→ Primeros pobladores de Monfragüe

Muy poco es lo que sabemos de las primitivas gentes que habitaron el territorio de Monfragüe durante la prehistoria. De los tiempos más remotos, posiblemente de las etapas conocidas como Paleolítico Inferior y Paleolítico Medio, se han encontrado algunas herramientas de piedra en las orillas del Tajo y del Tiétar. Eran grupos nómadas de cazadores recolectores que utilizaban los ríos, las antiguas autovías de la prehistoria, como inagotable fuente de aprovisionamiento, tanto de materias primas para fabricar sus útiles, como de recursos alimenticios, pues junto a estos cursos de agua no les faltarían oportunidades para cazar o pescar animales.

Figuras simbólicas. Abrigo de Las Medusas.Sierra de Santa Catalina (Serradilla)

Ninguna huella hemos encontrado, hasta la fecha, de los cazadores del Paleolítico Superior, a pesar de que su presencia está atestiguada en la provincia cacereña por medio de las pinturas y grabados de la cueva de Maltravieso en Cáceres, o de los grabados de osos, ciervos y caballos de la pequeña gruta de la Mina de Ibor en Castañar de Ibor. Quizás, las condiciones de habitabilidad en un periodo de fríos glaciares extremos no fueron las más adecuadas, aunque también es posible que no hayamos aprendido todavía a desvelar algunos de los secretos que aún se ocultan en sus montes.   

Con el final de las glaciaciones y un clima más benigno, la huella del hombre prehistórico vuelve a hacerse visible en el territorio de la reserva de la biosfera, esta vez bajo la forma de figuras pintadas o grabadas sobre las paredes. Se trata de pequeños grupos muy móviles, aún dependientes de la caza y la recolección, pero que empiezan a “domesticar” un territorio en el que los bosques, los vados que permiten atravesar los cursos de agua, los montes más elevados o los abrigos rocosos que les sirven de refugio ocasional o de apostadero de caza, además de constituirse en enclaves importantes en su devenir diario, empiezan a integrarse en sus relatos, en sus historias míticas contadas alrededor de un fuego donde se hablaba de grandes jornadas de caza, de los animales más peligrosos o de los mejores cazadores. Se construye de este modo una memoria colectiva donde los hitos de ese paisaje –las montañas, los ríos, las cuevas…– que sirven de escenario a estos relatos empiezan a conformar la idea de un territorio colectivo del que es necesario apropiarse, empleando para ello diferentes sistemas, entre los que destaca el arte rupestre. Aparecen así las primeras pinturas rupestres de la reserva, figuras de animales en las que aún se mantiene un cierto estilo naturalista heredado del arte paleolítico, en el que los grandes animales eran representados con todo lujo de detalles (seguro que a todos nos viene a la cabeza en este momento alguno de los magníficos bisontes del techo de Altamira). La cueva del castillo de Monfragüe (Torrejón el Rubio), es el lugar donde podemos observar el que, posiblemente, sea uno de los mejores ejemplos de esta fase antigua del arte rupestre de Monfragüe. Allí, en la parte más profunda y elevada de la cueva, sobre una superficie lisa y vertical, fue pintada una magnifica figura de ciervo. Está infrapuesta a representaciones humanas realizadas muchos siglos después, y presenta un gran cuerpo oval relleno de pigmento rojo sostenido por cuatro patas con una pequeña cola en la parte derecha, y al otro extremo un largo cuello curvado que remata en una pequeña cabeza adornada con una enorme cornamenta.

Con el Neolítico se producen cambios en todos los órdenes. Superar la exclusiva dependencia de la caza y la recolección (que en ningún momento llegó a abandonarse) gracias a la aparición de la agricultura y la ganadería, implicó un mayor grado de sedentarización y posiblemente un aumento demográfico. Con ello, la complejidad social aumenta, se multiplica la división de funciones y la especialización del trabajo, por lo que los grupos tendrán, no solo más capacidad para modificar su realidad inmediata, sino una mayor necesidad de controlarla. Intensifican de este modo su control sobre el territorio construyendo en él hitos artificiales, unas veces en forma de monumentos megalíticos, y la mayor parte de las veces a través de manifestaciones de arte rupestre, incrementando de este modo la simbolización del paisaje con el que reivindican la posesión de la tierra o el dominio sobre los recursos primarios. El paisaje natural se transforma en un paisaje cultural organizado mediante un tipo de arte rupestre, el conocido como ciclo esquemático, que muestra un estilo completamente nuevo respecto a las antiguas manifestaciones de los grupos cazadores-recolectores.

“La cueva del Castillo es posiblemente uno de los mejores ejemplos de la fase antigua del arte rupestre de Monfragüe”

Representaciones humanas, animales y simbólicas del arte esquemático de Monfragüe

Evidencias de megalitismo encontramos en las proximidades de la localidad de Serradilla, en la finca de Rodesnera del Poniente –cerro de la Atalaya–, donde se localizan dos túmulos o montículos artificiales que aún protegen en su interior sendos sepulcros megalíticos de cámara circular y corredor largo; otros dos dólmenes se conservan en el entorno de Malpartida de Plasencia, y un quinto, de ubicación más imprecisa, se ha documentado en el término de Torrejón el Rubio.

Aparte de los sepulcros dolménicos indicados, se ha localizado hace algunos años un conjunto de menhires, vocablo con el que se denomina a los grandes bloques monolíticos de piedra de forma alargada y más o menos cilíndrica, en ocasiones con aspecto fálico –posible vinculación con un culto a la fertilidad–, hincados verticalmente en el suelo, que pueden aparecer aislados, o formando parte de ciertas alineaciones o agrupaciones, como es el caso que ahora nos ocupa. Se trata de una concentración de tres ejemplares localizados en la finca de la Cerca, a poco más de 1 km de la localidad de Malpartida de Plasencia, realizados con esquisto pizarroso del substrato local. Más que alineados, parecen presentar una disposición triangular, estando decorados los dos menhires que marcan los vértices de la “base” del triángulo con grabados incisos con forma de zigzag. Se ha señalado que la disposición de tal formación, que se desarrolla en paralelo al discurrir del arroyo Grande y del actual camino de Malpartida a Plasencia/Coria, parece “apuntar” hacia los relieves serranos del parque de Monfragüe situados al sur, y en concreto hacia las dos rutas de tránsito que presiden el horizonte desde aquel punto: el paso que se abre en la sierra del Mingazo, y el que discurre a través del puerto de la Serrana. Ello nos sugiere que, desde un punto de vista funcional, estos hitos debieron actuar como elementos demarcadores de espacios en los que se desarrollaba la vida cotidiana, y de territorios y/o de recursos explotables, en los que los canales de tránsito y de relación entre grupos diferentes a través de las serranías debieron desempeñar un importante papel.

A todo lo anterior se une, además, que nos encontramos en el gran momento del arte rupestre en Monfragüe. Miles de símbolos son pintados sobre las paredes del más del centenar de abrigos que han sido documentados a lo largo de las sierras de Santa Catalina, Peñafalcón, Monfragüe, Corchuelas, Espejo, Piatones y Miravete. Son figuras fundamentalmente pintadas en rojo, conseguido al mezclar óxidos de hierro con aglutinantes vegetales (aceites, resinas, claras de huevo), y agua o algún otro tipo de componente líquido. En mucha menor proporción, encontramos figuras realizadas en color negro (óxidos de manganeso) o blanco (caolín, o calizas). Lo habitual es que en los motivos se emplearan un único color. Sin embargo, excepcionalmente, encontramos figuras en las que se combinan dos o tres tipos de pigmentos, como podemos observar en varios de los paneles del abrigo del Espolón, en el entorno del arroyo Barbaón, dentro del término municipal de Serradilla.

En no pocas ocasiones los pigmentos eran aplicados con el dedo, consiguiendo de este modo un trazo de bordes regulares y un grosor aproximado de un centímetro, aunque también se usaron pequeños pinceles de pelo de animal, fibras vegetales o plumas de ave, tampones hechos con pieles o simplemente pequeñas ramas o fragmentos de madera con uno de sus extremos aguzado o ligeramente aplastado.

“El hombre prehistórico desarrolló a lo largo de más de tres mil años un universo figurativo amplísimo, aunque condensado básicamente en tres tipos de figuras: las representaciones humanas, las figuras animales y los motivos esquemáticos”

Con estos medios, el hombre prehistórico desarrolló a lo largo de más de tres mil años un universo figurativo amplísimo, aunque condensado básicamente en tres tipos de figuras: las representaciones humanas, las figuras animales y los motivos esquemáticos.

Las primeras, adquieren un especial protagonismo respecto a las representaciones de animales, mucho menos numerosas en el imaginario esquemático. Se trata de figuras humanas cuya estructura corporal queda reducida a los elementos básicos que permiten reconocer a cualquier ser humano: la cabeza, el cuerpo, los brazos y las piernas. Aparecen casi siempre estáticas, en posición frontal, mirando hacia el espectador. La variedad viene impuesta fundamentalmente por la propia morfología de las cabezas, que varían desde una simple forma circular (rellena o no de pigmento), un pequeño trazo vertical o una línea curvada, y también por la forma de colocar los brazos y las piernas (rectos, en ángulo, hacia arriba, hacia abajo, cerrados en círculo, formado un zigzag, etc.). Estos motivos antropomorfos se complementan a veces con otros detalles anatómicos, como la representación de manos, pies y dedos o la indicación sexual, o con detalles etnográficos en forma de tocados, armas, herramientas, ropajes o adornos corporales.

Los animales esquemáticos por regla general han perdido todo atisbo del naturalismo con el que eran representados en épocas precedentes, y en la mayor parte de las ocasiones su morfología se limita a una figura conocida en el argot como pectiniforme, formada por un trazo en horizontal para representar el cuerpo, del que parten hacia la zona inferior varios trazos en vertical (cuatro por lo general), con los que se configuran las patas. En ocasiones el trazo horizontal se prolonga por uno o ambos extremos para indicar, respectivamente, la cola o la cabeza, en donde algunas ocasiones se detallan orejas o cornamentas.

Finalmente, el gran protagonista de este universo iconográfico del arte rupestre esquemático lo constituye un amplísimo número de signos, desde los más simples, como los puntos, las digitaciones o los simples trazos colocados en las posiciones más diversas, a otros motivos morfológicamente más complejos, como los ramiformes, los círculos, las figuras angulares, los tectiformes o estructuras –casi siempre motivos rectangulares compartimentados al interior–, los trazos ondulados, los esquemas en zigzag, las retículas o las figuras con forma de sol, al margen de un amplio número de representaciones indeterminadas cuya forma escapa a cualquier paralelo con figuras o formas geométricas definibles en la actualidad.

“Unos enclaves que responden al objetivo de simbolizar los recursos de un territorio y ejercer el control efectivo sobre los mismos. Un sistema de comunicación pictográfico comprensible por todos los que transitaron por el territorio”

Todo este mundo simbólico está irremediablemente asociado a esos pequeños “museos al aire libre” que son los lugares (abrigos, covachos, grandes paredones ligeramente inclinados, grietas, pequeños huecos, etc.) donde el hombre pintó o grabó estas figuras. Una selección de enclaves que en absoluto debe considerarse como algo aleatorio, sino que responde a una acción claramente premeditada cuyo objetivo fue, como ya hemos referido con anterioridad, simbolizar los recursos de un territorio para ejercer un control efectivo sobre los mismos, desarrollando de este modo una suerte de primitivo sistema de comunicación pictográfico comprensible por todos y cada una de las gentes que en su día transitaron por este territorio.

La consolidación de la Edad del Cobre y la posterior Edad del Bronce, discurre en paralelo a un progresivo incremento demográfico que obliga a acentuar el control sobre los recursos. Ello conlleva la implantación en el área de la reserva de un modelo poblacional en el que prima el carácter estratégico de los asentamientos. Se tiende a ocupar zonas abruptas y de mayor altitud, vinculadas al control de recursos en terrenos desfavorables para la agricultura, aunque con buenos condicionantes para el aprovechamiento forestal y ganadero; pero sobre todo al control de puntos estratégicos –las zonas de vado, los collados, etc.–, para el dominio de las rutas de intercambio comercial y ganadero. Rutas que, de norte a sur y viceversa, atraviesan la parte central de la penillanura trujillano-cacereña, y que se topan a medio camino con las cuencas del Tajo, Almonte y Tiétar, y con las elevaciones que de este a oeste constituyen la columna vertebral del parque nacional. Los portillos naturales como los del Salto del Gitano, el Salto del Corzo, el puerto de la Serrana, el portillo de Calzones o la garganta de Serradilla se configuran como magníficos accesos naturales que permiten cruzar este territorio. Posteriormente serán los cursos de los pequeños afluentes como los arroyos Malvecino, Barbaón o Calzones los que canalizarán hacia las tierras del norte todo el tránsito que discurriría por estos pasos naturales. En todos los casos, tanto las portillas como los pequeños cauces aparecen dominados por poblados de altura –castillo de Monfragüe, Peña Falcón o puerto de la Serrana–, y, vinculados con los mismos, las pinturas rupestres cuyo mensaje, a veces renovado con nuevas figuras, sigue vigente en todos estos periodos.

Lo mismo que la dehesa, Monfragüe ha sido un territorio configurado por el ser humano a lo largo de la historia. Un paisaje habitado, domesticado y simbolizado en el que hombre y naturaleza han convivido en un profundo respeto. Hoy en día, solo alcanzamos a atisbar parte de esa íntima relación. Seguir profundizando en su conocimiento será tarea de nosotros, los investigadores; pero continuar preservando este espacio, donde la cultura se funde con la naturaleza, será tarea de todos.