melodía entre las rocas

El canto del roquero solitario es una dulce y variada melodía aflautada que recuerda a la del mirlo, aunque yo diría que tiene una mayor riqueza tonal y el resultado de sus trinos y variaciones melódicas es más caprichoso, más difícil de predecir. Se diría que sabe aprovechar el efecto eco del roquedo que le aporta riqueza e intensidad.

Desde lo alto del castillo, apostados delante del Salto del Gitano observando las evoluciones de los buitres, ante la pared de roca que se eleva en la Portilla del Tiétar o en cualquier otro roquedo, quién no ha alzado la vista en algún momento buscando el origen de esa melodía para descubrir al fin una silueta recortada en lo alto del risco. Siempre inquieto, sus vuelos rectilíneos lo delatan pero pronto desaparecerá una vez posado.

El roquero solitario canta muy temprano, al alba; sin embargo, lo podemos escuchar también durante el día y al anochecer. Y no está solo, suelen acompañarlo otras aves como el colirrojo tizón, o el chochín amante de los orificios en la roca. Y por supuesto, otras aves contribuyen al concierto rupícola primaveral desde los matorrales y árboles que rodean y enriquecen el lugar.

→ El “dawn chorus” en el bosque mediterráneo

Un día de primavera en una pista por la que me había alejado de birdwatchers, turistas y tráfico de la carretera, me detuve en un punto cualquiera cerca de Serrejón abrumada por la belleza del entorno, saqué el reflector parabólico y me dispuse a escuchar, disfrutando del paisaje sonoro de un campo abierto, dejándome acariciar por el sol primaveral. En esas se acerca un vehículo, frena a mi lado y baja un joven. Por un momento pensé, se acabó la fiesta, seguro que me van a decir que aquí no puedo estar, primero y ¿qué está usted haciendo? después. Pero para mi sorpresa la pregunta fue bien distinta: ¿es usted Eloísa Matheu? Sorprendida dije ¿sí…?, todavía algo despistada, a lo que él respondió con una gran sonrisa y muestras de gran alegría. Él era y es Amalio Toboso, biólogo del por aquel entonces parque natural. De ese encuentro fortuito surgieron otros algo más programados, ideas y proyectos. Y sobre todo, la oportunidad de conocer rincones de Monfragüe, como Las Cansinas, que de otro modo quizás nunca habría visitado. Posteriormente el parque pasó de natural a nacional y en su mutación se truncaron proyectos. Pero quedan recuerdos de momentos vividos y las grabaciones que pretenden reflejarlos bien guardadas.

Las Cansinas es una finca cercana a la Portilla del Tiétar magnífico exponente del paisaje de Monfragüe. Un día de primavera entro más que temprano para capturar el despertar de las aves, lo que se conoce como dawn chorus, un fenómeno que tiene lugar de manera más evidente en climas templados en la época de reproducción. Las aves durante esos minutos del alba cantan de una manera diferente a como lo harán durante el resto del día. Las melodías de las aves se entrelazan unas con otras creando una nube, una atmósfera musical, envolvente, ninguna sobresale. Los bioacústicos que han estudiado este fenómeno describen motivos o melodías diferentes durante estos minutos. No se sabe con certeza cuál es el objeto del canto a oscuras: afianzar los territorios, "pasar revista" por si ha habido bajas durante la noche, las hembras aprovecharían para escuchar atentamente el canto de diferentes machos o para encuentros con otros machos en un momento de distracción de sus parejas. ¡O quizás es la alegría de vivir!

Cuando escucho ahora las grabaciones que realicé esa mañana temprano hace más de diez años, vuelvo a disfrutar con el maravilloso concierto que forman las melodías aflautadas y dulces de mirlos y oropéndolas, con el contrapunto de cucos y carboneros. Pronto aparece el arrullo de las tórtolas europeas al cual se une ahora el canto de herrerillos, pinzones, agateadores, aves todas ellas que requieren la presencia de árboles, mientras que la perdiz y un chotacabras pardo que se resiste a abandonar la escena, alzan sus ritmos desde el suelo con más o menos cubierta vegetal. En el cielo, una totovía práctica sus escalas descendentes... Difícil en una primera escucha saber cuántos individuos hay, tal es la algarabía de este amanecer. Una hora más tarde, cuando el sol ya se ha alzado, el panorama ha cambiado, algunas especies son algo más protagonistas, otras desaparecen y la escena resulta más calmada, reclaman los rabilargos, canta el pinzón su monótona cascada de notas, se escucha una abubilla lejana, sigue el cuco cantando más pausado, cloquea incansable la perdiz, las tórtolas arrullan, pían los abejarucos en el cielo, vuelve la oropéndola... Y poco después, con el calor, aparecen los insectos zumbando entre las flores, el aire parece pesar más y las aves van abandonando el escenario para alimentarse y ocuparse de sus nidos y polluelos.

Siguiendo el camino, el bosque se va aclarando, aquí la curruca rabilarga es la absoluta protagonista en un entorno de jaras soleadas. En el campo abierto que ahora se abre ante mí, en septiembre se juntarán los ciervos, los machos con sus poderosos cuerpos y grandes cornamentas se disputarán los harenes y berrearán sin descanso durante noches y días. Pero eso es ya otro "cantar".

→ La noche sonora en Monfragüe

Tengo muy buenos recuerdos de esperas en la Portilla, a pesar de ser un observatorio situado en la carretera y muy frecuentado. Sin embargo en ocasiones llego justamente cuando los observadores se marchan porque ya no hay luz suficiente para la observación y la fotografía. Recuerdo un atardecer en enero, éramos varias personas apostadas delante de las paredes de la Portilla. Ellos buscaban una pareja de búhos. Yo escuchaba los sonidos del agua, los reclamos de chochines y petirrojos, de aviones roqueros, alguna alarma de mirlo, reclamos en vuelo de lavanderas, unos últimos gritos de buitres posándose... Hasta que por fin, defraudado, se marchó el grupo. Casi al momento, cuando se alejaba el coche, el instante mágico: apareció la pareja de búhos cantando activamente, el macho un “úuooo” grave, la hembra con un tono más agudo y modulado, no del todo sincronizada con el macho. Pero además, se escuchaba un tercer individuo, ¿un inmaduro?, ¿otra hembra?, además de series largas de lo que podría ser una cópula. Al mismo tiempo, se escucharon maullidos desde los riscos colindantes, probablemente de un gato montés. Unos meses más tarde, en este mismo lugar se podían escuchar los reclamos de dos o tres pollos de búho y otras vocalizaciones que probablemente corresponderían a una hembra. ¡Todo un repertorio!

En otra ocasión, con el equipo de biólogos del parque hicimos unas esperas nocturnas con el objetivo de detectar la posible presencia de lince ibérico y los maullidos que escuchamos y grabamos concluimos que serían otra vez de gato montés. Los zorros no faltaron a la cita y nos amenizaron con su "tau-tau".

→ ... y las grullas, claro

Febrero. Una densa niebla cubre el paisaje. Me encuentro en algún punto de la reserva de la biosfera entre Torrejón y Talaván y circulo muy lentamente. En la dehesa se distinguen entre las encinas las siluetas de unas grullas alimentándose de bellotas, es un pequeño grupo. Al acercarse un vehículo elevan la cabeza estirando sus largos cuellos y comienzan a emitir unas voces de inquietud que irán in crescendo hasta que por fin baten sonoramente las alas y alzan el vuelo casi en vertical, alarmadas, lanzando sus potentes trompeteos. Es entonces cuando me doy cuenta de que el grupo no es tan pequeño y que ocultas entre la niebla y las encinas había muchas más aves que ahora vuelan en círculo hasta alejarse. Un espectáculo visual y sobre todo sonoro de gran magnitud.

Grabar y escuchar la naturaleza no es siempre una experiencia solitaria

Soy consciente de que la actividad de grabar sonidos de la naturaleza en ocasiones puede resultar algo "antisocial": todos los ruidos molestan, incluso los de la gente que intenta ayudarte. En Monfragüe he vivido dos experiencias de absoluta socialización.

Unos colegas británicos de la Wildlife Sound Recording Society deseaban incluir Monfragüe en su viaje de grabación por España. Me pidieron ayuda. Era un reto importante puesto que sabía de su escasa tolerancia hacia los ruidos procedentes de las carreteras: imposible convencerlos de que apostados en la Portilla en algún momento quizás podrían grabar algo sin que pasara algún vehículo, o llegara un grupito de entusiastas de las aves cargados con sus telescopios y prismáticos charlando alegremente. Así que solicité autorización y entramos en Las Cansinas muy temprano una mañana. El concierto que nos brindó la naturaleza no decepcionó y todavía recuerdan esta visita emocionados. Creo que el vino de pitarra contribuyó a ello.

En estos ya 30 años dedicada a escuchar y grabar, una de las mayores satisfacciones como audionaturalista ha sido la de divulgar y compartir la escucha atenta de los sonidos de la naturaleza. Inicialmente mediante casetes y CD y en los últimos años mediante cursos y talleres de campo. Y quiero acabar con el recuerdo de un taller que impartí durante la FIO 2015. Me emocionó el entusiasmo de los asistentes y compartir la experiencia de escuchar y descubrir las aves del bosque mediterráneo. Cómo han cambiado las cosas, para bien, claro, desde mi primera visita a Monfragüe.

arrocampo