→ Periodo andalusí en la reserva de la biosfera de Monfragüe

El paisaje actual de la reserva de la biosfera nos invita a un formidable recorrido por el pasado, geológico o patrimonial, entre otros ejemplos. Si el pasado traspasa a través de sus improntas monumentales como son los edificios señoriales, religiosos u obras de ingeniería civil, se manifiesta también por otras huellas, tal vez menos ostensibles o accesibles, pero no menos fascinantes: los vestigios arqueológicos diseminados a menudo por las cimas de sus abruptas cadenas montañosas de cuarcita o en los escondites de sus umbríos valles. Se remontan a épocas tan remotas como la Prehistoria, con evidencias materiales en las cuevas de la Canaleja (T.M. Romangordo) o la Protohistoria, especialmente a través de conjuntos de artes rupestres documentados en el parque nacional de Monfragüe y fechados durante las etapas del Neolítico Final-Calcolítico y la Edad del Bronce.

Excavación en Majâdat al-Balât (Romangordo)

Siguiendo nuestro paseo, un salto temporal nos podría llevar hasta la Edad Media, etapa más cercana pero acerca de la cual el peso de las tradiciones populares y la relativa escasez de datos precisos han favorecido la transmisión de relatos de índole legendaria. Según ellos, abundarían los pasadizos secretos y los tesoros de oro escondidos, cuando la verdadera riqueza se encuentra entre las piedras mimetizadas con el entorno. El paso del tiempo y las intervenciones humanas, con sus lotes de destrucciones, expolios y reformas, no siempre los han respetado, dejando una pálida imagen de lo que fueron en su día. Prueba de ello son las pocas manifestaciones conocidas que remiten al periodo andalusí, cuando gran parte de la península ibérica, incluyendo este territorio concreto de Extremadura, se encontraba bajo dominio musulmán después de una conquista relámpago llevada a cabo por las tropas árabes y bereberes asentadas en África del Norte, a principios del siglo VIII. De estos cinco siglos, el propio corazón de la reserva alberga una pieza emblemática que le da su mismísimo nombre, o sea el castillo de Monfragüe, o al-Mofrag. Los restos de su recinto fortificado se alzan en el extremo de la sierra de las Corchuelas, dominando el impresionante paraje del Salto del Gitano, un estrecho paso abierto entre las crestas de cuarcitas, aguas abajo de la desembocadura del Tiétar en el Tajo. Lo que queda corresponde a distintos momentos constructivos dilatados en el tiempo, mientras que los recuerdos de su pasado islámico han de buscarse más bien a través de humildes testimonios trazados en la pared de un aljibe1. Su papel en la segunda mitad del siglo XII recuerda que no siempre fue un refugio de paz y de aves rapaces, sino un lugar de paso defendido por los hombres. Refleja las luchas, no solo militares sino políticas y diplomáticas, que libraron los distintos bandos que pretendían controlar estas tierras fronterizas. En pocas décadas, pasó de las manos de un caudillo inicialmente a las órdenes del rey de Portugal, a ser pertenencia de la Corona de León que disputaban Castilla y los almohades. Además, el castillo estuvo estrechamente vinculado con la implantación de las órdenes militares en la región, instituciones religiosas y militares tan características de las fronteras entre los reinos cristianos y musulmanes.

Castillo de Monfragüe y sierra de las Corchuelas (Torrejón el Rubio)

Tampoco deja de llamar la atención que al lado opuesto de Monfragüe, al otro extremo de esta amplia barrera natural que sigue al sur el cauce del río, se levante el castillo de Miravete. Solo unos 30 kilómetros a vuelo de pájaro separan estos dos castillos, que comparten unos orígenes bastante oscuros. Sin poder precisar las fechas de sus edificaciones, sabemos que debieron existir antes de estar en el foco de los intereses cristianos. Las primeras menciones al respecto no van más allá de la segunda mitad del XII, para el primero o el primer tercio del siglo XIII, para el segundo. El hecho de que ambos fueran incorporados mediante donaciones reales al alfoz de Plasencia, delata que entraban en los planes diseñados para afianzar la posición de esta ciudad recién fundada e incentivar la futura repoblación. A pesar de las incertidumbres que puedan persistir, no cabe duda de que estos enclaves erguidos en las cumbres participaron en la defensa de unos puntos estratégicos. Tampoco se puede descartar que desempeñaran una función semejante la pequeña estructura rectangular conocida como Castil de Oreja (en Higuera de Albalat), hoy perdida entre la frondosa cubierta vegetal de la sierra, encima de un meandro de la garganta de los Nogales.

Garganta de los Nogales y Castil de Oreja (Higuera de Albalat)

Pero mientras Monfragüe se beneficiaba de un control directo del río, la fortificación ubicada en la cumbre del pico de Miravete (838 m), mucho más alejada del cauce, custodiaba el puerto del mismo nombre donde pasaba una importante vía de comunicación, tal vez de origen antiguo. Antes de convertirse en unas ruinas pintorescas descritas por los viajeros, ahora reducidas a un tramo de torre semicircular volcado en la pendiente, tuvo que ver pasar a los viajantes, comerciantes y militares que pretendían alcanzar de forma rápida las penillanuras de Trujillo o el valle fluvial. Su posición le ofrecía un campo visual óptimo, clave en un puesto de vigilancia de retaguardia. En este sentido, es probable que sirviese de punto de apoyo para Albalat, un asentamiento localizado en el fondo del valle, hoy en el término municipal de Romangordo.

Sierra del Frontal y pico de Miravete (Casas de Miravete)

“... estructura rectangular conocida como Castil de Oreja (en Higuera de Albalat), hoy perdida entre la frondosa cubierta vegetal de la sierra, encima de un meandro de la garganta de los Nogales.”

Allí, las peculiares condiciones geológicas permitieron que el río, entonces encajonado, se abriese en un valle amplio y remansara sus aguas en un cauce ancho y poco profundo que se podía alcanzar y vadear con facilidad. La presencia de este vado (hoy debajo de las aguas del pantano de Torrejón), uno de los pocos en decenas de kilómetros alrededor, condicionó la Implantación de esta población fortificada, en la orilla del río Tajo. Albalat consiguió cierta fama en época medieval hasta el punto de que se le atribuyó, de forma un tanto inexacta como anacrónica también, un extenso territorio que llegaba hasta Medellín, en el Guadiana. Su nombre árabe, originalmente compuesto como Majâdat al-Balât (“el vado de la vía”) ha atravesado casi intacto los siglos para mantenerse como Albalat. Perduró también en las barcas utilizadas a lo largo de la Edad Media y durante la época moderna para cruzar el Tajo, así como en la denominación de la “Campana de Albalat”, mancomunidad de los pueblos de Romangordo, Higuera y Casas del Puerto formada en la Baja Edad Media. Al igual que para los sitios anteriormente citados, se desconoce la fecha exacta de la fundación de Albalat, pero sabemos gracias a las fuentes árabes que ya existía a mediados del siglo X, durante la época del Califato de Córdoba. Su situación cambió cuando la presión del avance cristiano convirtió el valle del río Tajo en una verdadera zona fronteriza antes de que finalizara el siglo XI. A partir de ese momento, Albalat se situó en primera línea de una frontera móvil e inestable hasta caer definitivamente, a mediados del siglo XII, ante los ataques de las milicias de Ávila y Salamanca. Lo dejaron yermo, pero el yacimiento se salvó del olvido gracias a su localización en tan importante zona de paso y por la relativa monumentalidad de sus restos. Las respuestas a las grandes encuestas llevadas a cabo en el país desde el siglo XVI, como la inacabada de Fernando Colón -quien no era nada menos que el hijo de Cristóbal Colón-, o la realizada algunos siglos después por Pascual Madoz, atestiguan pervivencia de esta memoria: “junto al Tajo está la heredad llamada Villa-vieja, que conserva trozos de muralla antigua y torreones”. Tal como lo describen estos textos, lo primero que se apreciaba, y aprecia todavía, son los lienzos de su muralla construidos con mampostería de pizarra y recrecidos con tapial en algunos tramos. Siguen los contornos de una pequeña plataforma fluvial, rodeada al oeste y norte por cursos de agua, al este por un barranco poco hondo y al sur por lo que fue la antigua carretera N-V. Con una planta trapezoidal irregular, encerraba una superficie de dos hectáreas y estaba flanqueada por torres que pudieron alcanzar unos 8 metros de alto para las más altas. Como las murallas de otros núcleos medievales de la región, las de Albalat delatan, a través de sus numerosas reformas y ampliaciones, la tensión de la guerra y la necesidad de protegerse detrás de una estructura fuerte y potente de los asedios, razias e incursiones militares que asolaron estas zonas. Por suerte, el conocimiento que tenemos de este enclave va más allá de simples observaciones y apuntes históricos. Un primer punto de inflexión ha sido la identificación de un cementerio, y luego de un arrabal y de un hammâm (baño público) ubicados fuera de la muralla, que motivaron el inicio de unas campañas de excavaciones sistemáticas. Los vestigios más destacables se encuentran enterrados debajo de estratos compactos de tierra en el interior del área amurallada, formando un denso entramado de edificaciones. Se reconocen fácilmente calles de distintas anchuras y alguna placeta cuidadosamente enlosada que delimitan grandes manzanas ocupadas, según los casos por dos, tres o cuatro edificios con muros medianeros.

“Las murallas de Albalat delatan, a través de sus numerosas reformas y ampliaciones, la tensión de la guerra y la necesidad de protegerse detrás de una estructura fuerte de los asedios, razias e incursiones”

Restos de torres en Majâdat al-Balât (Romangordo)

Las plantas de las casas son típicas de la cultura medieval andalusí, con sus entradas a menudo en codo para preservar la intimidad de sus ocupantes, que desembocan en amplios patios abiertos. En torno a estos se abren varias estancias, entre las cuales siempre está una cocina con su hogar en el suelo y un salón-dormitorio. Algunas de estas viviendas estuvieron provistas de letrinas, signo inequívoco de la preocupación por la higiene y el bienestar. Las diferencias detectables entre sus superficies, sus ajuares, el tratamiento de algunos elementos arquitectónicos o incluso el tipo de madera utilizada para sus techumbres apuntan, según los casos, a hogares más pudientes o más modestos.

Hay que entender que las peculiares condiciones del abandono de Albalat, ocurrido en un contexto bélico con destrucciones e incendios voluntarios, han permitido la conservación de un abundante material o, al menos, lo que había quedado después de los saqueos llevados a cabo por las tropas asaltantes a mediados del siglo XII. Además, numerosos restos orgánicos, normalmente perecederos, se han preservado por carbonización: listones de los tejados, fragmentos de tejidos, esterillas de fibra vegetal que recubrían los suelos de tierra apisonada, restos de tapadera de corcho, semillas, etc. Todos ellos nos cuentan que no se trataba de una fortificación exclusivamente militar sino que albergaba una población estable que se dedicaba a todo tipo de labores. El gremio de los herreros ocupaba un lugar destacado, con sus talleres metalúrgicos concentrados cerca del paramento interior de la muralla norte. En estas forjas reciclaban chatarras y reparaban herramientas de uso cotidiano, además de elaborar nuevos productos, entre los cuales las armas y los arreos debieron de tener un papel fundamental. Otra rama especializada tuvo que ser la de los orfebres, que practicaban el reciclaje del cobre y sus aleaciones, para fabricar colgantes y amuletos contra el mal ojo como lo demuestra el hallazgo de un molde de muy buena factura. La explotación del medioambiente pasaba lógicamente por la agricultura, con el cultivo de cereales, leguminosas y frutas, algunas de ellas procedentes de la colecta de los árboles silvestres como las castañas y las bellotas dulces. Parte de los recursos alimenticios procedían del río, donde se pescaban varias clases de pescados y almejas fluviales hoy desaparecidas. También se basaban en el manejo de una cabaña dominada por los ovicápridos y las aves de corral, lo que no impedía que una proporción notable de los animales consumidos se obtuvieran de la caza menor (perdices, conejos, liebres) y mayor (en especial los ciervos). Los desechos generados se aprovechaban para el trabajo de los huesos y de las cuernas, empleados en numerosos artefactos tan usuales como podían ser las empuñaduras de cuchillos, o en instrumentos imprescindibles para la tarea doméstica del hilado como las torres de ruecas y las fusaiolas. Finalmente, otros restos de este material tan humilde sirvieron para tallar unas fichas de ajedrez, ocio todavía asociado en aquella época con cierta élite. Estas, junto con los juegos de mesa tan populares de alquerques grabados en las losas de varios patios, ponen de manifiesto una vertiente lúdica de las ocupaciones diarias.

El conjunto de estos datos, presentados aquí muy brevemente, apuntan a un paisaje bastante parecido, aunque no similar, al que se puede contemplar en la reserva de la biosfera. Permiten tender puentes entre prácticas pasadas y actuales, valorar y apropiarse un pedazo del pasado.

 

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