AZUL PIEDRA · TAJO SALOR ALMONTE: TRES RÍOS Y UNA VIDA

La comarca de Tajo Salor Almonte está llena de historia e historias, entre otras cosas porque la Vía de la Plata la parte por la mitad.

En Casar de Cáceres bien lo saben, y por eso tienen un albergue de peregrinos para que los intrépidos caminantes que hoy se atreven con este itinerario, además jacobeo, reposen sus cansados pies. También lo tienen claro en Monroy, donde se localiza el yacimiento de los Términos, una villa romana que merece mucho la pena visitar. Pero quizá sea Garrovillas la localidad que más estrechamente se vio afectada por la vía, pues cobró importancia al recibir a la población de la antigua Alconétar -y con ella sus fueros y territorios- destruida en las luchas entre musulmanes y cristianos, cuya ubicación original estaba asociada al puente y la torre homónimos que aseguraban el paso de la calzada por el Tajo. Después hablaremos de ellos.

Garrovillas de Alconétar tiene mucho más que lo quedó bajo las aguas embalsadas del Tajo: por ejemplo, su inmensa plaza porticada es una delicia y una auténtica sorpresa para quienes la ven por primera vez; en uno de sus extremos está el antiguo palacio de los condes de Alba de Aliste, hoy convertido en una de las flamantes Hospederías de Extremadura. También cuenta la localidad con dos magníficas iglesias, muestra de su pujanza, pero quizá su edificio más relevante sea el convento de San Antonio de Padua. Su bula fundacional fue otorgada en 1476 por el mismísimo Papa Alejandro VI (Borgia) y fue ocupado por la Orden Franciscana. Inicialmente era una construcción modesta que con el paso del tiempo se fue ampliando hasta convertirse en un gran edificio, en cuya construcción participaron maestros como Juan de Álava y Pedro de Ibarra en el siglo XVI. Por desgracia actualmente está en ruinas, de hecho figura en la lista roja de patrimonio en peligro a pesar de ser bien de interés cultural, pero sigue siendo muy interesante por su monumentalidad y ubicación en un alto a las afueras de la localidad.

→ La puente de Mantible

Así se titula una obra del insigne Calderón de la Barca, una comedia teatral que reinterpreta las fábulas carolingias, que a su vez versionaban el cantar de gesta francés del siglo XII la Chanson de Fierabras. Calderón hace suyos la rivalidad entre Guido y Fierabrás, cristiano y moro respectivamente; los amores entre Floripes, hermana de Fierabrás, y el propio Guido; la prisión de este último en una torre encantada junto al puente de Mantible, guardado por el gigante Galafre, su huida tras encarnizada lucha para pedir auxilio al emperador y la intervención de este en el puente donde derrota al ejército moro, captura a Fierabrás y permite la boda de Floripes y Guido.

Pues bien, la tradición sitúa Mantible en Alconétar, junto a la torre de Floripes que lo guardaba, la antigua ubicación del puente romano que hoy puede verse en la cola del embalse de Alcántara precisamente porque se desmontó y se llevó hasta allí cuando sus aguas anegaron la zona; la torre también puede verse generalmente sobre estas aguas, unas veces más y otras menos, según se encuentre el embalse de lleno. Pero en realidad no existió nunca el puente de Mantible -aunque un pequeño acueducto en Santiago de Compostela y un puente romano en ruinas sobre el Ebro muy cerca de Logroño se disputen también su genuinidad-, ni por supuesto Carlo Magno ni sus pares pasaron por aquí; ni siquiera Fierabrás existió, y mucho menos Floripes, sino que se trata sencillamente de un lugar legendario en el que se desarrolla una fábula, una ficción literaria. Probablemente quienes se encargaron de extender esta leyenda en esta zona fuera la Orden de Temple, de origen francés como el cantar de gesta de Fierabrás, quienes fueron señores de esta torre y su puente, paso estratégico del Tajo en la Vía de la Plata, durante más de un siglo.  

→ Las asunciones

En la comarca hay, curiosamente, tres iglesias de Nuestra Señora de la Asunción monumentales. Por cierto, dispuestas geográficamente en un triángulo rectángulo escaleno perfecto, a modo de cartabón, cuyo cateto más largo apenas mide diecisiete kilómetros y el más corto ocho, lo que demuestra que la elevación en cuerpo y alma de la Virgen María hasta los cielos es aquí un tema trascendente. Como todo el mundo sabe un triángulo rectángulo escaleno, por muy perfecto que sea, no tiene ni lados ni ángulos iguales, lo que bien podría aplicarse a estos tres templos e incluso a las tres localidades que los albergan, pues probablemente por esa cercanía han tenido tradicionalmente tantos puntos en común como encontrados. Se trata de las iglesias de Arroyo de la Luz y Casar de Cáceres, declaradas bien de interés cultural, y de Malpartida de Cáceres, que fue incoada en 1982 pero nunca más se supo del procedimiento, a pesar de que por fábrica y contenidos muebles reúne méritos.

Todas ellas son principalmente obras del siglo XVI, cuando el auge económico del Imperio, especialmente gracias a las tierras de ultramar, llegó hasta aquí, y se levantaron sobre templos anteriores de los que se conservan algunos elementos; la de Casar de Cáceres por ejemplo conserva el hastial -o piñón, ese tramo superior triangular del muro sobre el que dispone la cubierta- y en general es un edificio imponente. Su retablo es de los más interesantes que pueden verse en la provincia y también merecen atención en el exterior sus gárgolas, llamadas aquí popularmente bocarrúos. En cuanto a la de Arroyo de la Luz su retablo no le va a la zaga para nada, y quizá sea de hecho más conocido por sus veinte tablas con escenas de la vida de Jesús del pintor Luis de Morales, el Divino.

→ El lavadero de los Barruecos

Se trata de un magnífico ejemplo de la arquitectura industrial del siglo XVIII, un complejo con todo lo necesario para obtener y preparar la lana de los rebaños de ovejas trashumantes, que tras la primavera iniciaban su marcha hacia los pastos del norte: nave de esquileo y pesaje, sala de estiba, sala de calderas, rueda de lavado, molinos, huerta... Durante el siglo XIX, aquí llegaron a trabajar hasta cien operarios y se lavaban más de 80.000 arrobas de lana (o lo que es lo mismo, casi un millón de kilos) destinadas principalmente a las industrias textiles de la localidad portuguesa de Covilhã y también a los talleres de Béjar y Torrejoncillo; parte de la apreciada lana de las merinas incluso se exportaba hacia el norte del continente e Inglaterra a través del puerto de Lisboa. En la actualidad es visitable en su integridad, pues está en perfecto estado de conservación y profusamente interpretado, y alberga además una de las joyas de la corona de la provincia, el Museo Vostell Malpartida. Es una visita imprescindible.

 

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UNA RESERVA DE YACIMIENTOS MEDIEVALES - Por Sophie Gilotte

→ Periodo andalusí en la reserva de la biosfera de Monfragüe

El paisaje actual de la reserva de la biosfera nos invita a un formidable recorrido por el pasado, geológico o patrimonial, entre otros ejemplos. Si el pasado traspasa a través de sus improntas monumentales como son los edificios señoriales, religiosos u obras de ingeniería civil, se manifiesta también por otras huellas, tal vez menos ostensibles o accesibles, pero no menos fascinantes: los vestigios arqueológicos diseminados a menudo por las cimas de sus abruptas cadenas montañosas de cuarcita o en los escondites de sus umbríos valles. Se remontan a épocas tan remotas como la Prehistoria, con evidencias materiales en las cuevas de la Canaleja (T.M. Romangordo) o la Protohistoria, especialmente a través de conjuntos de artes rupestres documentados en el parque nacional de Monfragüe y fechados durante las etapas del Neolítico Final-Calcolítico y la Edad del Bronce.

Excavación en Majâdat al-Balât (Romangordo)

Siguiendo nuestro paseo, un salto temporal nos podría llevar hasta la Edad Media, etapa más cercana pero acerca de la cual el peso de las tradiciones populares y la relativa escasez de datos precisos han favorecido la transmisión de relatos de índole legendaria. Según ellos, abundarían los pasadizos secretos y los tesoros de oro escondidos, cuando la verdadera riqueza se encuentra entre las piedras mimetizadas con el entorno. El paso del tiempo y las intervenciones humanas, con sus lotes de destrucciones, expolios y reformas, no siempre los han respetado, dejando una pálida imagen de lo que fueron en su día. Prueba de ello son las pocas manifestaciones conocidas que remiten al periodo andalusí, cuando gran parte de la península ibérica, incluyendo este territorio concreto de Extremadura, se encontraba bajo dominio musulmán después de una conquista relámpago llevada a cabo por las tropas árabes y bereberes asentadas en África del Norte, a principios del siglo VIII. De estos cinco siglos, el propio corazón de la reserva alberga una pieza emblemática que le da su mismísimo nombre, o sea el castillo de Monfragüe, o al-Mofrag. Los restos de su recinto fortificado se alzan en el extremo de la sierra de las Corchuelas, dominando el impresionante paraje del Salto del Gitano, un estrecho paso abierto entre las crestas de cuarcitas, aguas abajo de la desembocadura del Tiétar en el Tajo. Lo que queda corresponde a distintos momentos constructivos dilatados en el tiempo, mientras que los recuerdos de su pasado islámico han de buscarse más bien a través de humildes testimonios trazados en la pared de un aljibe1. Su papel en la segunda mitad del siglo XII recuerda que no siempre fue un refugio de paz y de aves rapaces, sino un lugar de paso defendido por los hombres. Refleja las luchas, no solo militares sino políticas y diplomáticas, que libraron los distintos bandos que pretendían controlar estas tierras fronterizas. En pocas décadas, pasó de las manos de un caudillo inicialmente a las órdenes del rey de Portugal, a ser pertenencia de la Corona de León que disputaban Castilla y los almohades. Además, el castillo estuvo estrechamente vinculado con la implantación de las órdenes militares en la región, instituciones religiosas y militares tan características de las fronteras entre los reinos cristianos y musulmanes.

Castillo de Monfragüe y sierra de las Corchuelas (Torrejón el Rubio)

Tampoco deja de llamar la atención que al lado opuesto de Monfragüe, al otro extremo de esta amplia barrera natural que sigue al sur el cauce del río, se levante el castillo de Miravete. Solo unos 30 kilómetros a vuelo de pájaro separan estos dos castillos, que comparten unos orígenes bastante oscuros. Sin poder precisar las fechas de sus edificaciones, sabemos que debieron existir antes de estar en el foco de los intereses cristianos. Las primeras menciones al respecto no van más allá de la segunda mitad del XII, para el primero o el primer tercio del siglo XIII, para el segundo. El hecho de que ambos fueran incorporados mediante donaciones reales al alfoz de Plasencia, delata que entraban en los planes diseñados para afianzar la posición de esta ciudad recién fundada e incentivar la futura repoblación. A pesar de las incertidumbres que puedan persistir, no cabe duda de que estos enclaves erguidos en las cumbres participaron en la defensa de unos puntos estratégicos. Tampoco se puede descartar que desempeñaran una función semejante la pequeña estructura rectangular conocida como Castil de Oreja (en Higuera de Albalat), hoy perdida entre la frondosa cubierta vegetal de la sierra, encima de un meandro de la garganta de los Nogales.

Garganta de los Nogales y Castil de Oreja (Higuera de Albalat)

Pero mientras Monfragüe se beneficiaba de un control directo del río, la fortificación ubicada en la cumbre del pico de Miravete (838 m), mucho más alejada del cauce, custodiaba el puerto del mismo nombre donde pasaba una importante vía de comunicación, tal vez de origen antiguo. Antes de convertirse en unas ruinas pintorescas descritas por los viajeros, ahora reducidas a un tramo de torre semicircular volcado en la pendiente, tuvo que ver pasar a los viajantes, comerciantes y militares que pretendían alcanzar de forma rápida las penillanuras de Trujillo o el valle fluvial. Su posición le ofrecía un campo visual óptimo, clave en un puesto de vigilancia de retaguardia. En este sentido, es probable que sirviese de punto de apoyo para Albalat, un asentamiento localizado en el fondo del valle, hoy en el término municipal de Romangordo.

Sierra del Frontal y pico de Miravete (Casas de Miravete)

“... estructura rectangular conocida como Castil de Oreja (en Higuera de Albalat), hoy perdida entre la frondosa cubierta vegetal de la sierra, encima de un meandro de la garganta de los Nogales.”

Allí, las peculiares condiciones geológicas permitieron que el río, entonces encajonado, se abriese en un valle amplio y remansara sus aguas en un cauce ancho y poco profundo que se podía alcanzar y vadear con facilidad. La presencia de este vado (hoy debajo de las aguas del pantano de Torrejón), uno de los pocos en decenas de kilómetros alrededor, condicionó la Implantación de esta población fortificada, en la orilla del río Tajo. Albalat consiguió cierta fama en época medieval hasta el punto de que se le atribuyó, de forma un tanto inexacta como anacrónica también, un extenso territorio que llegaba hasta Medellín, en el Guadiana. Su nombre árabe, originalmente compuesto como Majâdat al-Balât (“el vado de la vía”) ha atravesado casi intacto los siglos para mantenerse como Albalat. Perduró también en las barcas utilizadas a lo largo de la Edad Media y durante la época moderna para cruzar el Tajo, así como en la denominación de la “Campana de Albalat”, mancomunidad de los pueblos de Romangordo, Higuera y Casas del Puerto formada en la Baja Edad Media. Al igual que para los sitios anteriormente citados, se desconoce la fecha exacta de la fundación de Albalat, pero sabemos gracias a las fuentes árabes que ya existía a mediados del siglo X, durante la época del Califato de Córdoba. Su situación cambió cuando la presión del avance cristiano convirtió el valle del río Tajo en una verdadera zona fronteriza antes de que finalizara el siglo XI. A partir de ese momento, Albalat se situó en primera línea de una frontera móvil e inestable hasta caer definitivamente, a mediados del siglo XII, ante los ataques de las milicias de Ávila y Salamanca. Lo dejaron yermo, pero el yacimiento se salvó del olvido gracias a su localización en tan importante zona de paso y por la relativa monumentalidad de sus restos. Las respuestas a las grandes encuestas llevadas a cabo en el país desde el siglo XVI, como la inacabada de Fernando Colón -quien no era nada menos que el hijo de Cristóbal Colón-, o la realizada algunos siglos después por Pascual Madoz, atestiguan pervivencia de esta memoria: “junto al Tajo está la heredad llamada Villa-vieja, que conserva trozos de muralla antigua y torreones”. Tal como lo describen estos textos, lo primero que se apreciaba, y aprecia todavía, son los lienzos de su muralla construidos con mampostería de pizarra y recrecidos con tapial en algunos tramos. Siguen los contornos de una pequeña plataforma fluvial, rodeada al oeste y norte por cursos de agua, al este por un barranco poco hondo y al sur por lo que fue la antigua carretera N-V. Con una planta trapezoidal irregular, encerraba una superficie de dos hectáreas y estaba flanqueada por torres que pudieron alcanzar unos 8 metros de alto para las más altas. Como las murallas de otros núcleos medievales de la región, las de Albalat delatan, a través de sus numerosas reformas y ampliaciones, la tensión de la guerra y la necesidad de protegerse detrás de una estructura fuerte y potente de los asedios, razias e incursiones militares que asolaron estas zonas. Por suerte, el conocimiento que tenemos de este enclave va más allá de simples observaciones y apuntes históricos. Un primer punto de inflexión ha sido la identificación de un cementerio, y luego de un arrabal y de un hammâm (baño público) ubicados fuera de la muralla, que motivaron el inicio de unas campañas de excavaciones sistemáticas. Los vestigios más destacables se encuentran enterrados debajo de estratos compactos de tierra en el interior del área amurallada, formando un denso entramado de edificaciones. Se reconocen fácilmente calles de distintas anchuras y alguna placeta cuidadosamente enlosada que delimitan grandes manzanas ocupadas, según los casos por dos, tres o cuatro edificios con muros medianeros.

“Las murallas de Albalat delatan, a través de sus numerosas reformas y ampliaciones, la tensión de la guerra y la necesidad de protegerse detrás de una estructura fuerte de los asedios, razias e incursiones”

Restos de torres en Majâdat al-Balât (Romangordo)

Las plantas de las casas son típicas de la cultura medieval andalusí, con sus entradas a menudo en codo para preservar la intimidad de sus ocupantes, que desembocan en amplios patios abiertos. En torno a estos se abren varias estancias, entre las cuales siempre está una cocina con su hogar en el suelo y un salón-dormitorio. Algunas de estas viviendas estuvieron provistas de letrinas, signo inequívoco de la preocupación por la higiene y el bienestar. Las diferencias detectables entre sus superficies, sus ajuares, el tratamiento de algunos elementos arquitectónicos o incluso el tipo de madera utilizada para sus techumbres apuntan, según los casos, a hogares más pudientes o más modestos.

Hay que entender que las peculiares condiciones del abandono de Albalat, ocurrido en un contexto bélico con destrucciones e incendios voluntarios, han permitido la conservación de un abundante material o, al menos, lo que había quedado después de los saqueos llevados a cabo por las tropas asaltantes a mediados del siglo XII. Además, numerosos restos orgánicos, normalmente perecederos, se han preservado por carbonización: listones de los tejados, fragmentos de tejidos, esterillas de fibra vegetal que recubrían los suelos de tierra apisonada, restos de tapadera de corcho, semillas, etc. Todos ellos nos cuentan que no se trataba de una fortificación exclusivamente militar sino que albergaba una población estable que se dedicaba a todo tipo de labores. El gremio de los herreros ocupaba un lugar destacado, con sus talleres metalúrgicos concentrados cerca del paramento interior de la muralla norte. En estas forjas reciclaban chatarras y reparaban herramientas de uso cotidiano, además de elaborar nuevos productos, entre los cuales las armas y los arreos debieron de tener un papel fundamental. Otra rama especializada tuvo que ser la de los orfebres, que practicaban el reciclaje del cobre y sus aleaciones, para fabricar colgantes y amuletos contra el mal ojo como lo demuestra el hallazgo de un molde de muy buena factura. La explotación del medioambiente pasaba lógicamente por la agricultura, con el cultivo de cereales, leguminosas y frutas, algunas de ellas procedentes de la colecta de los árboles silvestres como las castañas y las bellotas dulces. Parte de los recursos alimenticios procedían del río, donde se pescaban varias clases de pescados y almejas fluviales hoy desaparecidas. También se basaban en el manejo de una cabaña dominada por los ovicápridos y las aves de corral, lo que no impedía que una proporción notable de los animales consumidos se obtuvieran de la caza menor (perdices, conejos, liebres) y mayor (en especial los ciervos). Los desechos generados se aprovechaban para el trabajo de los huesos y de las cuernas, empleados en numerosos artefactos tan usuales como podían ser las empuñaduras de cuchillos, o en instrumentos imprescindibles para la tarea doméstica del hilado como las torres de ruecas y las fusaiolas. Finalmente, otros restos de este material tan humilde sirvieron para tallar unas fichas de ajedrez, ocio todavía asociado en aquella época con cierta élite. Estas, junto con los juegos de mesa tan populares de alquerques grabados en las losas de varios patios, ponen de manifiesto una vertiente lúdica de las ocupaciones diarias.

El conjunto de estos datos, presentados aquí muy brevemente, apuntan a un paisaje bastante parecido, aunque no similar, al que se puede contemplar en la reserva de la biosfera. Permiten tender puentes entre prácticas pasadas y actuales, valorar y apropiarse un pedazo del pasado.

 

AZUL PIEDRA · SIERRA DE MONTÁNCHEZ: EN TODO EL CORAZÓN

Sierra de Montánchez rebosa historia, pero de la buena: Tamusia, Turobriga, Ataecina, la Vía de la Plata, la Orden de Santiago… ¿Quién da más?

La comarca de Sierra de Montánchez es el corazón de Extremadura, no solo por su ubicación, hasta su forma nos remite a esta maravillosa víscera. Lo cierto es que se encuentra en todo el centro, tanto respecto a norte y sur como a este y oeste, y esto, claro está, ha condicionado el devenir de su historia. La vieja calzada romana de la Vía de la Plata la marca en buena medida, desde luego, pero cientos de años antes ya estaban allí quienes dejaron sillares grabados con el nombre de Ataecina o levantaron murallas en el Tamuja. De la vía quedan miliarios como el del Cartero, en un hueco del cual dejaba el funcionario la correspondencia del cercano cortijo de Santiago de Bencáliz; y numerosos puentes medievales a los que con más o menos credibilidad se les suele apellidar romanos, que nos hablan del trajín de gentes y ganados que por aquí ha habido siempre.

También es interesante el pasado religioso de la comarca, apreciable en la vieja ermita del Salor, en Torrequemada, de atractivo origen templario; o en los esgrafiados del convento de los Agustinos Recoletos de Valdefuentes y en los frescos de la ermita del Cristo del Amparo, en Benquerencia. Ah, y magníficas iglesias como la de San Salvador en Almoharín, que es bien de interés cultural, o la de San Miguel en Zarza de Montánchez.

Y después está lo etnológico, que da mucho de sí: las Corralás, un conjunto de construcciones tradicionales vinculadas al manejo y cría del ganado porcino, hechas con piedra seca en la dehesa boyal de Torrequemada, son bien de interés cultural. Y atención a los molinos; no hay que perderse el conjunto de Arroyomolinos y Montánchez, que también está protegido, y menos conocidos pero muy interesantes son el conjunto de la presa de Casillas y sus molinos, que comparten Valdefuentes y Benquerencia. Hala, que vengo de molé, morena.

→ Delfines en el Tamuja

El río Tamuja, que nace en la sierra de los Alijares entre Zarza de Montánchez y Robledillo de Trujillo, avanza abriéndose camino por el llano hasta encajarse en el mismo excavando profundos riberos en una secuencia infinita de curvas, recurvas y meandros, para acabar diluido en el río Almonte. En lo alto de una de estas recurvas, en el término municipal de Botija -aunque con su necrópolis en el de Plasenzuela- se encuentra Villasviejas del Tamuja, un castro fortificado que tradicionalmente se ha relacionado con la vieja ciudad de Tamusia y los vetones, aunque parece ser que en algún momento pasó a estar poblada por celtíberos. Se trata de uno de los yacimientos más representativos de la Edad del Hierro Pleno en la Alta Extremadura, ya que los arqueólogos han podido identificar su secuencia de creación, remodelación, pérdida de valor defensivo y finalmente abandono. Según parece durante el siglo IV a. C. existían varios sitios habitados en las orillas del río Tamuja y este fue el elegido para reforzarlo con muralla. Su principal motor económico debió ser la explotación de los yacimientos de plomo argentífero de la comarca, lo suficientemente importantes como para que les permitiera incluso labrar moneda de curso legal -ases concretamente, en los que pueden verse dos delfines enmarcando un rostro masculino- acuñados en el siglo II a.C y en los inicios del I a.C., grabados respectivamente con el nombre latino de Tamusiensi y céltico de Tnusia. Todo encaja.

→ La Renacida

La basílica visigoda de Santa Lucía del Trampal es una de las obras más relevantes de las construcciones altomedievales de la península ibérica, que sin embargo había pasado prácticamente desapercibida hasta que a finales del siglo pasado renacía gracias al matrimonio formado por Juan Rosco y Luisa Téllez. Probablemente este templo (datado en la segunda mitad del siglo VII d.C. aunque hay quienes le adjudican algún siglo menos de edad) pertenecería a un complejo monástico, ya que se han encontrado restos de otros edificios cercanos y una segunda iglesia, al igual que piezas arqueológicas de época prerromana y romana, por lo que se cree que fue construido a su vez sobre un lugar de culto anterior aprovechando los materiales, como queda constancia en numerosos sillares de sus muros donde pueden leerse inscripciones dedicadas a la diosa prerromana Ataecina, probablemente del siglo VI a.C. Estas inscripciones hacen referencia también a la mítica ciudad celtíbera de Turobriga, esa que muchos expertos defienden que aún no ha sido localizada, aunque los de Aroche, en Huelva, no opinan lo mismo.

En cuanto a Ataecina, la Renacida, era una de las diosas indígenas más importantes para pueblos de raíz céltica como vetones y túrdulos; tutelaba la regeneración de la vida, las aguas, la fecundidad y el inframundo. Una diosa madre ancestral, vaya. Todo parece indicar que el Trampal fue un espacio dedicado a su culto, un lugar de encuentro para los pueblos que habitaban Extremadura en la Edad del Hierro, de cuya devoción posteriormente se apropiarían los romanos asociándola a Proserpina.

→ El castillo de Montánchez

Su ubicación en un gigantesco afloramiento granítico, idóneo por su altura y la protección natural que ofrece, sumada a su situación estratégica entre Trujillo, Mérida y Cáceres, lo convirtió en un punto caliente en las luchas entre musulmanes y cristianos, pasando intermitentemente del dominio de unos a otros hasta ser definitivamente conquistado por Alfonso IX en 1230, quien lo donó a la Orden de Santiago. Aunque la edificación actual mantiene elementos como el aljibe, de su fase constructiva almohade en torno al siglo XII, lo que apreciamos se corresponde en gran parte con actuaciones durante los siglos siguientes ya bajo el dominio cristiano, especialmente de los santiaguistas.

Precisamente mediado el siglo XII fue arrebatado a los almohades, junto a las plazas fuertes de Trujillo, Santa Cruz, Monfragüe y la mismísima Cáceres, entre otras, por el temible caudillo de guerra portugués Geraldo Sempavor, no queda claro si en nombre propio o del rey Alfonso de Portugal, con quien después unió fuerzas para atacar Badajoz donde encontraron finalmente la derrota.

Ya a partir del siglo XVI, con la caída de las órdenes militares, deja de ser cabeza de encomienda para convertirse en prisión del Estado: aquí estuvo confinado Rodrigo Calderón de Aranda, militar y político español al servicio de Felipe III acusado de asesinato y brujería, ahí es nada, extremo este último que negó aún bajo tormento, lo que no impidió que fuera ajusticiado en la plaza Mayor de Madrid en 1621, ya con Felipe IV sentado en el trono. 

  AZUL PIEDRA - SIERRA DE MONTÁNCHEZ
 
 
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LA CONSTRUCCIÓN DE UN PAISAJE SIMBÓLICO - Por Hipólito Collado y José Julio García

→ Primeros pobladores de Monfragüe

Muy poco es lo que sabemos de las primitivas gentes que habitaron el territorio de Monfragüe durante la prehistoria. De los tiempos más remotos, posiblemente de las etapas conocidas como Paleolítico Inferior y Paleolítico Medio, se han encontrado algunas herramientas de piedra en las orillas del Tajo y del Tiétar. Eran grupos nómadas de cazadores recolectores que utilizaban los ríos, las antiguas autovías de la prehistoria, como inagotable fuente de aprovisionamiento, tanto de materias primas para fabricar sus útiles, como de recursos alimenticios, pues junto a estos cursos de agua no les faltarían oportunidades para cazar o pescar animales.

Figuras simbólicas. Abrigo de Las Medusas.Sierra de Santa Catalina (Serradilla)

Ninguna huella hemos encontrado, hasta la fecha, de los cazadores del Paleolítico Superior, a pesar de que su presencia está atestiguada en la provincia cacereña por medio de las pinturas y grabados de la cueva de Maltravieso en Cáceres, o de los grabados de osos, ciervos y caballos de la pequeña gruta de la Mina de Ibor en Castañar de Ibor. Quizás, las condiciones de habitabilidad en un periodo de fríos glaciares extremos no fueron las más adecuadas, aunque también es posible que no hayamos aprendido todavía a desvelar algunos de los secretos que aún se ocultan en sus montes.   

Con el final de las glaciaciones y un clima más benigno, la huella del hombre prehistórico vuelve a hacerse visible en el territorio de la reserva de la biosfera, esta vez bajo la forma de figuras pintadas o grabadas sobre las paredes. Se trata de pequeños grupos muy móviles, aún dependientes de la caza y la recolección, pero que empiezan a “domesticar” un territorio en el que los bosques, los vados que permiten atravesar los cursos de agua, los montes más elevados o los abrigos rocosos que les sirven de refugio ocasional o de apostadero de caza, además de constituirse en enclaves importantes en su devenir diario, empiezan a integrarse en sus relatos, en sus historias míticas contadas alrededor de un fuego donde se hablaba de grandes jornadas de caza, de los animales más peligrosos o de los mejores cazadores. Se construye de este modo una memoria colectiva donde los hitos de ese paisaje –las montañas, los ríos, las cuevas…– que sirven de escenario a estos relatos empiezan a conformar la idea de un territorio colectivo del que es necesario apropiarse, empleando para ello diferentes sistemas, entre los que destaca el arte rupestre. Aparecen así las primeras pinturas rupestres de la reserva, figuras de animales en las que aún se mantiene un cierto estilo naturalista heredado del arte paleolítico, en el que los grandes animales eran representados con todo lujo de detalles (seguro que a todos nos viene a la cabeza en este momento alguno de los magníficos bisontes del techo de Altamira). La cueva del castillo de Monfragüe (Torrejón el Rubio), es el lugar donde podemos observar el que, posiblemente, sea uno de los mejores ejemplos de esta fase antigua del arte rupestre de Monfragüe. Allí, en la parte más profunda y elevada de la cueva, sobre una superficie lisa y vertical, fue pintada una magnifica figura de ciervo. Está infrapuesta a representaciones humanas realizadas muchos siglos después, y presenta un gran cuerpo oval relleno de pigmento rojo sostenido por cuatro patas con una pequeña cola en la parte derecha, y al otro extremo un largo cuello curvado que remata en una pequeña cabeza adornada con una enorme cornamenta.

Con el Neolítico se producen cambios en todos los órdenes. Superar la exclusiva dependencia de la caza y la recolección (que en ningún momento llegó a abandonarse) gracias a la aparición de la agricultura y la ganadería, implicó un mayor grado de sedentarización y posiblemente un aumento demográfico. Con ello, la complejidad social aumenta, se multiplica la división de funciones y la especialización del trabajo, por lo que los grupos tendrán, no solo más capacidad para modificar su realidad inmediata, sino una mayor necesidad de controlarla. Intensifican de este modo su control sobre el territorio construyendo en él hitos artificiales, unas veces en forma de monumentos megalíticos, y la mayor parte de las veces a través de manifestaciones de arte rupestre, incrementando de este modo la simbolización del paisaje con el que reivindican la posesión de la tierra o el dominio sobre los recursos primarios. El paisaje natural se transforma en un paisaje cultural organizado mediante un tipo de arte rupestre, el conocido como ciclo esquemático, que muestra un estilo completamente nuevo respecto a las antiguas manifestaciones de los grupos cazadores-recolectores.

“La cueva del Castillo es posiblemente uno de los mejores ejemplos de la fase antigua del arte rupestre de Monfragüe”

Representaciones humanas, animales y simbólicas del arte esquemático de Monfragüe

Evidencias de megalitismo encontramos en las proximidades de la localidad de Serradilla, en la finca de Rodesnera del Poniente –cerro de la Atalaya–, donde se localizan dos túmulos o montículos artificiales que aún protegen en su interior sendos sepulcros megalíticos de cámara circular y corredor largo; otros dos dólmenes se conservan en el entorno de Malpartida de Plasencia, y un quinto, de ubicación más imprecisa, se ha documentado en el término de Torrejón el Rubio.

Aparte de los sepulcros dolménicos indicados, se ha localizado hace algunos años un conjunto de menhires, vocablo con el que se denomina a los grandes bloques monolíticos de piedra de forma alargada y más o menos cilíndrica, en ocasiones con aspecto fálico –posible vinculación con un culto a la fertilidad–, hincados verticalmente en el suelo, que pueden aparecer aislados, o formando parte de ciertas alineaciones o agrupaciones, como es el caso que ahora nos ocupa. Se trata de una concentración de tres ejemplares localizados en la finca de la Cerca, a poco más de 1 km de la localidad de Malpartida de Plasencia, realizados con esquisto pizarroso del substrato local. Más que alineados, parecen presentar una disposición triangular, estando decorados los dos menhires que marcan los vértices de la “base” del triángulo con grabados incisos con forma de zigzag. Se ha señalado que la disposición de tal formación, que se desarrolla en paralelo al discurrir del arroyo Grande y del actual camino de Malpartida a Plasencia/Coria, parece “apuntar” hacia los relieves serranos del parque de Monfragüe situados al sur, y en concreto hacia las dos rutas de tránsito que presiden el horizonte desde aquel punto: el paso que se abre en la sierra del Mingazo, y el que discurre a través del puerto de la Serrana. Ello nos sugiere que, desde un punto de vista funcional, estos hitos debieron actuar como elementos demarcadores de espacios en los que se desarrollaba la vida cotidiana, y de territorios y/o de recursos explotables, en los que los canales de tránsito y de relación entre grupos diferentes a través de las serranías debieron desempeñar un importante papel.

A todo lo anterior se une, además, que nos encontramos en el gran momento del arte rupestre en Monfragüe. Miles de símbolos son pintados sobre las paredes del más del centenar de abrigos que han sido documentados a lo largo de las sierras de Santa Catalina, Peñafalcón, Monfragüe, Corchuelas, Espejo, Piatones y Miravete. Son figuras fundamentalmente pintadas en rojo, conseguido al mezclar óxidos de hierro con aglutinantes vegetales (aceites, resinas, claras de huevo), y agua o algún otro tipo de componente líquido. En mucha menor proporción, encontramos figuras realizadas en color negro (óxidos de manganeso) o blanco (caolín, o calizas). Lo habitual es que en los motivos se emplearan un único color. Sin embargo, excepcionalmente, encontramos figuras en las que se combinan dos o tres tipos de pigmentos, como podemos observar en varios de los paneles del abrigo del Espolón, en el entorno del arroyo Barbaón, dentro del término municipal de Serradilla.

En no pocas ocasiones los pigmentos eran aplicados con el dedo, consiguiendo de este modo un trazo de bordes regulares y un grosor aproximado de un centímetro, aunque también se usaron pequeños pinceles de pelo de animal, fibras vegetales o plumas de ave, tampones hechos con pieles o simplemente pequeñas ramas o fragmentos de madera con uno de sus extremos aguzado o ligeramente aplastado.

“El hombre prehistórico desarrolló a lo largo de más de tres mil años un universo figurativo amplísimo, aunque condensado básicamente en tres tipos de figuras: las representaciones humanas, las figuras animales y los motivos esquemáticos”

Con estos medios, el hombre prehistórico desarrolló a lo largo de más de tres mil años un universo figurativo amplísimo, aunque condensado básicamente en tres tipos de figuras: las representaciones humanas, las figuras animales y los motivos esquemáticos.

Las primeras, adquieren un especial protagonismo respecto a las representaciones de animales, mucho menos numerosas en el imaginario esquemático. Se trata de figuras humanas cuya estructura corporal queda reducida a los elementos básicos que permiten reconocer a cualquier ser humano: la cabeza, el cuerpo, los brazos y las piernas. Aparecen casi siempre estáticas, en posición frontal, mirando hacia el espectador. La variedad viene impuesta fundamentalmente por la propia morfología de las cabezas, que varían desde una simple forma circular (rellena o no de pigmento), un pequeño trazo vertical o una línea curvada, y también por la forma de colocar los brazos y las piernas (rectos, en ángulo, hacia arriba, hacia abajo, cerrados en círculo, formado un zigzag, etc.). Estos motivos antropomorfos se complementan a veces con otros detalles anatómicos, como la representación de manos, pies y dedos o la indicación sexual, o con detalles etnográficos en forma de tocados, armas, herramientas, ropajes o adornos corporales.

Los animales esquemáticos por regla general han perdido todo atisbo del naturalismo con el que eran representados en épocas precedentes, y en la mayor parte de las ocasiones su morfología se limita a una figura conocida en el argot como pectiniforme, formada por un trazo en horizontal para representar el cuerpo, del que parten hacia la zona inferior varios trazos en vertical (cuatro por lo general), con los que se configuran las patas. En ocasiones el trazo horizontal se prolonga por uno o ambos extremos para indicar, respectivamente, la cola o la cabeza, en donde algunas ocasiones se detallan orejas o cornamentas.

Finalmente, el gran protagonista de este universo iconográfico del arte rupestre esquemático lo constituye un amplísimo número de signos, desde los más simples, como los puntos, las digitaciones o los simples trazos colocados en las posiciones más diversas, a otros motivos morfológicamente más complejos, como los ramiformes, los círculos, las figuras angulares, los tectiformes o estructuras –casi siempre motivos rectangulares compartimentados al interior–, los trazos ondulados, los esquemas en zigzag, las retículas o las figuras con forma de sol, al margen de un amplio número de representaciones indeterminadas cuya forma escapa a cualquier paralelo con figuras o formas geométricas definibles en la actualidad.

“Unos enclaves que responden al objetivo de simbolizar los recursos de un territorio y ejercer el control efectivo sobre los mismos. Un sistema de comunicación pictográfico comprensible por todos los que transitaron por el territorio”

Todo este mundo simbólico está irremediablemente asociado a esos pequeños “museos al aire libre” que son los lugares (abrigos, covachos, grandes paredones ligeramente inclinados, grietas, pequeños huecos, etc.) donde el hombre pintó o grabó estas figuras. Una selección de enclaves que en absoluto debe considerarse como algo aleatorio, sino que responde a una acción claramente premeditada cuyo objetivo fue, como ya hemos referido con anterioridad, simbolizar los recursos de un territorio para ejercer un control efectivo sobre los mismos, desarrollando de este modo una suerte de primitivo sistema de comunicación pictográfico comprensible por todos y cada una de las gentes que en su día transitaron por este territorio.

La consolidación de la Edad del Cobre y la posterior Edad del Bronce, discurre en paralelo a un progresivo incremento demográfico que obliga a acentuar el control sobre los recursos. Ello conlleva la implantación en el área de la reserva de un modelo poblacional en el que prima el carácter estratégico de los asentamientos. Se tiende a ocupar zonas abruptas y de mayor altitud, vinculadas al control de recursos en terrenos desfavorables para la agricultura, aunque con buenos condicionantes para el aprovechamiento forestal y ganadero; pero sobre todo al control de puntos estratégicos –las zonas de vado, los collados, etc.–, para el dominio de las rutas de intercambio comercial y ganadero. Rutas que, de norte a sur y viceversa, atraviesan la parte central de la penillanura trujillano-cacereña, y que se topan a medio camino con las cuencas del Tajo, Almonte y Tiétar, y con las elevaciones que de este a oeste constituyen la columna vertebral del parque nacional. Los portillos naturales como los del Salto del Gitano, el Salto del Corzo, el puerto de la Serrana, el portillo de Calzones o la garganta de Serradilla se configuran como magníficos accesos naturales que permiten cruzar este territorio. Posteriormente serán los cursos de los pequeños afluentes como los arroyos Malvecino, Barbaón o Calzones los que canalizarán hacia las tierras del norte todo el tránsito que discurriría por estos pasos naturales. En todos los casos, tanto las portillas como los pequeños cauces aparecen dominados por poblados de altura –castillo de Monfragüe, Peña Falcón o puerto de la Serrana–, y, vinculados con los mismos, las pinturas rupestres cuyo mensaje, a veces renovado con nuevas figuras, sigue vigente en todos estos periodos.

Lo mismo que la dehesa, Monfragüe ha sido un territorio configurado por el ser humano a lo largo de la historia. Un paisaje habitado, domesticado y simbolizado en el que hombre y naturaleza han convivido en un profundo respeto. Hoy en día, solo alcanzamos a atisbar parte de esa íntima relación. Seguir profundizando en su conocimiento será tarea de nosotros, los investigadores; pero continuar preservando este espacio, donde la cultura se funde con la naturaleza, será tarea de todos.

AZUL PIEDRA · RESERVA DE LA BIOSFERA TAJO INTERNACIONAL: TIEMPO INMEMORIAL

En la vieja frontera del Tajo parece que el tiempo se ha detenido, y con él la piedra, que perdura e impresiona.

Dolmen el Mellizo (Valencia de Alcántara)

En los periodos Neolítico y Calcolítico, hace entre cuatro y cinco mil años, se desarrolló el fenómeno megalítico, literalmente el fenómeno de las grandes piedras, que cuando aparecen de forma aislada se consideran menhires y si lo hacen en conjuntos dan lugar a sus monumentos más conocidos: los dólmenes. El territorio de la reserva de la biosfera de Tajo Internacional, a uno y otro lado de la frontera, no solo no fue ajeno al megalitismo, sino que alberga uno de los conjuntos europeos más importantes de este periodo; solo el término de Valencia de Alcántara cuenta con cuarenta y un dólmenes catalogados, estimándose que han desaparecido al menos catorce. Son además los que presentan el mejor estado de conservación gracias a que la mayoría es de granito, más consistente que la pizarra presente en los otros municipios con dólmenes como Herrera de Alcántara, Cedillo, Alcántara -aquí se puede visitar también el imponente menhir del Cabezo- y Santiago de Alcántara, donde además existe un centro de interpretación de la Cultura Megalítica; como dato curioso, durante las excavaciones en el dolmen Lagunita III de esta última localidad se encontró un recipiente con fermento de cebada, lo que parece indicar que ya fabricaban y consumían cerveza. Tomaran cañas o no, lo cierto es que los dólmenes son una visita que nunca falla; solo imaginar cómo esas gentes movían tales piedras y con qué finalidad lo hacían, sigue fascinando por igual a mayores y pequeños.

→ El puente de Alcántara

Así, tal cual, se titula la famosa y muy recomendable novela de Frank Baer, que recrea las vicisitudes de la península ibérica del siglo XI, con nuestro puente imperecedero como escenario de su desenlace final. Y es que el puente de Alcántara es sin duda uno de los monumentos más espectaculares de cuantos nos dejó la civilización romana: seis arcos, el mayor de 28,8 m de luz, sostenidos sobre cinco enormes pilares que se elevan majestuosos para sortear el río Tajo, facilitando el paso de una de las principales vías de comunicación de la época en la península, la calzada de Corduba (Córdoba) a Portus Cale (Oporto). En el centro de su estructura se erige un gran arco del triunfo, con una inscripción en la que puede leerse que el puente se erigió en honor al emperador de origen hispano Trajano, datándolo entre los años 103 y 104 d.C. En el templete, también romano, en una de las entradas del puente puede leerse otra inscripción que, tras aludir de nuevo al césar y a los dioses romuleos, viene a decir “…quizá la curiosidad de los viajeros, cuyo cuidado es saber cosas nuevas, se pregunten quién lo hizo y con qué intención. El puente, destinado a durar por siempre en los siglos del mundo, lo hizo Lacer, famoso por su divino arte…”. Cayo Julio Lacer, su autor, no exageraba, el puente perdura y es uno de los lugares más impresionantes que los viajeros puedan visitar.

→ Conjuntos históricos

Brozas fue desde el siglo XIII sede de la encomienda mayor de la Orden de Alcántara, por lo que su trama urbana es claramente medieval ya que las calles se generan radialmente a partir del centro, donde se encuentra la iglesia parroquial de Santa María la Mayor de la Asunción. Junto a ésta, el palacio o castillo de la Encomienda, edificio monumental de la localidad, y repartidas por el núcleo urbano otra iglesia parroquial, ermitas, conventos, el antiguo hospital de Santiago e imponentes casas solariegas como la de los Bravo, Argüello, Flores, Condes de Canilleros.... algunas como las de los Tejada o los Gutiérrez Flores con balcones de esquina, un interesante elemento tradicional de la arquitectura cacereña del siglo XVI.

En cuanto a Valencia de Alcántara, su vinculación con la Orden es tan evidente que la lleva de apellido. Entre sus muchos atractivos patrimoniales está la monumental iglesia de Rocamador, y aneja a ella el castillo fortaleza con su imponente torre del homenaje, desde donde se obtienen unas magníficas vistas de la localidad. Pero lo más peculiar de este conjunto histórico es su barrio Gótico Judío -emparentado con el de la cercana ciudad portuguesa de Castelo de Vide, donde muchos de sus pobladores se asentaron tras su expulsión-, un total de 19 calles largas y estrechas de trazado irregular típicamente medieval, en cuyas casas se conservan 266 portadas exteriores de estilo ojival y adintelado, que se completa con la restaurada sinagoga. Una auténtica sorpresa para cualquiera que visite este lugar tan lleno de historia como insuficientemente conocido.

Por su parte, Alcántara tiene una notable arquitectura señorial, con numerosas casas solariegas y palacios con portadas y blasones como los de los Barco, Bernardo de Aldana, Bootello, Arias de Quintanadueñas, Pereros, Barrantes Maldonado...  En cuanto a la religiosa, lo más impresionante es el conventual de San Benito, del siglo XVI, uno de los conjuntos más representativos del renacimiento extremeño, cuya conocida galería de Carlos V compone el marco en el que se desarrolla el Festival de Teatro Clásico de Alcántara. También impone la iglesia arciprestal de Ntra. Sra. de Almocóvar, del siglo XIII, levantada sobre la antigua mezquita de la localidad y de cuyo templo original románico se conservan las tres portadas. La iglesia de San Pedro de Alcántara, erigida en honor del santo alcantarino patrono de Extremadura, y los conventos de Sancti Spiritus y de San Bartolomé, actualmente Hospedería de Extremadura, completan el conjunto.

La Conceja

Esta magnífica fuente es una muestra única de arquitectura funcional popular, cuyo nombre alude a la congregación comunitaria vecinal, o concejo, que formaban los habitantes de Zarza la Mayor, entonces La Zarza a secas. Se trata realmente de un pozo hecho a base de sillares graníticos de talla regular, con una profundidad aproximada de siete metros, construido probablemente en el primer cuarto del siglo XIV. Sobre él se dispone un amplio brocal, también de granito y de planta rectangular, en cuyos frentes se suceden arcos apuntados y de medio punto, ya que la fuente estaba techada con grandes láminas del mismo material que desaparecieron con el paso del tiempo; por su monumentalidad debió hacerse sobre el principal acuífero de la localidad. Aunque a mediados del siglo XVII fue parcialmente reconstruida por alarifes llegados expresamente de Portugal, lo cierto es que la fuente y su entorno sufrieron un proceso de degradación importante que afortunadamente se ha revertido y hoy componen la imagen más significativa de la localidad.

  AZUL PIEDRA - RESERVA DE LA BIOSFERA DEL TAJO INTERNACIONAL
 
 
COLECCIONABLE AZUL PIEDRA
 

¡AGUA! Por Agustín Gallardo

→ Reserva de la biosfera de Monfragüe: hidrosfera.

La primera vez que visité Monfragüe fue en bicicleta. Correría el año 1986 u 87, no recuerdo bien, y al no ser yo mayor de edad, ni mucho menos de bolsillo lleno, aún no disponía de otro medio de locomoción autónomo que los pedales de mi Peugeot; una de carreras como decíamos entonces -y creo que se sigue diciendo- ante la recientísima aparición en Extremadura por aquellas fechas de las bicicletas de montaña. Todavía la monto a veces cuando acudo a Portugal, pues cuando me fui a Valencia a estudiar Bellas Artes acabé por vendérsela a mi cuñado para comprarme unas botas de montaña y un objetivo para la réflex que me prestaba mi hermana mayor, y él la conserva aún, algo tuneada, en la casa que compartimos en el país vecino.

Recuerdo aquel viaje con emoción; junto a tres amigos nos lanzábamos a la aventura de recorrer los nada desdeñables 71 kilómetros que separaban nuestra ciudad, Cáceres, de Villarreal de San Carlos por aquellas carreteras que no eran ni por asomo las que son hoy. Alguno de mis compañeros ya conocía el entonces parque natural pero para mí, como ya he dicho, era la primera vez, y es francamente difícil describir la impresión que me causó encontrarme frente a frente con la feroz mole de Peña Falcón, bien es verdad que algo asfixiado tras superar la subida del ribero del arroyo de la Vid, primer contacto con la red hídrica de la reserva. Yo ya conocía bien otros paisajes extremeños, como la sierra de San Pedro, el valle del Jerte o La Vera; o las grandes llanuras de regadío de las vegas del Guadiana, donde me crie de alguna forma pues de allí es oriunda mi familia, la paterna y la materna, pero nunca había visto un farallón cuarcítico de tamaña envergadura elevándose sobre las calmadas aguas del Tajo, que no sabía embalsado todavía, y menos aún rodeado por doquier de siluetas de buitres sobrevolándolo.

Y no fue menos el impacto al continuar camino de Villarreal y encontrarme apenas a la vuelta con la exuberante umbría del castillo, por la que avanzamos absortos paralelos al cauce del gran río, entre quejigos, enebros y brezos arbóreos, hasta llegar a la fuente del Francés, donde suelo seguir parando para refrescarme cuando paso por allí y llevo algo de tiempo. Por aquel entonces dormíamos en los chozos de Villarreal -pocos aún eran los visitantes y nadie tenía problemas en que así fuera- que no estaban tan aparentes como hoy, claro, y con apenas unos tablones claveteados como puerta, pero que para nosotros acostumbrados ya a dormir en cualquier claro, portal de una ermita o borde de un camino parecían bungalós, si es que conocíamos ya esa palabra.

Comienzo hablando de este viaje, apenas un fin de semana por cierto, a propósito del tema del agua. Y me explico: recuerdo que aquel día al aproximarnos a Villarreal nos encontramos con algunas máquinas y obras que, según supieron contarnos después, y no creo equivocarme en el recuerdo, resultaron ser las propias de conducir el agua corriente a la localidad, pues hasta la fecha los escasísimos habitantes de la misma tenían que ir hasta las fuentes más cercanas, como la del Francés que antes mencionaba, para disponer de agua para beber. Tal era la situación aún por aquellos parajes a pesar de haber sido ya declarados parque natural algunos años atrás, en 1979 concretamente; ¡qué lejos queda todo aquello ahora!

En cualquier caso tenía algo de emocionante el hecho de que fuera parque natural, mi primer parque natural hasta aquel momento, al menos visitándolo por mí mismo. Y era emocionante porque ya teníamos a pesar de nuestra juventud cierta conciencia ecológica, y eso nos llevaba a tener la percepción de estar ante algo especial, en un lugar casi legendario. Ya sabíamos nosotros algo de pájaros –había hecho yo por aquel entonces mis primeros pinitos dibujando fauna en alguna publicación amateur- y de hecho íbamos a Monfragüe con toda la intención del mundo para verlos. Y buscábamos insistentemente a la cigüeña negra, al búho real y especialmente al águila imperial, desestimando con cierto desdén una a una la infinidad de siluetas de buitres negros y leonados que encontrábamos a nuestro paso. Ocurría entonces que ya se veían visitantes foráneos aficionados a las aves -más que nacionales, desde luego- cargados con unas ópticas que nos parecían imponentes; y nosotros nos aprendimos la curiosa técnica de localizar algunos nidos con unos pobres prismáticos que teníamos para todos y hacernos los interesantes hasta que alguno nos preguntaba qué mirábamos, y con nuestro inglés chapurreado, intercalado con los nombres científicos de las especies, le contábamos la película. Finalmente la forma más fácil de localizarle el nido o el ejemplar era usar su telescopio, lo que nos resultaba excitante en grado sumo.

“Buscábamos insistentemente a la cigüeña negra, al búho real y especialmente al águila imperial”

En ese mismo viaje, al día siguiente, tuvimos la feliz idea de dejar nuestras bicicletas en Villarreal y recorrer a pie los casi once kilómetros que la separan de la Portilla del Tiétar, con un sol de justicia pues era junio, y cosas de la edad sin agua ni recipiente alguno para transportarla. Al poco de salir echamos un trago en la fuente de los Tres Caños y desde allí no volvimos a probarla hasta que regresamos al mismo lugar; bueno, creo que chupamos un muro de contención de la presa del embalse de los Saltos de Torrejón sobre el Tiétar por el que se filtraba algo de agua, nada más pasar la Tajadilla. Al regreso al oasis que es la fuente de los Tres Caños recuerdo la sensación de olerla desde bien lejos, como esos elefantes del desierto en los documentales, con la boca seca de tanto andar y de inhalar los aromas de las hierbas serranas, corriendo los últimos metros al grito de “¡Agua!”.

Poco podía imaginar yo en aquella época, con lo que me imponía la figura del parque natural, después ampliado y convertido en reserva de la biosfera y en parque nacional, que acabaría trabajando en numerosos proyectos en este territorio. Especialmente guardo un gran recuerdo de los años en que participé en la elaboración de la imagen de la FIO, entre el 2013 y el 2016, lo que me dio la oportunidad de aportar algo de historia sobre el arte de naturaleza y de trabajar con autores admirados como Juan Varela o el tristemente desparecido Antonio Ojea. Una feria con la que ni podíamos soñar hace pocas décadas y que ha llegado sin embargo a convertirse en un referente del sector gracias al esfuerzo y la dedicación de mucha gente a la que merece la pena reconocer aquí.

“Especialmente guardo un gran recuerdo de los años en que participé en la elaboración de la imagen de la FIO, entre el 2013 y 2016”

Pero han sido –y son y serán, espero- muchos otros los proyectos desarrollados, especialmente relacionados con la documentación, prospección y señalización de caminos, rutas y recursos, pero también con la edición de material divulgativo, lo que me ha llevado a tener un conocimiento probablemente privilegiado del amplísimo territorio de la reserva de la biosfera de Monfragüe. Y es mucha el agua que beber. Si bien es verdad que ya he hablado a través de mis núbiles anécdotas de lugares emblemáticos relacionados con el agua, como las fuentes del parque y los propios cauces del Tajo y el Tiétar que vertebran y modelan esta franja de tierra cacereña, hay mucho más que contar. Este último río aporta al territorio no solo referentes puntos de observación de fauna como la Portilla o la Tajadilla, sino que más hacia el norte nutre magníficas áreas de regadío donde el maíz, el pimentón y el tabaco ganan terreno al mar de dehesas circundante en los términos municipales de Toril, Casatejada y Malpartida de Plasencia; ver las grullas en la finca de Haza de la Concepción durante la invernada, por ejemplo, desparramadas entre unos y otros usos de la tierra no tiene cotejo. 

Pero las sorpresas siguen apareciendo a pesar de todo: no hará ni un año, inventariando una actuación de señalización en la ruta de la sierra de la Breña, en Deleitosa, en concreto una variante nueva que recorre el arroyo del Venero que como su nombre indica mana hasta en el más cálido de los estíos, descubrí asombrado en sus orillas los alisos más gruesos, que no más altos, que jamás haya visto. Personalmente estoy convencido de que al menos uno de ellos reúne todos los requisitos para ser catalogado como árbol singular, queda dicho, y en cualquier caso invito a quien quiera sorprenderse a que visite este paraje que ofrece mucho más. Por cierto que sería el primer aliso declarado singular de las muchas variedades de especies arbóreas de nuestro catálogo.

Y hay mucho más, claro. Años atrás, estudiando la viabilidad de señalizar la Ruta de los Ingleses en Romangordo descubrí la garganta de la Canaleja, un recóndito y fragoso paraje a los pies de la sierra de las Navas donde viejos molinos arrumbados por el tiempo y la vegetación ribereña de almeces, sauces, alisos y trepadoras, acompañan a sus cantarinas aguas hasta la fuente homónima y la Pontezuela, pasando después cerca de la localidad hasta rendir sus aguas al Tajo junto al yacimiento de Majâdat Albalat, conformando uno de los paisajes más sugerentes de toda la reserva; esas mismas aguas darían de beber hace mil años a los pobladores de aquella antigua ciudad musulmana.

Pero si un sitio me impactó fue sin duda la garganta de los Nogales, en Higuera de Albalat, curiosamente relacionada también con una antigua fortificación del periodo andalusí conocida como Castil de Oreja. La primera vez que la visité fue a propósito de unas rutas geológicas que estábamos trazando y señalizando en la reserva, pues allí se encuentra la mina de la Norteña donde hasta no hace mucho se extraía galena, plomo, zinc y, en menor medida, plata. Después tuve la oportunidad de recorrerla entera siguiendo el viejo canal de la Luminosa, un antiguo molino reconvertido en fábrica eléctrica durante algunas décadas, que a medida que gana altura ofrece una perspectiva de la garganta y su entorno sencillamente espectacular, aunque debe andarse con ojo uno por aquellos abruptos parajes para evitar percances.

“Pero si un sitio me impactó fue sin duda la garganta de los Nogales, en Higuera de Albalat |LS|...|RS|. La primera vez que la visité fue a propósito de unas rutas geológicas que estábamos trazando y señalizando en la reserva”

Agua, y mucha, tiene también el embalse de Arrocampo, en Saucedilla, buena parte equipada hoy como parque ornitológico con una amplia red de recorridos y observatorios. Sus cálidas aguas y la estabilidad de su nivel han permitido a numerosas especies poco comunes en estas tierras buscar refugio entre su vegetación palustre; allí vi por primera vez un calamón y es fácil encontrarse con especies como bigotudos, pájaro moscón, avetorillo, rascón, garcilla cangrejera, águila pescadora… La sinfonía de sus orillas, entre reclamos, chapoteos y rencillas es impactante. 

Otra anécdota curiosa me pasó en la garganta del Fraile, en Serradilla. Andaba yo revisando una señalización de la ruta homónima y estando junto a la fantástica chorrera con la que la garganta supera la dura cuarcita de la portilla tuve un encuentro inesperado con los amigos de Libre Producciones, que andaban grabando para su conocido programa El Lince con Botas a un personaje local que practicaba la arqueología experimental, José María creo que se llamaba, y que me dio la oportunidad de asistir en directo y de forma imprevista al proceso de crear fuego con un arco de cuerda, un par de piezas de madera y algo de yesca. La tarde llegaba a su fin, era fresca y estaba nublado, así es que la operación le costó algo más de lo previsto; pero finalmente lo consiguió mientras era grabado y junto al espectacular entorno de la chorrera saltando entre el cantil cuarcítico, la buena conversación y un par de naranjas que me comí después de un huerto cercano lograron componer un momento irrepetible.  

Podría seguir contando muchas más cosas, como el pasmo de encontrarme con el embalse de la rivera del Castaño y la umbría del Barbechoso, entre los términos de Casas de Millán y Mirabel, y comprobar que lo de llamarse del Castaño no está justificado pues debería ser de los Castaños por los muchos que hay. O las vistas que ofrece el cerro Tejonera, en Serrejón, de la sinuosa masa de agua del Tajo y el skyline de las sierras de Monfragüe, las Corchuelas y el Espejo, espinazo del parque nacional. O las numerosas fuentes que sazonan la reserva, como las de Casas de Miravete a lo largo del camino de la Piñuela, las de Jaraicejo en las laderas de sus rañas o en el collado de los Castaños, cuyo nombre por cierto también está justificado, o las exactamente treintaitrés de la dehesa boyal el Robledo de Malpartida de Plasencia. Pero no cabe mucho más y creo que por otro lado es suficiente para que el lector se componga una idea aproximada de los recursos hídricos de la reserva de la biosfera de Monfragüe, que no son pocos. Y si no me creen vengan a visitarla, seguro que descubren muchos más.

 

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