AZUL PIEDRA · RESERVA DE LA BIOSFERA DE MONFRAGÜE: EN EL RÍO AQUEL

Castillos que lo vigilan; ganados, barcas, vados y puentes que lo cruzan; viejas fronteras… El río Tajo es Monfragüe, y viceversa.

Castillo de Monfragüe
→ En el río aquel

Si hay algo que determina la identidad de la Reserva de la Biosfera de Monfragüe es el Tajo, el río aquel que atraviesa y modela, desde Romangordo en el este hasta Cañaveral en el oeste, la totalidad de su territorio. Y no solo la identidad geográfica, que comparte con la presencia perenne de la dura cuarcita armoricana y del bosque y matorral mediterráneo, sino también la cultural, puesto que el río en su devenir constante marcó de una u otra forma su propia historia. En las paredes de los abrigos rocosos de sus orillas comenzamos a representar la vida que nos rodeaba, y al menos cinco siglos antes de Cristo, en pleno periodo orientalizante, alguien disponía ya de ajuares de oro tan espectaculares como el del tesoro de Serradilla. Después, la veloz invasión musulmana del siglo VIII lo convirtió en efímera frontera que, especialmente a partir del siglo XI con el nuevo avance cristiano hacia el sur, acabaría siendo el escenario de constantes razias y de violentos enfrentamientos en una y otra parte; el castillo de Monfragüe, Al-Mofrag, y los escasos restos que han sobrevivido de otras fortalezas como la de Miravete o Castil de Oreja proceden de aquella época. Y después llegó la Mesta y el tránsito de ganado, la trashumancia que el río obligaba a practicar solo por donde él mismo lo permitía, concentrando el paso de personas y animales primero en vados y después en puentes, ya la mayoría bajo una misma corona. Los mismos pasos y los mismos puentes -como el de Albalat o el del Cardenal- que resultarán decisivos algunos siglos después en los cruentos avatares de la Guerra de Independencia, convirtiéndose en escenarios de algunos hechos relevantes en su desenlace final, conmemorados en la Ruta de los Ingleses, como la batalla del Lugar Nuevo (1812) y la toma del fuerte Napoleón.

→ Majâdat al-Balât

El vado de la vía. Así traduciríamos el nombre de esta antigua ciudad musulmana, cuya fonética se ha mantenido curiosamente casi intacta hasta nuestros días como Albalat, identificando a la zona, al cercano puente y también al propio yacimiento. En este lugar el río Tajo se abría remansando sus aguas y permitiendo vadearlas con facilidad, uno de los pocos sitios donde podía hacerse en muchos kilómetros, lo que justificaría el asentamiento de una ciudad fortificada para protegerlo; se sabe que así fue, por las propias fuentes árabes, al menos desde mediados del siglo X, durante el Califato de Córdoba, y que se mantuvo hasta mediados del XII cuando cae ante los ataques de las milicias de Ávila y Salamanca.

En los últimos años, en sucesivas campañas de excavaciones dirigidas por la experta arqueóloga medievalista Sophie Gilotte, se ha perfilado la identidad de aquella ciudad identificándose un cementerio, un arrabal y un hammâm (baño público) ubicados fuera de la muralla. Pero lo más relevante son probablemente los hallazgos intramuros, donde se reconocen fácilmente calles, placetas enlosadas y edificios típicos de la cultura medieval andalusí, que sumados a los numerosos restos rescatados nos describen una ciudad no exclusivamente militar, sino que albergaba una población estable dedicada a diversos quehaceres como herreros, orfebres, agricultores, pastores o pescadores.

→ Convento de la Victoria

La imagen del Santísimo Cristo de la Victoria de Serradilla fue tallada en Madrid, en el año 1630, por el escultor Domingo de Rioja y por encargo de Francisca de Oviedo y Palacios. Según parece ya en Madrid realizó milagros, lo que dificultó que la beata pudiera traerlo hasta Serradilla, como era su intención desde el principio, por la atención que despertó la imagen en la corte, hasta el punto de atribuírsele al mismísimo rey Felipe IV su retención. Cuando finalmente lo consiguió, viéndose obligada de nuevo a hacer parada en Plasencia, sucedió tres cuartos de lo mismo pues el Cristo comenzó a hacer tantos milagros que el obispo ordenó dejarlo en la iglesia de San Martín; finalmente, no fue hasta el 13 de abril de 1641 cuando la imagen pudo llegar hasta Serradilla. Ya en 1660, en el antiguo hospital para cuya capilla se había encargado la imagen, se fundó el monasterio del Santísimo Cristo de la Victoria de las Agustinas Recoletas; a pesar de ser de clausura puede visitarse, al menos una parte, pues está reconocido como Bien de Interés Cultural.

→ Gutierre de Vargas Carvajal

La iglesia de San Juan Bautista, en Malpartida de Plasencia, es uno de los ejemplos más representativos del proceso constructivo al que se asiste en Extremadura durante el siglo XVI, cuando muchos templos se amplían y reforman debido al crecimiento demográfico y económico. Lo mismo ocurre con la iglesia homónima de Saucedilla, o con la de la Asunción, en Jaraicejo, y en todos los casos detrás está la mano, o más bien la plata, del obispo placentino Gutierre de Vargas Carvajal, quien por cierto acabaría sus días enfermo de gota, y probablemente de otras cosas, en esta última localidad. Según un documento encontrado en la Real Academia de la Historia, cuando su madre Inés de Carvajal se enteró de su nombramiento, dijo: “Guterrico obispo, perdido anda el mundo”. Entre otras hazañas de este personaje está la de financiar una expedición naval de tres barcos con el propósito de controlar el estrecho de Magallanes, colonizar la Patagonia y llegar hasta Perú, aunque según parece solo uno de ellos consiguió hacerlo.

Otro Carvajal, antepasado de este y también obispo de Plasencia, fue el famoso cardenal de Sant Angelo que financió y acabó dando nombre casi un siglo antes a los puentes sobre el Tajo y el Almonte, el primero de ellos que solo aflora en Monfragüe cuando las aguas del embalse bajan ostensiblemente. Pero volviendo a nuestro Gutierre, que tuviera un hijo con María de Mendoza legitimado a la postre por Felipe II y que acabaría siendo hombre de confianza del rey, también hay que decir que impulsó el Sínodo de Jaraicejo, donde anticipó las reformas del Concilio de Trento.

Un detalle final: la iglesia de Romangordo, que es anterior, algo más austera en sus formas y que, como la Asunción de Jaraicejo, está declarada Bien de Interés Cultural con categoría de monumento, alberga un precioso y poco habitual artesonado mudéjar cuya visita merece mucho la pena.

 

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MONFRAGÜE, EL PLACER DE LA ESCUCHA. Por Eloisa Matheu

→ Más que un espectáculo visual

Monfrague era un lugar mítico para los naturalistas de mi época. En los 70 eran pocos los amigos que lo habían visitado y nos contaban maravillas. Sin embargo no fue hasta finales de los 80 que visité Monfragüe por primera vez. Y fue acompañando a Jean Roché, un pionero de la grabación de cantos de las aves, en un viaje primaveral con su numerosa familia.

Para mí fue un viaje iniciático en muchos sentidos porque yo empezaba en eso de grabar sonidos de aves y naturaleza y Roché era por entonces mi "maestro" y único referente. Y lo fue también porque descubrí y conocí lugares y paisajes que me fascinaron en una época de grandes transformaciones del territorio que marcarían profundamente la vida y el entorno natural de muchos de estos lugares.

He de admitir que mi primera impresión no fue muy favorable, accediendo desde el norte por una carretera flanqueada por eucaliptos a lo largo de un embalse encajado entre sierras y riscos. De pronto, en un roquedo, numerosos buitres y otras aves rapaces ¡eso sí era el Monfragüe del que tanto me habían hablado! El paisaje que se abrió entonces ya me pareció absolutamente espectacular: el matorral mediterráneo, la dehesa en todo su esplendor. Más adelante, le fui poniendo nombre a todo ello.

Tengo recuerdos sonoros maravillosos que me vienen a la memoria de manera desordenada, a veces imprecisa, otras acompañadas de visiones muy nítidas, como el nido de golondrina dáurica que descubrí mientras a mi alrededor todos enfocaban los buitres; el sonido de las alas de esos buitres tan cercanos sobre nuestras cabezas; con las primeras luces del día, las llamadas del águila imperial. Y el paisaje sonoro, afortunadamente tan difícil de resumir: pinzones, herrerillos, carboneros, trepadores azules, mirlos, currucas, petirrojos, chochines, agateadores, torcaces, picos, rabilargos, alcaudones y perdices, creando una sinfonía única de ritmos y melodías mediterráneas; el campo alegre con los cantos de abubillas, cucos, totovías, cogujadas, jilgueros, verdecillos, trigueros, gorriones, estorninos negros, milanos… las cigüeñas en los pinos; aviones zapadores bajo el puente; el paisaje sonoro nocturno de alacranes cebolleros y grillos; la música anfibia de las charcas; mochuelos, autillos, chotacabras, alcaravanes, ruiseñores... Y en Torrejón, el vocerío de los numerosos aviones comunes y golondrinas mezclado con los sonidos de la vida en la calle y, al caer la noche, el croar de las ranas, los balidos de las ovejas, los ladridos de los perros y los gritos de la lechuza literalmente sobre mi habitación.

“Tengo recuerdos sonoros maravillosos que me vienen a la memoria |LS|...|RS| pinzones, herrerillos, carboneros, mirlos, currucas, cucos...”

Desde el momento que me propusieron escribir este texto me puse a revisar algunas de las muchísimas grabaciones que tengo de Monfragüe y su entorno. ¿Cómo convertir en un texto más o menos ordenado tantas y tantas sensaciones que me produjo su escucha? Y sobre todo ¿cómo transmitirlas en palabras? Me pareció que una buena solución sería escribir pequeñas cápsulas, a modo de imágenes sonoras, que reflejaran las distintas facetas de lo que grabar en Monfragüe ha supuesto para mí desde aquella ya lejana visita relámpago con Jean Roché en los 80, cuando tantas cosas empezaban.

Mi primera experiencia grabando sonidos no fue muy buena. Mi primer equipo de grabación consistía en una enorme parábola de fibra de vidrio de 70 cm de diámetro, un tanto difícil de manejar, en la que encajaba un micrófono Beyer dinámico y todo ello conectado a una pequeña grabadora en casete. Roché me pidió que me apostara cerca de un nido de cigüeña negra situado al otro lado del río. Me dispuse muy animosa a grabar la cigüeña en cuanto entrara al nido. Durante las cuatro horas de larguísima espera tan solo pude observar un adulto entrar en el nido en un par de ocasiones y los escasos silbidos emitidos fueron tan débiles que prácticamente no quedaron grabados, incluso en una de las ocasiones coincidió con el paso de uno de los entonces escasos vehículos. Cuando Roché me recogió se rio de mi frustración de primeriza con un Ah! C'est comme ça la vie...

Posteriormente he vuelto a Monfragüe y su entorno en muchas ocasiones y sí, ya he grabado bien la cigüeña negra y he descubierto rincones y paisajes extraordinarios, comprendiendo lo que da vida y valor a este lugar maravilloso.

“He descubierto rincones y paisajes extraordinarios, comprendiendo lo que da vida y valor a este lugar maravilloso”

→ Melodía entre las rocas

El canto del roquero solitario es una dulce y variada melodía aflautada que recuerda a la del mirlo, aunque yo diría que tiene una mayor riqueza tonal y el resultado de sus trinos y variaciones melódicas es más caprichoso, más difícil de predecir. Se diría que sabe aprovechar el efecto eco del roquedo que le aporta riqueza e intensidad.

Desde lo alto del castillo, apostados delante del Salto del Gitano observando las evoluciones de los buitres, ante la pared de roca que se eleva en la Portilla del Tiétar o en cualquier otro roquedo, quién no ha alzado la vista en algún momento buscando el origen de esa melodía para descubrir al fin una silueta recortada en lo alto del risco. Siempre inquieto, sus vuelos rectilíneos lo delatan pero pronto desaparecerá una vez posado.

El roquero solitario canta muy temprano, al alba; sin embargo, lo podemos escuchar también durante el día y al anochecer. Y no está solo, suelen acompañarlo otras aves como el colirrojo tizón, o el chochín amante de los orificios en la roca. Y por supuesto, otras aves contribuyen al concierto rupícola primaveral desde los matorrales y árboles que rodean y enriquecen el lugar.

→ El “dawn chorus” en el bosque mediterráneo

Un día de primavera en una pista por la que me había alejado de birdwatchers, turistas y tráfico de la carretera, me detuve en un punto cualquiera cerca de Serrejón abrumada por la belleza del entorno, saqué el reflector parabólico y me dispuse a escuchar, disfrutando del paisaje sonoro de un campo abierto, dejándome acariciar por el sol primaveral. En esas se acerca un vehículo, frena a mi lado y baja un joven. Por un momento pensé, se acabó la fiesta, seguro que me van a decir que aquí no puedo estar, primero y ¿qué está usted haciendo? después. Pero para mi sorpresa la pregunta fue bien distinta: ¿es usted Eloísa Matheu? Sorprendida dije ¿sí…?, todavía algo despistada, a lo que él respondió con una gran sonrisa y muestras de gran alegría. Él era y es Amalio Toboso, biólogo del por aquel entonces parque natural. De ese encuentro fortuito surgieron otros algo más programados, ideas y proyectos. Y sobre todo, la oportunidad de conocer rincones de Monfragüe, como Las Cansinas, que de otro modo quizás nunca habría visitado. Posteriormente el parque pasó de natural a nacional y en su mutación se truncaron proyectos. Pero quedan recuerdos de momentos vividos y las grabaciones que pretenden reflejarlos bien guardadas.

Las Cansinas es una finca cercana a la Portilla del Tiétar magnífico exponente del paisaje de Monfragüe. Un día de primavera entro más que temprano para capturar el despertar de las aves, lo que se conoce como dawn chorus, un fenómeno que tiene lugar de manera más evidente en climas templados en la época de reproducción. Las aves durante esos minutos del alba cantan de una manera diferente a como lo harán durante el resto del día. Las melodías de las aves se entrelazan unas con otras creando una nube, una atmósfera musical, envolvente, ninguna sobresale. Los bioacústicos que han estudiado este fenómeno describen motivos o melodías diferentes durante estos minutos. No se sabe con certeza cuál es el objeto del canto a oscuras: afianzar los territorios, "pasar revista" por si ha habido bajas durante la noche, las hembras aprovecharían para escuchar atentamente el canto de diferentes machos o para encuentros con otros machos en un momento de distracción de sus parejas. ¡O quizás es la alegría de vivir!

Cuando escucho ahora las grabaciones que realicé esa mañana temprano hace más de diez años, vuelvo a disfrutar con el maravilloso concierto que forman las melodías aflautadas y dulces de mirlos y oropéndolas, con el contrapunto de cucos y carboneros. Pronto aparece el arrullo de las tórtolas europeas al cual se une ahora el canto de herrerillos, pinzones, agateadores, aves todas ellas que requieren la presencia de árboles, mientras que la perdiz y un chotacabras pardo que se resiste a abandonar la escena, alzan sus ritmos desde el suelo con más o menos cubierta vegetal. En el cielo, una totovía práctica sus escalas descendentes... Difícil en una primera escucha saber cuántos individuos hay, tal es la algarabía de este amanecer. Una hora más tarde, cuando el sol ya se ha alzado, el panorama ha cambiado, algunas especies son algo más protagonistas, otras desaparecen y la escena resulta más calmada, reclaman los rabilargos, canta el pinzón su monótona cascada de notas, se escucha una abubilla lejana, sigue el cuco cantando más pausado, cloquea incansable la perdiz, las tórtolas arrullan, pían los abejarucos en el cielo, vuelve la oropéndola... Y poco después, con el calor, aparecen los insectos zumbando entre las flores, el aire parece pesar más y las aves van abandonando el escenario para alimentarse y ocuparse de sus nidos y polluelos.

Siguiendo el camino, el bosque se va aclarando, aquí la curruca rabilarga es la absoluta protagonista en un entorno de jaras soleadas. En el campo abierto que ahora se abre ante mí, en septiembre se juntarán los ciervos, los machos con sus poderosos cuerpos y grandes cornamentas se disputarán los harenes y berrearán sin descanso durante noches y días. Pero eso es ya otro "cantar".

→ La noche sonora en Monfragüe

Tengo muy buenos recuerdos de esperas en la Portilla, a pesar de ser un observatorio situado en la carretera y muy frecuentado. Sin embargo en ocasiones llego justamente cuando los observadores se marchan porque ya no hay luz suficiente para la observación y la fotografía. Recuerdo un atardecer en enero, éramos varias personas apostadas delante de las paredes de la Portilla. Ellos buscaban una pareja de búhos. Yo escuchaba los sonidos del agua, los reclamos de chochines y petirrojos, de aviones roqueros, alguna alarma de mirlo, reclamos en vuelo de lavanderas, unos últimos gritos de buitres posándose... Hasta que por fin, defraudado, se marchó el grupo. Casi al momento, cuando se alejaba el coche, el instante mágico: apareció la pareja de búhos cantando activamente, el macho un “úuooo” grave, la hembra con un tono más agudo y modulado, no del todo sincronizada con el macho. Pero además, se escuchaba un tercer individuo, ¿un inmaduro?, ¿otra hembra?, además de series largas de lo que podría ser una cópula. Al mismo tiempo, se escucharon maullidos desde los riscos colindantes, probablemente de un gato montés. Unos meses más tarde, en este mismo lugar se podían escuchar los reclamos de dos o tres pollos de búho y otras vocalizaciones que probablemente corresponderían a una hembra. ¡Todo un repertorio!

En otra ocasión, con el equipo de biólogos del parque hicimos unas esperas nocturnas con el objetivo de detectar la posible presencia de lince ibérico y los maullidos que escuchamos y grabamos concluimos que serían otra vez de gato montés. Los zorros no faltaron a la cita y nos amenizaron con su "tau-tau".

→ ... y las grullas, claro

Febrero. Una densa niebla cubre el paisaje. Me encuentro en algún punto de la reserva de la biosfera entre Torrejón y Talaván y circulo muy lentamente. En la dehesa se distinguen entre las encinas las siluetas de unas grullas alimentándose de bellotas, es un pequeño grupo. Al acercarse un vehículo elevan la cabeza estirando sus largos cuellos y comienzan a emitir unas voces de inquietud que irán in crescendo hasta que por fin baten sonoramente las alas y alzan el vuelo casi en vertical, alarmadas, lanzando sus potentes trompeteos. Es entonces cuando me doy cuenta de que el grupo no es tan pequeño y que ocultas entre la niebla y las encinas había muchas más aves que ahora vuelan en círculo hasta alejarse. Un espectáculo visual y sobre todo sonoro de gran magnitud.

Grabar y escuchar la naturaleza no es siempre una experiencia solitaria

Soy consciente de que la actividad de grabar sonidos de la naturaleza en ocasiones puede resultar algo "antisocial": todos los ruidos molestan, incluso los de la gente que intenta ayudarte. En Monfragüe he vivido dos experiencias de absoluta socialización.

Unos colegas británicos de la Wildlife Sound Recording Society deseaban incluir Monfragüe en su viaje de grabación por España. Me pidieron ayuda. Era un reto importante puesto que sabía de su escasa tolerancia hacia los ruidos procedentes de las carreteras: imposible convencerlos de que apostados en la Portilla en algún momento quizás podrían grabar algo sin que pasara algún vehículo, o llegara un grupito de entusiastas de las aves cargados con sus telescopios y prismáticos charlando alegremente. Así que solicité autorización y entramos en Las Cansinas muy temprano una mañana. El concierto que nos brindó la naturaleza no decepcionó y todavía recuerdan esta visita emocionados. Creo que el vino de pitarra contribuyó a ello.

En estos ya 30 años dedicada a escuchar y grabar, una de las mayores satisfacciones como audionaturalista ha sido la de divulgar y compartir la escucha atenta de los sonidos de la naturaleza. Inicialmente mediante casetes y CD y en los últimos años mediante cursos y talleres de campo. Y quiero acabar con el recuerdo de un taller que impartí durante la FIO 2015. Me emocionó el entusiasmo de los asistentes y compartir la experiencia de escuchar y descubrir las aves del bosque mediterráneo. Cómo han cambiado las cosas, para bien, claro, desde mi primera visita a Monfragüe.

AZUL PIEDRA · PARQUE CULTURAL SIERRA DE GATA: PIEDRAS SERRAGATINAS

Bien está la piedra en el agujero, como suele decirse; y así debe ser, como en pocos sitios, en Sierra de Gata. Castillos, arquitectura popular, iglesias y cinco magníficos conjuntos históricos que son la piedra de toque serragatina. 

Trevejo es, a pesar de lo que pueda parecer, una pedanía; tras la apisonadora de la Guerra de Independencia y las posteriores desamortizaciones se vio obligado a solicitar su supresión como municipio anexionándose al de Villamiel en 1859. Paradójicamente su posterior aislamiento conservó intactas sus esencias pétreas y gracias a la lucha por mantenerlas de personas como Chon, la que fuera su alcaldesa pedánea recordada con un busto en la puerta de su vivienda, hoy es uno de los mayores atractivos de la comarca.

Su castillo pasó a manos de las órdenes militares tras la ocupación de los territorios almohades por el reino de León, junto con los de Santibáñez el Alto, Eljas y Salvaleón; este último ha desaparecido y el resto no ha sobrevivido bien, la verdad, aunque todos merecen una visita, especialmente el de Trevejo, que con la iglesia y su espadaña anejas forman un conjunto formidable.

Algo más al norte se encuentra San Martín de Trevejo, donde los mañegos, como se conoce a sus habitantes, han sabido conservar su estilo de vida, reconocible tanto en el uso de su propia lengua -a fala, que comparten con las cercanas Eljas y Valverde del Fresno- como en la armonía arquitectónica de sus calles. Al igual que en otras localidades, como Gata, sus casas se caracterizan por fachadas con muros de piedra en su parte inferior, que suelen sobresalir hacia la calle a la altura del primer piso sosteniéndose sobre fuertes vigas de madera; en esto Robledillo de Gata tiene sus particularidades, ya que la inclinación del terreno donde se ubica el pueblo ha propiciado que se levanten dos, tres y hasta cuatro plantas. Todos ellos desprenden encanto serrano y sus callejuelas decoradas a menudo con tiestos de flores y plantas invitan a perderse.

Hoyos merece una mención aparte porque fue elegido por los obispos de Coria y cierta nobleza como lugar de residencia veraniega; aquí los escudos timbran portalones de casas palaciegas con sugerentes ventanas geminadas, y sus tres plazas, una de ellas antiguo coso taurino, dan buena muestra de la pasada alcurnia de la localidad.

→ Ay… los nombres

En la visita a Hoyos hay que prestar especial atención a la iglesia del Buen Varón, que tiene además una curiosa anécdota relacionada con su nombre: cuando en 1982 se redactó el expediente para declararla BIC (Bien de Interés Cultural), como en verdad le correspondería por sus magníficas hechuras y otros tesoros que cobija como el estupendo retablo mayor asociado al taller de los Churriguera, alguien confundió a un Varón con un Barón -quien además de ser varón posee una baronía- lo que llevó a que dicho expediente no tuviera continuidad en décadas. Afortunadamente el error se detectó y corrigió a finales del 2017 y ya tiene el reconocimiento y la protección que merece como monumento.

Algo similar, aunque parezca mentira, ocurrió con la imponente iglesia de la Asunción en Torre de Don Miguel, que por las mismas fechas se registró en el expediente original como la Anunciación, que son cosas bien distintas y no solo por su escritura: una es la elevación de la Virgen a los cielos en cuerpo y alma y la otra el anuncio del arcángel San Gabriel a la misma protagonista del misterio de la Encarnación; ahí es nada. Lo cierto es que el mejor escribano echa un borrón, y hasta 2018 no se ha solventado este, pasando ya a formar parte como monumento de los bienes inmuebles protegidos de la provincia. Desde luego es una visita muy interesante, aunque solo sea para apreciar los gloriosos volúmenes renacentistas de Pedro de Ybarra.

→ Ybarra y los Ángeles

Y hablando de Ybarra; figura clave del Renacimiento en Extremadura, a donde se dice que le trajo su enemistad y rivalidad con el madrileño Rodrigo Gil de Hontañón, como maestro mayor de la diócesis de Coria y la Orden de Alcántara se le deben buena parte de sus obras civiles, militares y religiosas. Entre ellas hay que acentuar la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles en Acebo, a cuya magnífica torre, parte de la nave y trazas de la portada y el coro se dedicó desde 1554 a 1566, pocos años antes de morir. Es una visita iluminadora y también tiene la declaración de monumento.

→ Los Pajares

Para acabar, un lugar de interés etnológico: los Pajares de Santibáñez el Alto, que reflejan de manera incontaminada el modo de vida agroganadero tradicional. Se trata de un barrio de establos, cuartos de aperos y pajares con un régimen de propiedad muy peculiar: el terreno y la piedra de los edificios son del Ayuntamiento que los presta a los usufructuarios, quienes aportan la teja que podrán llevarse cuando abandonen su uso. 

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VEGETACIÓN DE LA RESERVA DE LA BIOSFERA DE MONFRAGÜE. Por Fernando Durán

→ Caminando por los rincones de Monfragüe y su entorno adehesado y protector

Está grabado en mi memoria aquel primer viaje al entorno de Monfragüe que realicé en septiembre 1975, cuando iniciaba estudios de C.O.U. en Navalmoral de la Mata. Mi amigo Felipe Sánchez y yo tomamos el autobús hasta Jaraicejo, donde nos esperaba su tío, guarda de la finca de Malueñez. Subimos a las caballerías que tenía preparadas y, a través de inmensas dehesas, llegamos a la casa de labranza, donde pasaríamos la noche sobre jergones de paja, escuchando la berrea de los ciervos. Ya de día, descubrimos la sierra que se elevaba junto al cortado llamado Boquerón. Esos días, pasados entre jaras, encinas, alcornoques, buitres y águilas, tomé la decisión de que mis posteriores estudios universitarios se encaminarían hacia la Biología.

Dehesa (Saucedilla)

Cuarenta años después, tras caminar por muchos rincones de la hoy reserva de la biosfera de Monfragüe y su entorno adehesado y protector, he dibujado para los alumnos esta rica diversidad vegetal del monte mediterráneo monfragüense, inspirado en los estudios realizados por José Luís Pérez Chiscano y Dolores Belmonte López. Mi boceto a lápiz ha sido convertido ahora en una hermosa estampa coloreada, que nos muestra cómo es la cliserie altitudinal de vegetación de la comarca.

Las laderas serranas vistas a distancia parecen contener una vegetación más o menos uniforme, con pequeñas variaciones cromáticas. Pero si recorremos detenidamente estos llanos y sierras, sus umbrías y solanas, sus cumbres y riscos, sus arroyos y vaguadas, descubriremos diversas formaciones adaptadas a las diferentes alturas, orientaciones, afloramientos rocosos, grados de humedad y tipos de suelos.

No esperemos encontrar en el campo compartimentos estancos y variaciones bruscas. Si exceptuamos las riberas con su vegetación característica, el resto de las formaciones vegetales dibujadas se mezclan con las vecinas en múltiples ecotonos o zonas de transición en los que la vida gana en variedad y diversidad.

→ Dehesas

Es una formación propiciada por nuestra especie, aclarando el bosque original y originando pastizales bajo las arboledas. Las especies arbóreas dominantes son las encinas (Quercus ilex subsp. ballota) y alcornoques (Quercus suber). Dispersos en la dehesa aparecen piruétanos o galaperos (Pyrus bourgaeana), majuelos o espinos albares (Crataegus monogyna), retamas (Retama spaherocarpa), escobones blancos y amarillos (Cytisus multiflorus y C. scoparius). Los pastizales están compuestos por muchas especies de las familias Leguminosas, Gramíneas y Compuestas. Frecuente es en las dehesas la ceborrancha (Drimia marítima), planta de hojas grandes y lustrosas, con un gran bulbo bajo tierra al que debe su nombre popular.

→ Jarales y cantuesares

La degradación del bosque mediterráneo de encinas y alcornoques en las laderas serranas propicia la aparición de jarales poblados por la jara pringosa (Cistus ladanifer), que puede ser considerada la especie más representativa de la comarca. Suele ir acompañada por la ahulaga o arbolaga (Genista hirsuta), brezo rojo o rubio (Erica australis), cantueso (Lavandula stoechas), garbancillos (Astragalus lusitanicus), jaguarzo morisco (Cistus salviifolius), alcayuela (Halimium ocymoides) y mejorana de monte o almoraduz (Thymus mastichina).

→ Encinares de ladera

Es la vegetación más característica de las partes bajas de las laderas serranas de orientación solana. Además de la encina, encontramos algunos piruétanos, jaras pringosas, escobas blancas y torviscos (Daphne gnidium), planta usada para hacer cordeles con los que atar escobas o los manojos de espárragos.

→ Acebuchares

Son formaciones abiertas en las laderas soleadas, siendo frecuentes en los riberos de la reserva. Además de acebuches u olivos silvestres (Olea europea var. sylvestris), encontramos esparragueras blancas (Asparagus albus), espino negro (Rhamnus lycioides subsp. lycioides), espino prieto (Rhamnus oleoides), lentisco o charneca (Pistacia lentiscus) y el lirio español (Iris xyphium). En algunas zonas el lentisco o charneca domina el paisaje, dando lugar a formaciones cerradas denominadas charnecales.

→ Alcornocales (solana)
Cantueso (Lavandula stoechas).
En esta orientación soleada, los alcornocales son menos abundantes y más abiertos que en umbría. Además de alcornoques, son abundantes las jaras pringosas, mirto o arrayan (Myrtus communis), romero (Rosmarinus officinalis), alcayuela (Halymium ocymoides) y cantueso (Lavandula stoechas).
 
Jara pringosa (Cistus ladanifer)
→ Vegetación rupícola

Sobre las rocas de crestas y farallones cuarcíticos, con escaso suelo y mucha insolación, prosperan algunas especies como encinas achaparradas, enebros (Juniperus oxycedrus), cenizos (Adenocarpus argyrophyllus), clavelillos (Dianthus lusitanus) y helechos (Asplenium billotii, Cheilantes hispánica, Ceterach officinarum).

→ Alcornocales (umbría)
Lirio amarillo lusitano (Iris lusitánica)

En las frescas umbrías el alcornocal está más desarrollado que en las soleadas solanas. Además del árbol principal, el alcornoque, encontramos muchos madroños (Arbutus unedo), durillos u orilleras (Viburnum tinus), arce de Montpellier (Acer monspessulanum), brezo arbóreo (Erica arbórea), jazmín silvestre (Jazminum fruticans), jara cervuna (Cistus populifolius), orégano (Origanum vulgare), peonías o rosas de Alejandría (Paeonia broteroi), lirio amarillo lusitano (Iris lusitánica) y diversas especies de orquídeas.

Durillos u orilleras (Viburnum tinus)
→ Altifruticeta de umbría

En determinadas zonas de las laderas de umbría aparece un matorral alto (Altifruticeta), similar a pequeñas laurisilvas, que lleva madroño, durillo, brezo arbóreo, labiérnagos (Phyllirea angustifolia y P. latifolia), cornicabra (Pistacia terebinthus), y olivilla (Teucrium fruticans).

Cornicabra (Pistacia terebinthus)
→ Quejigos

Formando pequeñas agrupaciones o bosquetes, los quejigos (Quercus faginea subsp. broteroi), aparecen en las zonas más frescas de las umbrías serranas, acompañados de madroños, durillos, brezos arbóreos, arces de Montpellier y peonías entre otras especies.

→ Melojares

En las zonas graníticas del norte de la reserva, término de Malpartida de Plasencia, encontramos cotas más altas que implican mayores precipitaciones, dando lugar a la aparición del bosque caducifolio del roble melojo o rebollo (Quercus pyrenaica), que puede aparecer tanto en formaciones boscosas (melojares o rebollares), como en forma adehesada. Como compañeros puede llevar pies de quejigo (Quercus faginea) y fresnos (Fraxinus angustifolia), estos últimos en las vaguadas frescas.

→ Castañares

Estos bosques humanizados, procedentes de plantaciones, prosperan en zonas umbrías de los términos de Mirabel, Casas de Millán y Deleitosa. El castaño (Castanea sativa), es árbol autóctono en Extremadura según registros polínicos, pero prácticamente todas las poblaciones actuales de esta especie proceden de plantaciones.

→ Bosques de ribera

La vegetación arbórea de las riberas de arroyos y ríos de la comarca está formada por alisos (Alnus glutinosa), fresnos (Fraxinus angustifolia), sauces (Salix salviifolia y S. atrocinerea), con pies dispersos almez u hojaranzo (Celtis australis). Otras especies que aquí prosperan son la parra silvestre (Vitis vinífera subsp. sylvestris), hiedra (Hedera hélix), zarzal (Rubus ulmifolius), brezo lusitano (Erica lusitánica), helecho real (Osmunda regalis), macollas (Carex elata subsp. reuteriana), junco churrero (Scirpus holoschoenus) y nabo del Diablo (Oenanthe crocata).

→ Tamujares

Son formaciones arbustivas junto a cursos de agua con frecuente estiaje o sequía estival. Domina la tamuja (Flueggea tinctoria), acompañada de zarzales, clamátide (Clematis campaniflora) y nueza (Bryonia dioica). Antiguamente se usaban para hacer escobas.

→ Vegetación sobre calizas

En las zonas de rocas calizas, como por ejemplo en Romangordo y Casas de Miravete, al tener el suelo pH básico o neutro, aparecen otras especies como la arbustiva coscoja (Quercus coccifera), que no supera el porte de arbusto alto, jaguarzo blanco o jara de flor rosada (Cistus albidus), tulipán silvestre (Tulipa sylvestris) y numerosas orquídeas, especialmente del género Ophrys.

→ Pinares del Tiétar

Esta zona fue declarada corredor ecológico y de biodiversidad, así como ZEPA Río y Pinares del Tiétar. Los pinares del Tiétar son las únicas masas de pinar autóctono de Extremadura, constituyendo un ecosistema de enorme valor ecológico. En la reserva se localizan en el sector norte del término municipal de Casatejada.

→ Llanuras o zonas pseudoesteparias

En algunas áreas del sur de la reserva, la deforestación para cultivos o pastoreo ha originado zonas pseudoesteparias donde la vegetación está formada por pastizales ricos en plantas de las familias botánicas Gramíneas (espigas), Compuestas (margaritas y cardos), y Leguminosas (con fruto en legumbre). Esta vegetación alberga una importante comunidad de aves ligadas a este hábitat, como por ejemplo avutardas, sisones y gangas.

→ Árboles singulares de la reserva de la biosfera de Monfragüe

Según la Ley de Conservación de la Naturaleza y Espacios Naturales de Extremadura, se considera árbol singular “a aquellos ejemplares o agrupaciones concretas de árboles, autóctonos o no, en atención a sus características singulares o destacables que los hacen especialmente representativos, atendiendo a su edad, tamaño, historia o valor cultural, belleza, ubicación u otras características análogas”.

Desde que esta figura de protección se instauró en Extremadura, se han declarado como tales en Monfragüe y su entorno seis árboles singulares.

Alcornoque del Venero. Árbol situado en el paraje conocido como el Venero, Finca el Frontal, de la localidad de Romangordo. Llama la atención su tronco de casi 5 m de alto, lo que le proporciona gran belleza y armonía. Al estar situado en una ladera, ha tenido que desarrollar fuertes contrafuertes en la base para tener estabilidad. Su estado general es aceptable para la edad estimada, que es de 350 años.

Alcornoque de los Cercones. Está ubicado en el paraje los Cercones, en Higuera de Albalat. Un ejemplar monumental, con tronco bajo de 2 m de altura, dividiéndose en seis cimales primarios. La copa es mucho más alta de lo habitual en este tipo de alcornoques, llegando hasta 20 m de alto y 25 de diámetro. El perímetro de la base del tronco es de 6,30 m y 5,53m a 1,30 m de altura. Su estado de conservación es bastante bueno y su edad estimada es de 350 años.

Alcornoque Padre Santo. Este coloso alcornoque, situado en una vaguada de la dehesa boyal de Mirabel, tiene una altura de saca de corcho de 6 m, lo que da una idea de su porte. Parece mostrar ya síntomas de estrés (defoliación, frutos pequeños) y la muerte de ejemplares de su entorno, indican una posible afección por la enfermedad de la “seca”.

Alcornoque Grueso. También en la dehesa boyal de Mirabel, fue el último (2016) en incorporarse a la lista. Tiene 16,5 m de altura, 22,5 m de diámetro de copa y una edad estimada de 350 años.

Alcornoque el Abuelo. En Toril, era de los árboles singulares más conocidos de Extremadura y se desplomó el 4 de diciembre de 2011. En su lugar se plantaron 7 alcornoques procedentes de sus bellotas.

Almez de Lugar Nuevo. Situado en Lugar Nuevo, junto a Villareal de San Carlos (término de Serradilla), este hermoso ejemplar de almez, hojaranzo u horanzo (Celtis australis), ha permanecido mucho tiempo como uno de los secretos de la comarca. Su tronco con robustos contrafuertes en la base, presenta abultamientos y verrugas que le dan aspecto encantado. Personalmente, este ejemplar me recuerda a los baobabs africanos. Edad estimada en 200 años.

→ Orquídeas de Monfragüe y su entorno

Probablemente la familia botánica de las Orquídeas sea el grupo de plantas más evolucionado y con mayor número de adaptaciones. Se trata de plantas herbáceas con una extraordinaria belleza y rareza floral.

Las flores de las orquídeas tienen un pétalo especial (que en realidad deberíamos llamar tépalo), denominado labelo, que en muchas orquídeas mediterráneas, especialmente del género Ophrys, aparece adornado con pelos y callosidades de diversos colores, con lo que logra un increíble parecido con los peludos cuerpos de insectos (abejas, avispas, abejorros, etc). Con este disfraz, atrae a los insectos, que al posarse, se llevarán pegado en su cuerpo el polen que permitirá la fecundación de otras orquídeas al ser visitadas por ellos.

Otra curiosidad de estas plantas es que, para germinar, sus diminutas semillas sin material de reserva, necesitan conectarse al micelio de hongos, que actúan como nodrizas, alimentando a la planta en los primeros tiempos de la germinación y formación de hojas.

Casi la mitad de las especies de orquídeas de Extremadura pueden encontrarse en la reserva de la biosfera, donde se han citado unos 30 taxones diferentes.

Algunas de ellas son orquídeas que habitan en la espesura de los bosques mediterráneos, especialmente en orientaciones de umbría, entre las que podemos citar especies de los géneros Cephalanthera, Limodorum, Epipactis y Neotinea. Otras, como Spiranthes aestivalis, aparece en verano siempre muy cerca de la humedad de arroyos y riachuelos.

El resto de orquídeas prefieren los claros de matorral y las praderas, entre las que se encuentras especies de los géneros Ophrys, Serapias, Anacamptis y Orchis principalmente. Queremos destacar la presencia en la comarca de Serapias perez-chiscanoi, especie nueva para la ciencia descubierta por el botánico extremeño José Luís Pérez Chiscano, uno de los científicos que junto a los también extremeños Miguel Ladero y Enrique Rico, más han trabajado para conocer y divulgar nuestra flora y vegetación.

 

AZUL PIEDRA · MIAJADAS-TRUJILLO: CRUCES Y MÁS CRUCES

De caminos, de madera, de ríos y océanos, de piedra, de nombre... en Miajadas-Trujillo hay cruces y más cruces esperándonos.

Gran parte de los bienes patrimoniales de la comarca están concentrados en la histórica localidad de Trujillo, cruce de caminos que da ese aire toscano cuando se acerca uno, especialmente desde el este o el oeste. Además de ser conjunto histórico, varios edificios son monumentales a título individual, como es el caso de los palacios de San Carlos, del marqués de la Conquista, el Viejo o de las Cadenas y el de Juan Pizarro de Orellana; también el castillo y por supuesto el magnífico templo de Santa María la Mayor, que domina la plaza trujillana con su mole espigada. En Santa María precisamente están enterrados personajes de los linajes con más abolengo de la ciudad: los Vargas, Altamirano, Barrantes, Orellana… y también los restos del legendario Sansón extremeño, Diego García de Paredes. Este heroico personaje nacido en Trujillo en torno a 1468, luchó como soldado de fortuna en los ejércitos del papa Alejandro VI, pasó a los servicios del duque de Urbino tras matar en un duelo a uno de los capitanes papales y volvió algún tiempo después a estar bajo la protección de César Borgia participando en las tomas de Rímini, Fosara y Faenza. A las órdenes de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, luchó en Grecia y Nápoles hasta acabar nombrado por este marqués de Colonetta, aunque tras caer en desgracia su protector se exilió dedicándose a la piratería por todo el Mediterráneo. Recuperó no obstante la estima real con Carlos V, participando en la campaña del norte de África, Italia, Flandes, Alemania o Austria, hasta ser nombrado Caballero de la Espuela Dorada por el propio emperador. Paradójicamente, tras una vida de hazañas bélicas murió por unas heridas producidas en un accidente cuando jugaba con unos niños a tirar la lanza. 

→ Madera de la Cruz, de la verdadera

La iglesia de la Vera Cruz, en Santa Cruz de la Sierra, alberga, claro está, una reliquia del Lignum Crucis; un trocito de madero cuya pertenencia se atribuye a la cruz en la que murió Jesucristo. Aunque algunas de las más famosas se encuentran en Jerusalén, Roma o Santiago, lo cierto es que hay tal cantidad de estas reliquias por el mundo que bien podríamos reconstruir con todas ellas no ya una cruz sino un galeón de Manila; aunque lo que se venera no es la cruz en sí sino lo que representa, así pues lo de menos es que sea real o no. De la de Santa Cruz de la Sierra sabemos poco, solo que llegó hace unas décadas y que comparte joyero con otra reliquia de San Felipe Neri. La tradición, el propio nombre de la localidad (que sobrevivió incluso al periodo musulmán) y una cruz muy brillante que se sostenía en el aire (vista por muchos a lo largo de los siglos) invitan a creer que hubo una primigenia cuyo paradero desconocemos. En el siglo XIV, el fraile Juan Gil de Zamora se hace eco de que varias reliquias, entre ellas un Lignum Crucis, llegaron desde Toledo huyendo de la invasión musulmana hasta un lugar a doce mil pasos de Trujillo, a poco más de dos leguas, lo que podría concordar con Santa Cruz de la Sierra.

En cualquier caso la iglesia, declarada bien de interés cultural y que es probablemente una superposición de construcciones sobre un templo originalmente visigodo -del que se conserva, por cierto, una columna con una cruz grabada a ambos lados- que fue mezquita después, merece sin duda una visita.

→ Con la iglesia hemos topado

Además de las ya mencionadas, otras dos iglesias de la comarca están declaradas monumento y curiosamente ambas advocadas a Santiago Apóstol: las de Garciaz y Miajadas. Esta última, en cuya construcción participó como en otras muchas en Extremadura el maestro de obras Pedro de Ybarra, está totalmente exenta y presenta por lo tanto cuatro entradas a su interior, en el que destaca especialmente la nave de cuatro tramos correspondiente a la obra original del siglo XVI. En cuanto a la de Garciaz es muy interesante el conjunto de azulejería talaverana de su interior, correspondiente a la etapa manierista de finales del siglo XVI y comienzos del XVII, momento en el que trabajaron en Talavera de la Reina maestros de prestigio como Juan Fernández.

→ El otro puente del Cardenal

Y para más cruces, estos sobre las aguas del río Almonte, uniendo los términos de Jaraicejo, al norte, y de Torrecillas de la Tiesa al sur, nos encontramos este magnífico puente medieval; su primera fase de construcción fue en 1440 por iniciativa del obispo de Plasencia Juan de Carvajal, a la postre cardenal en Roma, el mismo que hiciera levantar el otro puente homónimo hoy sumergido en las aguas del Tajo a su paso por Monfragüe. Años después, en 1493, los Reyes Católicos ordenaron una reparación con un presupuesto de 20 000 maravedíes a expensas del Concejo de la Mesta, debido al importante paso que suponía para el ganado trashumante. Y es que aquí convergen el camino real de Madrid a Lisboa y un ramal de la cañada real leonesa occidental, lo que posibilitó, por cierto, que siempre permaneciera exento de portazgo.

Probablemente, por este mismo puente cruzara el rey Fernando el Católico aquel mes de enero de 1516 en el que se dirigía desde Plasencia a Guadalupe para asistir a un capítulo de la Orden de Calatrava, cuando ante su mal estado de salud se vio obligado a desviarse hasta la casa de Santa María en Madrigalejo donde finalmente murió, no sin antes testar a favor de su nieto Carlos. Cuentan las malas lenguas que en su intento desesperado por tener un heredero con su segunda esposa, Germana de Foix, el rey aragonés abusó de un producto afrodisiaco llamado cantárida, extraído de un escarabajo verde de mismo nombre, conocido también como mosca española, lo que le pudo causar graves daños en la circulación sanguínea.

  AZUL PIEDRA - MIAJADAS TRUJILLO
 
 
COLECCIONABLE AZUL PIEDRA
 

LA PALETA DE COLORES DE MONFRAGÜE. Por Juan Varela

→ Ilustración y naturaleza

Hace 5000 años, pastores quizá, o cazadores que recorrían la sierra de las Corchuelas, dejaron constancia de su paso en las paredes de algunas cuevas: trazos esquemáticos representando seres humanos y animales. El óxido de hierro y el barro marcaron la roca hasta nuestros días. Y no cabe duda de que la sierra bravía, el Mons Fragorum de los romanos, con su densa vegetación y la variada fauna que la habitaba, debieron excitar la imaginación de aquellos primitivos artistas, como lo ha venido haciendo desde hace siglos y hasta la actualidad.

Rabilargos (Cyanopica cyanus)

La riqueza paisajística de Monfragüe y la reserva que lo incluye, debe tanto a su geología como a la cubierta vegetal que la viste. A lo largo del territorio se alternan llanuras, valles, lomas, solanas, umbrías, estrechas gargantas y portillas que proporcionan variedad de sustentos a la vegetación y hábitats para la fauna.

Salvo un desgraciado periodo durante el cual las consideraciones desarrollistas lo vieron como un mero terreno de producción maderera y de pasta de papel, la sierra ha sido admirable ejemplo de lo que se puede considerar un bosque mediterráneo: un hogar para multitud de especies animales residentes y lugar de acogida para invernantes del lejano norte. El agua, los ríos Tajo y Tiétar, es la otra riqueza natural de la sierra y la tercera fuente de color tras el pardo de la roca y el verde vegetal.

Elanio común (Elanus caeruleus) · Águila imperial ibérica (Aquila adalberti)

Desde el punto de vista de la plástica del paisaje, la reserva de la biosfera en su conjunto aumenta la oferta del propio parque nacional, al aportar las explotaciones corcheras de los alcornocales que cada 9 años ofrecen un nuevo resurgir del rojo bermellón de la madera descubierta. Las dehesas de encina, por su parte, son continuamente recorridas por los destellos de color de rabilargos, carracas, colirrojos y otras especies que, sea verano o invierno, animan el paisaje. La sierra es la parte bravía que el ser humano desistió de explotar, la que se desliza suavemente hacia terrenos más propicios para la agricultura y el establecimiento de poblaciones. El color también cambia. La temperatura media, la precipitación y el tipo de suelo mandan sobre la vegetación que puede establecerse. Más de un 65% del territorio es arbolado, más claro o ausente en las zonas altas donde afloran las cuarcitas, y denso en las umbrías que bordean los cauces fluviales. De esta masa forestal se ha ido eliminando el foráneo eucaliptal y el pino rodeno que tan poco bien trajo al suelo y al paisaje de la reserva, alterando su fisionomía al suplantar a la vegetación autóctona y dar lugar a procesos erosivos de los frágiles suelos serranos. La dehesa ocupa cerca del 58% del territorio.

El color de la arboleda da para un denso estudio de la plástica del paisaje. La percepción sensorial y el análisis de los diferentes matices y distribución del color que se obtiene de una visita al parque van más allá de la simple descripción ilustrativa. Las adustas variedades del verde de las encinas, alcornoques y otros perennifolios contrastan con la alternancia de verdes grisáceos y amarillos por los que transitan los robledales de las zonas más frescas o los tonos luminosos de sauces, alisos, fresnos, álamos y otros pobladores de los terrenos de ribera o aluviales.

Jara pringosa (Cistus ladanifer) · Cantueso (Lavandula stoechas)

“Recorrer con la mirada el color del paisaje no es solo un deleite para la vista, el color representa muchas cosas para el ojo entrenado”

El inicio de la estación cálida trae otro tipo de color más efímero: son los violetas, amarillos, blancos y rojos que aporta la floración de arbustos y anuales como los brezales, las jaras, el jaguarzo, las genistas y aulagas, la retama, el cantueso y otras aromáticas junto a las que florecen en los encharcamientos temporales como nenúfares o polígonos. A todo ello se unen los restos de lo que fue la flora ancestral, los madroños, durillos, lentiscos, cornicabras, o labiérnagos. Todo un gran catálogo no sólo botánico sino de tintes, tonos y matices para llenar la paleta de cualquier artista.

Recorrer con la mirada el color del paisaje no es solo un deleite para la vista, el color representa muchas cosas para el ojo entrenado. Nos habla del terreno, del clima, de la presencia de agua o es un preludio de la estación que se avecina. El verde oscuro y coriáceo de encinas y alcornoques es el color de la tierra ácida y de escasa humedad a la que han sido relegados por la poca fertilidad del suelo para los cultivos. Los verdes más claros y agrisados se corresponden con suelos ácidos pero más frescos y por ellos ascienden los quejigos, cuyas hojas comienzan a alertar del otoño adquiriendo muchas de ellas el amarillo que durará hasta la siguiente primavera. Con su madera se hacían toneles de duración casi eterna y mangos de herramientas.

Zorro común (Vulpes vulpes)

La presencia de agua próxima se traduce en verdes luminosos y más azulados, pero solo durante la estación cálida; con el frío desaparece la hoja de chopos, fresnos y alisos, aunque la de éstos mantendrá el lustroso verde hasta el último momento. El sauce sargatillo y el chopo animan las riberas con los tonos pálidos y plateados de sus hojas de envés aterciopelado, que desaparecen también con la llegada del frío, después de que la planta nos regale esa nieve de verano que son las pelusas de las flores. Donde la sauceda desaparece y entremezclando la vegetación ribereña, verdean los pinchudos tamujos, una especialidad del suroeste ibérico incluida en el catálogo de especies amenazadas, que tuvo muchas aplicaciones como tintórea o para la fabricación de escobones.

Allá donde la vegetación de mayor porte ha desaparecido o ha sido aclarada, es donde prosperan las jaras, matorrales de hoja verde oscuro y brillante o más sedosa y pálida, que con la llegada del calor se cuajan de flores, blancas, rosadas o amarillas, según sea una u otra de las distintas especies que habitan la reserva: jara pringosa, cervuna, jaguarzo, estepa, jarilla o lacayuela. Los incendios favorecen su aparición. Junto a ellas, y a veces formando largas alfombras, se levantan las cabezas azul violáceo del espliego y algunas escobas de retama deshojadas y adornadas de flores amarillo cadmio.

“La contemplación de la naturaleza produce un efecto sedante, desplazarnos por el medio natural supone recorrer un espacio cambiante que nos ofrece una infinita variedad de estímulos sensoriales, olores sonidos y colores”

Águila calzada (Aquila pennata)

La gama cromática va cambiando al desplazarnos por la reserva y a lo largo del año. También al tomar una posición más cercana apreciamos las diferencias de matices y la repentina aparición de delicados contrastes y diminutos brotes de color, como los que surgen en los brezales o en las zonas de umbría del encinar, allí donde la metálica cubierta del fruto de los durillos azulea en el otoño. También en esta época podremos encontrar color, el negro azabache de los frutos del labiérnago, rojo pardo del lentisco, el naranja de los madroños o el rojo brillante del escaramujo y el majuelo. Pequeños y grandes fragmentos de paisaje salen al paso de quien quiera dedicar un poco de atención a su entorno.

El color de la naturaleza cambia, con las estaciones, con el transcurso del día y con nuestra capacidad de percepción. La contemplación de la naturaleza produce un efecto sedante, desplazarnos por el medio natural supone recorrer un espacio cambiante que nos ofrece una infinita variedad de estímulos sensoriales, olores sonidos y colores. Cuando regresamos de un paseo por el campo las sensaciones permanecen, vinculamos todo ello a nuestros recuerdos. El olor y el color de la jara o el destello azul y la voz áspera de una carraca que surge de la arboleda.

La observación detenida de la naturaleza, incluso sin ánimo de captar su esencia por medios artísticos, comporta una relación más estrecha con el medio natural y un aprendizaje más directo que la extendida costumbre de fotografiar de forma maquinal cualquier cosa que nos llame la atención sin apenas dedicar un minuto a entender el motivo que nos ha atraído. Las fotografías que de forma rutinaria tomamos, pasan a engrosar nuestros hinchados archivos de imagen de donde es muy probable que jamás las rescatemos para una segunda mirada.

Toda esta extensa y variada cubierta vegetal permite la vida de innumerables especies animales que también aportan su dosis de color. Basta empezar con el nutrido grupo de los insectos donde obviamente destacan las mariposas: la llamativa macaón; la inconfundible arlequín, otra especialidad de la península ibérica, sureste de Francia y norte de África; la espléndida mariposa del madroño o cuatro colas, quizá una de las más bellas por la extraordinaria y laberíntica combinación de colores del envés de las alas, que alterna distintos matices de naranja, blanco, azul cobalto, pardo rojizo, amarillo, negro y verde. Y la más grande de Europa, el gran pavón nocturno de hasta 16 centímetros de envergadura y elegantes tonos grisáceos y pardos. Sólo podremos ver al adulto durante una semana, el tiempo que puede vivir sin alimentarse y realizar la puesta; es la fase de oruga la que disfruta de una vida más larga.

Alimoche (Neophron percnopterus)

El mundo acuático es rico en endemismos, bajo la lámina de agua platean el cachuelo, la colmilleja o el barbo comiza entre otros. Este último protagoniza una remontada del Tajo para desovar en la cabecera del arroyo donde nació.

“Toda esta extensa y variada cubierta vegetal permite la vida de innumerables especies animales que también aportan su dosis de color: carboneros y herrerillos, petirrojos, currucas, lavanderas, collalbas, verdecillos, picogordos, pinzones, oropéndolas...”

Las aves son, seguramente el atractivo mayor de la reserva, sin duda las dos especies de buitre, el águila imperial o la cigüeña negra atraen casi toda la atención de los visitantes, si exceptuamos al vistoso alimoche, el color vivo es privilegio de las pequeñas aves: carboneros y herrerillos, petirrojos, currucas, lavanderas, collalbas, verdecillos, picogordos, pinzones, oropéndolas, carracas, rabilargos, arrendajos, abubillas y el campeón de los colores, el abejaruco. Cada uno en su época del año, cubren casi toda la paleta de colores que pueda llevar consigo un artista. Sin olvidar a una pequeña rapaz tan hermosa como huidiza: el elanio azul. En las zonas encharcadas o en las riberas no faltan las acuáticas, desde invernantes zampullines y esbeltos martines pescadores a blanquísimas garcetas o enlutados cormoranes.

Abejarucos (Merops apiaster)

En un terreno tan amplio y con pocos enemigos naturales campa el zorro a sus anchas. Tampoco se sienten muy presionados en este sentido los mamíferos más grandes de la reserva, los venados y jabalíes. Las más elegantes libreas las visten dos especies de familias próximas: los tejones y los meloncillos. Estos últimos cargando con el inmerecido “sambenito” de perjudicar a la fauna o al ganado por el reciente aumento de su población.

“La reserva de la biosfera de Monfragüe es |LS|...|RS| un compendio de muchas cosas en la que el factor humano y el aprovechamiento de los recursos renovables juegan un papel importante”

Lo cierto es que no parece que sea más abundante que su pariente la gineta pero sí más visible y social, por lo que la presencia diurna de pequeños grupos los hace parecer más abundantes.

A los grandes vertebrados se suman pequeñas joyas del color como el lagarto ocelado, la lagartija colirroja o la salamandra y, por la parte de los ofidios, las culebras bastarda, de herradura y de escalera, anfibios como las ranas común y patilarga completan el panorama de las familias.

Buitre negro (Aegypius monachus)

La reserva de la biosfera de Monfragüe es sin duda un compendio de muchas cosas en la que el factor humano y el aprovechamiento de recursos renovables juegan un papel importante, pero, para un artista, recorrer sus paisajes y apreciar el color es otra forma de evaluar la calidad de vida. Recorrerlos de forma regular es una manera de registrar una visión dinámica de ese color y asociarlo a los ciclos de la naturaleza, a los cambios estacionales y diarios que son también parte de nuestro propio ciclo vital como habitantes de este planeta.

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