→ Viaje artístico y monumental por los pueblos de la reserva de la biosfera

Cada día subo a La Montaña de Cáceres, no es un monte demasiado elevado, pero sí es un mirador magnífico que permite contemplar media provincia de Cáceres. Al descender, cada día, distingo al norte, a lo lejos, una sierra no muy alta, pero con unas manchas blancas tentadoras. La sierra recibe varios nombres: de Mirabel, de Santa Catalina, de la Herrera... Y las manchas blancas también reciben nombres diversos: Casas de Millán, Serradilla y, en la cara norte de la serranía, Mirabel. Más allá, los otros pueblos de Monfragüe, agrupados en torno a iglesias formidables, cada uno con su joya singular: un Cristo gótico, un palacio con historia, un artesonado mudéjar...

Bóveda de la iglesia de San Juan Bautista (Malpartida de Plasencia)

Bajamos de La Montaña, cogemos el coche y nos disponemos a visitar lo que nos tentaba en lontananza. Autovía de la Plata, Cañaveral, salimos de la gran carretera y cogemos una ruta enrevesada que nos acerca, curva tras curva, hasta el primer pueblo de nuestro viaje por Monfragüe, buscando, además de la naturaleza y los mil encantos de la comarca, la belleza monumental. Para ello, hemos seleccionado una antología de lugares que empieza en Casas de Millán, al poco de abandonar la autovía.

Dejamos el coche en la amplia plaza de España, junto al ayuntamiento, y vamos dando un paseo en busca de la iglesia de San Nicolás de Bari. Al contrario que en la mayoría de las poblaciones, el templo parroquial de Casas no está en el centro, sino en un extremo. Pero el paseo merece la pena porque nos permite disfrutar de la sencillez gótica con cabecera barroca de la iglesia. Entramos y nos envuelve la belleza plateresca del retablo mayor, obra pictórica del pintor placentino Diego Pérez de Cervera, discípulo del gran Luis de Morales.

Portada barroca de la ermita de San Román (Casas de Millán)

En Monfragüe, la naturaleza imponente y fascinante ha eclipsado el encanto monumental de los pueblos. Volviendo desde la iglesia de Casas a coger el coche, nos sorprenden la casa del Marqués de Siete Iglesias, hoy casa rectoral, y la Casa de la Inquisición. Y cuando, unos kilómetros más adelante, lleguemos a Mirabel, el castillo, baluarte poderoso sobre la Peña del Acero, nos anuncia que nos acercamos a un pueblo con importancia y prosopopeya, pues no en balde dio nombre a un marquesado y su iglesia de la Asunción, esta sí en la plaza Mayor, exenta y destacada, nos recibe presumiendo de sus orígenes medievales (siglo XIII), su transformación gótico renacentista (XVI) y su culminación barroca en los retablos, fundamentalmente el del altar mayor.

“En Monfragüe, la naturaleza imponente y fascinante ha eclipsado el encanto monumental de los pueblos”

Seguimos camino del sol naciente, hacia el este, hacia una de las perlas monumentales de Monfragüe, hacia el único pueblo del parque que recibe peregrinos que buscan primero arte y devoción y después naturaleza, no al revés. Serradilla, donde, para ir haciendo boca, visitaremos la iglesia de la Asunción (XV-XVI) con su portada gótica, sus tres naves con techo de madera y una imagen policromada de la Asunción fechada en 1749 y obra de Luis Salvador Carmona.

Pero la joya monumental de Serradilla y de Monfragüe es la talla del Cristo de la Victoria, obra del escultor madrileño Domingo de Rioja, realizada entre 1630 y 1635, aunque no llega a Serradilla hasta 1641. Patético y elegante Jesús, que parece mirar y hablar a quien lo admira, de pie, abrazado a la cruz, belleza inquietante, experiencia única.

Y alrededor, guardando el tesoro, un cofre magnífico: el monasterio de las monjas agustinas recoletas, barroco clasicista, levantado entre 1672 y 1675, una sola nave, tres retablos churriguerescos con magníficas imágenes barrocas y en el retablo mayor, de cascarón, la talla del Cristo. Hay que pasar un rato en el interior de este templo, orando, admirando, reflexionando o haciendo mindfulness, cada uno que trabaje con su espíritu como le plazca. El resultado será siempre el mismo: armonía reconfortante y trance delicioso provocado por la belleza.

Nos alejamos de Serradilla antes de que nos atolondre algún síndrome, ya sea de Stendhal, ya sea de gula provocado por sus riquísimas perrunillas, ya sea filológico inducido por el encanto del habla serradillana. Vamos hacia el norte, buscando el pueblo más septentrional del parque de Monfragüe. También es el más poblado. Lo distinguimos en lo alto, en la ladera sur de una suave colina, Malpartida de Plasencia, el pueblo de los chinatos porque a pedradas o chinas defendieron a su San Juan Bautista cuando los placentinos llegaron a quitárselo, bueno, para ser más exactos, a recuperar lo que antes les habían quitado los de Malpartida.

Los chinatos deben seguir alerta porque tienen mucha imagen y mucho arte que defender. Fundamentalmente, su iglesia parroquial de San Juan Bautista, poderoso templo del siglo XVI, estrella de la arquitectura religiosa extremeña del 1500: amplia iglesia, bien iluminada, con estupendas portadas renacentistas y bóvedas de crucería que justifican la tortícolis. Antes de que sobrevenga el espasmo doloroso, descendamos la mirada, que no la admiración, hacia el retablo mayor de los vallisoletanos Castaño y Basoco, realizado hacia 1622.

La siguiente etapa de nuestro viaje monumental por Monfragüe nos regala la comodidad de la autovía. Por la que une Coria y Plasencia con Navalmoral circulamos hasta que un indicador nos avisa de la siguiente parada: Casatejada. Por aquí pasaron reyes como Fernando el Católico y Felipe V, caudillos como Franco y hasta reyes sin corona como don Juan de Borbón, que en el cercano palacio de las Cabezas pactó con el dictador la restauración de la monarquía en España.

“Por aquí pasaron reyes como Fernando el Católico y Felipe V, caudillos como Franco y hasta reyes sin corona como don Juan de Borbón, que en el cercano palacio de las Cabezas pactó con el dictador la restauración de la monarquía en España.”

Lo malo es que también acertaron a pasar por el pueblo los franceses durante la Guerra de la Independencia. Y lo destruyeron. Quizás por eso abunden las construcciones modernas. Sin embargo, se conserva una joya sencilla como la ermita de la Soledad y, a un paso, en plena plaza Mayor, una señora joya: la iglesia de San Pedro Ad Vincula, construcción gótica de finales del XV, principios del XVI. Es una iglesia poderosa, formidable, espectacular por sus refuerzos de sillares, sus muros de mampostería, su torre estilizada junto a la torre del campanario y su retablo barroco con el "San Pedro liberado por un ángel" de Ribera.

Esta iglesia de Casatejada y el convento del Cristo de Serradilla son Bienes de Interés Cultural, perlas señeras de una comarca donde la fuerza del paisaje se acompasa con la belleza del arte. Simbiosis perfecta, admiraciones sucesivas, gracia sobre gracia, encanto doble, motivos complementarios para descubrir pueblo a pueblo, joya a joya, el esplendor reluciente de Monfragüe y de sus pueblos.

El siguiente: Saucedilla. Camino del sur, unos pocos kilómetros desde Casatejada y de nuevo la sorpresa inesperada de un pueblecito en la llanura, en la cola del embalse de Arrocampo, cuya iglesia renacentista de San Juan Bautista fue declarada Bien de Interés Cultural en 1993. Esos galardones no se regalan y son un certificado de que la visita merece la pena. Veamos cuál es el atractivo primoroso de esta iglesia: es un templo de una sola nave dividida en tres tramos por arcos de medio punto y presbiterio ochavado. Estas definiciones tan técnicas de los monumentos acaban espantando al no versado. Conviene, quizás, explicar las sensaciones que provocan las dos portadas de acceso, la torre parroquial adosada a la cabecera, el retablo mayor de tres cuerpos con tablas que representan escenas de Jesús, con la imagen de San Juan y el remate de un Calvario incompleto. Estupefacción, emoción, mirada absorta y esa agradable sensación de haber entrado en la iglesia de Saucedilla con escepticismo, casi con pereza y salir embaucado, anonadado, satisfecho...

La belleza es como una droga que poco a poco nos va provocando chutes de adrenalina y de endorfinas en este viaje por los pueblos de Monfragüe. Adictos a la perfección, ya es imposible detenerse y, tras un rodeo por la autovía, visitamos Serrejón. Allí, entre los paisajes sosegados de la dehesa y la suavidad del monte bajo, se levanta el pueblo y en un lateral del casco urbano, la iglesia de San Ildefonso.

Se edificó este templo a mediados del siglo XVI y fue el obispo de Plasencia, Gutierre de Vargas y Carvajal, su impulsor. Por ello, el escudo del prelado está tallado en varios lugares de la iglesia. El edificio es de una sola nave y bóveda de crucería. En el altar, un retablo barroco con imágenes de categoría y un relicario conteniendo interesantes pinturas.

Todos los pueblos de Monfragüe que hemos visitado hasta ahora estaban situados al norte del Tajo. Vamos a cruzar el río y a rematar el viaje con tres enclaves singulares. Se localizan al sur del río que vertebra el parque nacional. Son territorios de la antigua Campana de Albalat, que, entre los siglos XIV y XIX, fue la primera mancomunidad de municipios de Extremadura.

A la Campana de Albalat pertenecía Romangordo. Este pueblo parece diseñado a conciencia por un urbanista rural de postín. Antiguos corralones se han convertido en una especie de museo al aire libre de arquitectura tradicional, fachadas sin gracia de ayer son hoy murales que reproducen escenas de la vida y la historia del pueblo (los animales, los mayores, los emigrantes). En la plaza Mayor, hay esculturas muy bonitas alusivas a juegos infantiles y por aquí y por allá surgen los merenderos, el ecomuseo del tío Cáscoles, el aula de la naturaleza, un centro de interpretación de los olores, una granja escuela, el asilo, el centro de dependencia… Y la iglesia.

“El templo dedicado a Santa Catalina es la piedra preciosa monumental de Romangordo |LS|...|RS| En él encontrarás uno de los artesonados mudéjares más bellos de Extremadura”

Este templo parroquial dedicado a Santa Catalina es la piedra preciosa monumental de Romangordo. La construcción es sencilla: edificio de una sola nave dividida en cuatro tramos por arcos de medio punto y presbiterio ochavado, todo del siglo XVI. Pero si miras al cielo, ¡ay si miras al cielo! En ese caso, te encontrarás con uno de los artesonados mudéjares más bellos de Extremadura. Las cubiertas de madera techan tanto los cuatro tramos de la nave como el presbiterio. Destaca la más cercana a la cabecera del templo por su meritoria decoración en forma de lazo.

A un paso de Romangordo, Higuera de Albalat nos entretiene con su centro de interpretación de las abejas y de la miel. Al salir de él, distinguimos en lo alto del pueblo, al final del casco urbano y junto al ayuntamiento, la iglesia parroquial. Es un edificio pequeño y sencillo, pero de bella factura. Está dedicado a San Sebastián y se levantó entre los siglos XVI y XVII. En el interior del templo, una imagen destaca sobremanera. Se trata de un Cristo crucificado, policromado y de estilo gótico.

Regresamos a la autovía que une Lisboa con Madrid para seguir circulando al sur del Tajo. Buscamos nuestra última etapa en este sorprendente recorrido por las inesperadas joyas escultóricas y monumentales de la reserva de la biosfera de Monfragüe. Nos vamos a detener en Jaraicejo. Este pueblo, cuando pasaba por él la carretera Nacional V, era parada y fonda, lo que permitía admirar su formidable casco histórico. Como era señorío del obispado placentino desde el siglo XIII y lugar de veraneo episcopal, el pueblo fue agraciado con singulares construcciones.

La plaza de Jaraicejo es magnífica con la iglesia y el palacio episcopal componiendo un conjunto antológico. La iglesia de la Asunción es de notables proporciones y fue construida en mampostería de pizarra por el cantero trujillano Sancho de Cabrera. En el interior, una gran nave con sendas capillas laterales. En lo alto, bóvedas de crucería impresionantes y en las portadas, Renacimiento a raudales. Una curiosidad: en la iglesia, hay una puerta tapiada, en señal de respeto, desde 1504, cuando el féretro de Isabel la Católica fue acogido una noche en la iglesia y salió de ella por esa puerta camino de Granada.

Desde lo alto de Jaraicejo, volvemos a detenernos a contemplar la serranía, imaginamos el Tajo tras los picos de las Corchuelas, el Espejo y los Piatones y distinguimos al pie de las sierras de Mirabel y Santa Catalina las manchas blancas de Casas de Millán y Serradilla. Monfragüe y sus pueblos, tan sencillos, tan humildes, tan callados, cediendo protagonismo a la naturaleza para complementarla, brillando con la plenitud de la sorpresa, con el asombro de lo inesperado.

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