La comarca de Tajo Salor Almonte está llena de historia e historias, entre otras cosas porque la Vía de la Plata la parte por la mitad.

En Casar de Cáceres bien lo saben, y por eso tienen un albergue de peregrinos para que los intrépidos caminantes que hoy se atreven con este itinerario, además jacobeo, reposen sus cansados pies. También lo tienen claro en Monroy, donde se localiza el yacimiento de los Términos, una villa romana que merece mucho la pena visitar. Pero quizá sea Garrovillas la localidad que más estrechamente se vio afectada por la vía, pues cobró importancia al recibir a la población de la antigua Alconétar -y con ella sus fueros y territorios- destruida en las luchas entre musulmanes y cristianos, cuya ubicación original estaba asociada al puente y la torre homónimos que aseguraban el paso de la calzada por el Tajo. Después hablaremos de ellos.

Garrovillas de Alconétar tiene mucho más que lo quedó bajo las aguas embalsadas del Tajo: por ejemplo, su inmensa plaza porticada es una delicia y una auténtica sorpresa para quienes la ven por primera vez; en uno de sus extremos está el antiguo palacio de los condes de Alba de Aliste, hoy convertido en una de las flamantes Hospederías de Extremadura. También cuenta la localidad con dos magníficas iglesias, muestra de su pujanza, pero quizá su edificio más relevante sea el convento de San Antonio de Padua. Su bula fundacional fue otorgada en 1476 por el mismísimo Papa Alejandro VI (Borgia) y fue ocupado por la Orden Franciscana. Inicialmente era una construcción modesta que con el paso del tiempo se fue ampliando hasta convertirse en un gran edificio, en cuya construcción participaron maestros como Juan de Álava y Pedro de Ibarra en el siglo XVI. Por desgracia actualmente está en ruinas, de hecho figura en la lista roja de patrimonio en peligro a pesar de ser bien de interés cultural, pero sigue siendo muy interesante por su monumentalidad y ubicación en un alto a las afueras de la localidad.

→ La puente de Mantible

Así se titula una obra del insigne Calderón de la Barca, una comedia teatral que reinterpreta las fábulas carolingias, que a su vez versionaban el cantar de gesta francés del siglo XII la Chanson de Fierabras. Calderón hace suyos la rivalidad entre Guido y Fierabrás, cristiano y moro respectivamente; los amores entre Floripes, hermana de Fierabrás, y el propio Guido; la prisión de este último en una torre encantada junto al puente de Mantible, guardado por el gigante Galafre, su huida tras encarnizada lucha para pedir auxilio al emperador y la intervención de este en el puente donde derrota al ejército moro, captura a Fierabrás y permite la boda de Floripes y Guido.

Pues bien, la tradición sitúa Mantible en Alconétar, junto a la torre de Floripes que lo guardaba, la antigua ubicación del puente romano que hoy puede verse en la cola del embalse de Alcántara precisamente porque se desmontó y se llevó hasta allí cuando sus aguas anegaron la zona; la torre también puede verse generalmente sobre estas aguas, unas veces más y otras menos, según se encuentre el embalse de lleno. Pero en realidad no existió nunca el puente de Mantible -aunque un pequeño acueducto en Santiago de Compostela y un puente romano en ruinas sobre el Ebro muy cerca de Logroño se disputen también su genuinidad-, ni por supuesto Carlo Magno ni sus pares pasaron por aquí; ni siquiera Fierabrás existió, y mucho menos Floripes, sino que se trata sencillamente de un lugar legendario en el que se desarrolla una fábula, una ficción literaria. Probablemente quienes se encargaron de extender esta leyenda en esta zona fuera la Orden de Temple, de origen francés como el cantar de gesta de Fierabrás, quienes fueron señores de esta torre y su puente, paso estratégico del Tajo en la Vía de la Plata, durante más de un siglo.  

→ Las asunciones

En la comarca hay, curiosamente, tres iglesias de Nuestra Señora de la Asunción monumentales. Por cierto, dispuestas geográficamente en un triángulo rectángulo escaleno perfecto, a modo de cartabón, cuyo cateto más largo apenas mide diecisiete kilómetros y el más corto ocho, lo que demuestra que la elevación en cuerpo y alma de la Virgen María hasta los cielos es aquí un tema trascendente. Como todo el mundo sabe un triángulo rectángulo escaleno, por muy perfecto que sea, no tiene ni lados ni ángulos iguales, lo que bien podría aplicarse a estos tres templos e incluso a las tres localidades que los albergan, pues probablemente por esa cercanía han tenido tradicionalmente tantos puntos en común como encontrados. Se trata de las iglesias de Arroyo de la Luz y Casar de Cáceres, declaradas bien de interés cultural, y de Malpartida de Cáceres, que fue incoada en 1982 pero nunca más se supo del procedimiento, a pesar de que por fábrica y contenidos muebles reúne méritos.

Todas ellas son principalmente obras del siglo XVI, cuando el auge económico del Imperio, especialmente gracias a las tierras de ultramar, llegó hasta aquí, y se levantaron sobre templos anteriores de los que se conservan algunos elementos; la de Casar de Cáceres por ejemplo conserva el hastial -o piñón, ese tramo superior triangular del muro sobre el que dispone la cubierta- y en general es un edificio imponente. Su retablo es de los más interesantes que pueden verse en la provincia y también merecen atención en el exterior sus gárgolas, llamadas aquí popularmente bocarrúos. En cuanto a la de Arroyo de la Luz su retablo no le va a la zaga para nada, y quizá sea de hecho más conocido por sus veinte tablas con escenas de la vida de Jesús del pintor Luis de Morales, el Divino.

→ El lavadero de los Barruecos

Se trata de un magnífico ejemplo de la arquitectura industrial del siglo XVIII, un complejo con todo lo necesario para obtener y preparar la lana de los rebaños de ovejas trashumantes, que tras la primavera iniciaban su marcha hacia los pastos del norte: nave de esquileo y pesaje, sala de estiba, sala de calderas, rueda de lavado, molinos, huerta... Durante el siglo XIX, aquí llegaron a trabajar hasta cien operarios y se lavaban más de 80.000 arrobas de lana (o lo que es lo mismo, casi un millón de kilos) destinadas principalmente a las industrias textiles de la localidad portuguesa de Covilhã y también a los talleres de Béjar y Torrejoncillo; parte de la apreciada lana de las merinas incluso se exportaba hacia el norte del continente e Inglaterra a través del puerto de Lisboa. En la actualidad es visitable en su integridad, pues está en perfecto estado de conservación y profusamente interpretado, y alberga además una de las joyas de la corona de la provincia, el Museo Vostell Malpartida. Es una visita imprescindible.

 

  AZUL PIEDRA · TAJO SALOR ALMONTE
 
 
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