AZUL PIEDRA · VALLE DEL ALAGÓN: DE MURALLAS Y PUERTAS

El río Alagón riega las fértiles vegas vigiladas por las viejas fortificaciones de Galisteo, Coria y Marmionda. Abrimos sus puertas.

El río Alagón nace en las inmediaciones del pico Ladrón, en Salamanca, y a medida que se acerca a la provincia de Cáceres y recoge las aguas de las Batuecas y Peña de Francia, va aumentando de caudal hasta cambiar de comunidad autónoma, cuando las de los ríos Ladrillar, Hurdano y los Ángeles le ofrecen el aporte definitivo que a la postre originó la idea de embalsarlo aguas abajo. A partir de la presa de Valdeobispo el río recupera más o menos su cauce, que se ve de nuevo impulsado por las aguas del poderoso Jerte, conformando una de las vegas de regadío más fértiles de Extremadura, que se extiende hasta más allá de la ciudad de Coria abriéndose paso después entra las dehesas y los feroces canchos de Ramiro, para ir a morir finalmente al padre Tajo; es lo que conocemos como Valle del Alagón.

Es precisamente esta Coria su capital administrativa, la vieja Caura de los vetones, aquellos pueblos de filiación celta de quienes se dice que la tenían ya por capital antes de la romanización. Después de esta, los romanos formaron una unidad del ejército imperial con estos vetones, el Ala Hispanorum Vettonum, que han dejado testimonios arqueológicos y epigráficos que demuestran su presencia en la conquista de las islas británicas: concretamente en una tumba en el actual museo de la ciudad inglesa de Bath, una inscripción alude a un hispano allí enterrado de la tribu de Caurium, el nombre con el que Roma identificaba a Coria. Eran bravos estos vetones.

Coria goza de un imponente patrimonio, pues además de su relevante pasado romano es sede episcopal desde las dinastías visigodas; salvando el periodo musulmán, claro. Aparte de su declaración como conjunto histórico, la catedral de la Asunción, la ermita de la Virgen de Argeme, el castillo y el propio recinto amurallado son bienes de interés cultural; este último de origen romano y añadidos árabes y medievales, se conserva en su práctica totalidad y tiene cuatro puertas, dos de ellas aún romanas. Y es solo una muestra de lo mucho que se puede ver en esta bella ciudad.

→ Marmionda

El castillo de Portezuelo, o de Marmionda, es una fortaleza cuyo origen sea probablemente almohade, en torno al s. XII, construida sobre un crestón cuarcítico de las estribaciones orientales de la sierra del Arco que domina la portilla excavada por el arroyo del Castillo, llamado así por razones obvias; en cuanto al nombre del propio castillo, se dice que se debe a una doncella mora, hija del señor de la fortaleza, sobre la que se narra la clásica leyenda de amoríos con un capitán cristiano, de esas que nunca acaban bien. En este caso, la bella Marmionda cree ver morir a su amado en una escaramuza a los pies del castillo con las tropas de su padre y enajenada se lanza desde la torre hacia una muerte cierta, pero el caballero cristiano solo estaba inconsciente y cuando al despertar ve a su amada muerta, se atraviesa con su propia espada. En fin, el amor es un ciclón.

En cualquier caso, aunque el castillo está en estado de ruina consolidada sigue siendo imponente y las vistas de los afloramientos de cuarcita armoricana de las sierras del Arco y de Pedroso, así como de las dehesas del entorno, son magníficas, justificando por sí mismas la subida.

→ Cantos rodados en Galisteo

Existen numerosas especulaciones sobre el origen de Galisteo, algunas la relacionan con una mansión de la Vía de la Plata, cuya antigua calzada pasa a sus pies, y hay quienes incluso sitúan aquí la fortaleza de Medina Ghaliayah, aquella en la que, camino del reino de León, Almanzor descansara allá por el siglo X. Lo cierto es que la peculiar técnica de construcción de esta muralla, con cantos rodados del cercano río, parece presentar trazas almohades, pero lo que sí podemos asegurar es que el primer documento escrito en el que parece Galisteo está fechado en 1217, durante el reinado de Alfonso IX de León, el monarca que tomó muchas de las plazas más importantes de Cáceres en el periodo que se ha quedado en llamar, con dudoso acierto, Reconquista. El caso es que este Alfonso contó con la ayuda de las órdenes militares para impulsar la repoblación, por lo que este territorio -incluido en los de Alcántara, que también había tomado- fue cedido a la Orden de Calatrava en 1214. No obstante, la lejanía de los calatravos de su sede en Ciudad Real hizo que finalmente pasaran al cuidado de la Orden de San Julián del Pereiro, que acabaría tomando el nombre de Orden de Alcántara.

Sea como fuera el recinto amurallado y la localidad están declarados conjunto histórico y merecen mucho una visita, en la que hay que prestar especial atención al ábside mudéjar de la iglesia parroquial de la Asunción, formado por dos cuerpos superpuestos de arcos de ladrillo ciegos.

→ Una puerta para San Andrés

La iglesia de San Andrés Apóstol de Torrejoncillo, un edificio exento declarado bien de interés cultural con categoría de monumento en 2014, es el epicentro de la celebración de la famosa fiesta de la Encamisá; a las diez de la noche del siete de diciembre, víspera de la Inmaculada Concepción, sus puertas se abren y de ella sale un estandarte celeste con la imagen de la Virgen bordada, que tras recorrer unos pocos metros es entregado al mayordomo de la fiesta que monta un caballo engalanado para la ocasión. A partir de ese momento tiros, vítores, gritos, olor a pólvora y humo, mucho humo.

Pues el caso es que desde hace pocos años esta iglesia luce una imagen inédita, algo poco habitual ciertamente, ya que tiene una flamante puerta principal nueva: la anterior, muy deteriorada, ha sido sustituida por otra donada por un vecino de la localidad de nombre Carlos Serradilla. Lo curioso es que ha sido él mismo el que la ha fabricado, en lo que ha invertido 3000 horas de trabajo, y para lo que ha utilizado el control numérico por computadora, una herramienta que él mismo ha diseñado y con la que iba dando las órdenes de tallado a través del ordenador. La puerta mide 4,60 m de altura por 3 m de ancho, y pesa 1000 kilos, y además de su decoración cuenta con algo que la hace realmente única: el mirador de la Virgen. En efecto, aunque las puertas permanezcan cerradas, a través de este mirador se puede disfrutar de la imagen de la Virgen de la Inmaculada, con la peculiaridad de que es lo único que se ve del templo, ya que a través de un rayo láser se ha fijado un punto en la puerta y en la imagen con una precisión increíble. Unas puertas muy originales.

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LA HERENCIA DE LA TRASHUMANCIA - Por Jesús Garzón Heydt

A finales de los años sesenta del siglo pasado comencé yo a recorrer las sierras, dehesas y riberos de la actual reserva de la biosfera de Monfragüe, estudiando las principales especies amenazadas que habían encontrado un refugio excepcional en estos parajes bravíos. Eran tiempos de gran actividad agrícola y ganadera en el entorno de todos los pueblos y cortijos, con muy pocos vehículos de motor circulando todavía por aquellas carreteras sin asfaltar aún, los paisanos dirigiéndose a sus labores en caballerías, labrando y trillando con las yuntas, segando con hoz en mano y las mujeres bordando a la puerta de sus casas en los ratos libres. En muchos cerros había aun pequeños poblados de chozos, con familias de cabreros que con el tiempo fueron mis mejores informantes sobre la fauna local.

Cuando principiaba el verano era habitual asistir al paso de grandes rebaños de ovejas merinas, de manadas de vacas negras avileñas o de pastorías de cabras veratas por las cañadas. Un concierto melodioso de cencerros y campanillos, de silbidos y voces de ánimo de los pastores y vaqueros anunciaba la proximidad de las ganaderías, seguidas por los burros o las yeguas de carga con sus serones y alforjas cubiertas con mantas multicolores. Los que atravesaban Torrejón el Rubio se dirigían hacia el norte por el arroyo Do la Ví y la sierra de las Corchuelas para cruzar el río Tajo por el puente del Cardenal. Pernoctaban generalmente en el descansadero de Lugar Nuevo, junto a la aldea de Villarreal de San Carlos, habitada por la señora Marijuana, ventera que atendía a los pastores con algún guiso de patatas, el guarda señor Inocencio con su familia y el tío Diego, que invitaba a peces fritos o escabechados en ocasiones señaladas.

Tras cruzar el puerto de la Serrana, los rebaños de ovejas embarcaban en el ferrocarril de Palazuelo Empalme con destino a las montañas de Zamora, León o Soria pero las vacas y las cabras continuaban andando hacia el valle del Jerte o las cumbres del Barco de Ávila y de la sierra de Gredos. Otras ganaderías se dirigían hacia el este, procedentes de las dehesas de Cáceres y Trujillo. Sesteaban junto al río Almonte, en las proximidades de Jaraicejo, remontando luego el puerto de Miravete para cruzar el Tajo en espectaculares hileras por el puente de Almaraz y continuar por Saucedilla y Navalmoral hacia el puerto del Pico, en la abulense sierra de Gredos.

“A finales de los años sesenta del siglo pasado (...) era habitual asistir al paso de grandes rebaños de ovejas merinas, de manadas de vacas negras avileñas o de pastorías de cabras veratas por las cañadas”

 

Aunque en aquellas fechas de principios del verano yo andaba siempre muy atareado controlando el mayor número posible de nidos para anillar sus pollos antes de que fueran volanderos, no podía dejar de admirar el trabajo de los pastores trashumantes. Antes del alba les encontraba ya en marcha para evitar los calores del mediodía, organizados perfectamente en cuadrillas para controlar en todo momento sus ganados sin aparente esfuerzo, aun cuando en ocasiones debían atravesar grandes espesuras de jarales, escobas o madroñeras que ocultaban totalmente a hombres y animales. Por todo ello, cuando a partir de 1984 asumí responsabilidades en la gestión del Medio Ambiente de Extremadura, una de mis prioridades fue encargar a un equipo especializado la redacción de un informe sobre la situación de las vías pecuarias en los siete términos municipales del parque de Monfragüe, para su mejora y señalización. En el descansadero de Villarreal de San Carlos se restauraron los antiguos chozos para facilitar refugio a los pastores, creando servicios sanitarios, duchas y lavaderos para su aseo, y se diseñaron carteles para las carreteras de la comarca advirtiendo a los conductores de vehículos de la prioridad de paso de los ganados.

Sin embargo, uno de los problemas ambientales más acuciantes de Extremadura era la falta de regeneración de sus magníficas dehesas de encinas, sin explicación aparente. ¿Qué maldición había caído sobre nuestros campos para que la mayoría de las encinas tuvieran más de un siglo de edad? Pasé tiempo dándole vueltas a este asunto hasta encontrar una explicación lógica: hacia casi cien años, en 1896, que se habían inaugurado los últimos tramos del ferrocarril Mérida-Astorga, con ramales desde Malpartida de Plasencia hacia Madrid y Cuenca, o desde Salamanca hacia Burgos y Soria. Con ello habían quedado comunicadas por tren las principales comarcas de invernada de los rebaños trashumantes de Extremadura con las zonas de veraneo en las montañas de Castilla y León, La Rioja, Cuenca o Teruel.

El cómodo transporte de los ganados en tren, de poco más de un día de duración entre extremos, sustituyó rápidamente los largos viajes de varias semanas caminando por las cañadas. Pero como a los pastos de montaña no se puede acceder hasta mediados de junio, cuando la hierba se ha desarrollado suficientemente tras el prolongado periodo invernal de las cumbres, los ganados trashumantes tuvieron que retrasar su salida más de un mes. Y la permanencia del ganado en las dehesas durante mayo y junio, cuando ya se han secado los pastos y el único alimento verde disponible son los renuevos de las encinas, era la explicación a la falta de regeneración del arbolado durante el último siglo.

Ante esta evidencia, decidimos recuperar la trashumancia andando por las cañadas, prácticamente abandonadas durante las últimas décadas. Fundamos para ello en 1992 la Asociación Concejo de la Mesta, en memoria del batallador gremio de pastores creado en 1273 por el rey Alfonso X el Sabio, y en 1993 iniciamos ya nuestro primer recorrido trashumante, desde Alcántara hasta las montañas de Sanabria, en los límites de Zamora con Orense y Portugal. A través del Fondo Patrimonio Natural Europeo logramos la concesión del primer proyecto LIFE de la Comisión Europea y el ganadero D. Cesáreo Rey colaboró decisivamente poniéndose al frente de su mejor rebaño de 2600 ovejas merinas.

“Fundamos en 1992 la Asociación Concejo de la Mesta, en memoria del batallador gremio de pastores creado en 1273 por el rey Alfonso X el Sabio”

En contra de la opinión de los especialistas, que consideraban ya imposible trashumar a larga distancia con grandes rebaños, recorrimos unos 1000 kilómetros por las cañadas Burgalesa, de la Plata y Leonesa Occidental sin mayores problemas y entre el entusiasmo de la población local, especialmente de las personas mayores que asistían al paso del rebaño con lágrimas en los ojos. El regreso aquel otoño atravesando capitales como Zamora y Salamanca, y el parque de Monfragüe, acompañados todo el tiempo por un equipo del programa Línea 900 de Televisión Española, fue fundamental para promocionar la trashumancia en toda España y darle un impulso definitivo a la tramitación de la Ley de Vías Pecuarias, aprobada definitivamente por la Cortes Generales el 23 de marzo de 1995. En el marco de aquel proyecto LIFE creamos el Centro de la Dehesa en Torrejón el Rubio y se adquirió la finca del Baldío en Talaván, una referencia fundamental para la educación ambiental y las labores de investigación y la conservación de razas autóctonas en toda la comarca.

Desde entonces hemos recorrido más de 98 000 kilómetros de cañadas, cordeles y veredas colaborando con más de cincuenta familias ganaderas, pastoreando con 360 000 vacas, ovejas, cabras y caballerías casi 500 000 hectáreas de vías pecuarias. En la primavera de 2004 un equipo de la Universidad Autónoma de Madrid formado por D. Juan Malo y D. Pablo Manzano acompañó a uno de nuestros rebaños desde Malpartida de Plasencia hasta Brañosera, en las montañas de Palencia. Pudieron comprobar así que cada 1000 ovejas dispersan y trasladan diariamente unos 5 millones de semillas y 3 toneladas de abono a lo largo de las cañadas. Esto demostró científicamente por primera vez en el mundo la enorme importancia ecológica de la trashumancia para garantizar la conectividad entre los espacios naturales protegidos, como en este caso los parques nacionales de Monfragüe y Picos de Europa, así como para la conservación de tantas especies amenazadas por el cambio climático, la lucha contra la erosión y los incendios forestales.

La reserva de la biosfera de Monfragüe ha continuado siendo durante todo este cuarto de siglo el centro principal de actividades de nuestro proyecto trashumante, manteniendo la relación con los ganaderos y pastores que tanto contribuyeron en sus orígenes al desarrollo de este proyecto. Todavía en noviembre de 2017 hemos recorrido con un rebaño de 1700 ovejas merinas y cabras retintas el cordel desde Navalmoral de la Mata hasta Plasencia, pasando por Casatejada, Serrejón, Toril y Malpartida, camino de Zarza de Granadilla. La Junta de Extremadura ha sido pionera durante estos años a nivel nacional en el deslinde y amojonamiento de las vías pecuarias, en la creación de refugios para los pastores y abrevaderos para el ganado, así como con la promulgación del Decreto 206/2016, pionero a nivel nacional para subvencionar a los ganaderos que recuperen la trashumancia andando por las cañadas. La reciente declaración en abril 2017 por el Consejo de Ministros de la trashumancia como Patrimonio Cultural Inmaterial es también una aportación muy positiva en este sentido.

“La reserva de la biosfera de Monfragüe ha continuado siendo durante todo este cuarto de siglo el centro principal de actividades de nuestro proyecto trashumante”

La Ley 3/95 de Vías Pecuarias establece que éstas podrán ser destinadas a usos compatibles y complementarios del tránsito ganadero, inspirándose en el desarrollo sostenible y el respeto al medio ambiente, al paisaje y al patrimonio natural y cultural. En su artículo 17.1 considera usos complementarios el paseo, la práctica del senderismo, la cabalgada y otras formas de desplazamiento deportivo sobre vehículos no motorizados, siempre que respeten la prioridad del tránsito ganadero. Extremadura tiene en este sentido una gran oportunidad para fomentar un turismo educativo y cultural de alta calidad aprovechando su extraordinaria red de vías pecuarias, con más de 7500 kilómetros de longitud y 18 000 hectáreas de superficie, que atraviesan algunos de los parajes más valiosos de la región.

Pero mientras que la red de vías pecuarias ha sido mejorada sustancialmente durante estas últimas décadas, no ha ocurrido lo mismo con la red de establecimientos hoteleros de la reserva de la biosfera de Monfragüe. Magníficos edificios con modernas instalaciones han quedado ahora abandonados, como en la Playa de Extremadura junto al río Tajo, en la Bazagona junto al rio Tiétar, en las Casas de Miravete, en el cruce de Deleitosa, en Jaraicejo y tantos otros, al haber quedado marginados del tráfico de vehículos, desviados ahora por las modernas autopistas. Una prioridad inmediata para los próximos años debe ser por tanto evitar la ruina de este patrimonio construido antes de que sea demasiado tarde, innovando en un turismo internacional que compagine la educación ambiental, el disfrute de la naturaleza y los recorridos por nuestra excepcional red de vías pecuarias con la generación de empleos de calidad en los pueblos, cortijos y establecimientos de la reserva de la biosfera de Monfragüe.

“Extremadura tiene una gran oportunidad para fomentar un turismo educativo y cultural de alta calidad aprovechando su extraordinaria red de vías pecuarias, que atraviesan algunos de los parajes más valiosos de la región”

AZUL PIEDRA · TRASIERRA TIERRAS DE GRANADILLA: IN MEDIA RES

Empezar la narración por el medio y no por el principio… Pues si algo en esta comarca va por el medio es la Vía de la Plata.

In medias res, pues. Empecemos por el medio entonces… La Vía de la Plata es mucho más que un camino, pero no es el inicio de la narración ciertamente. Este camino, o ruta si se prefiere, viene de mucho más allá y nace de lo profundo de la tierra, de lo oculto; como poco habría que hablar de Tartesia -o Tartessos, como gustan llamarla ahora algunos eruditos- y de su afición a los metales y a su comercio entre el Bronce final y la primera Edad del Hierro. Aquella vieja civilización que los griegos tomaron por la primera occidental, de la que se ha creído siempre que tenía como eje el río Guadalquivir, aunque nuevos descubrimientos van abriendo camino, nunca mejor dicho, incluyendo al Guadiana como segunda rueda de este viejo carro. El caso es que Roma no descubrió la pólvora, como en la mayoría de los lugares que conquistó, limitándose a asentar la antigua ruta a base de campamentos militares y piedras en el camino, o sobre el camino de hecho, lo que a decir verdad tampoco fue poca cosa. Y es que esto es determinante -la piedra-, pues el nombre árabe balat, que en alguna de sus acepciones se refiere a camino empedrado derivando incluso en topónimos como balata, fue probablemente a la postre el determinante de su nombre actual por una derivación fonética y no porque la vía tuviera que ver con la plata en sí.

→ Cáparra

Sea como fuere, la Vía de la Plata articuló el oeste peninsular durante siglos –de hecho sigue haciéndolo- a pesar incluso de las dificultades que durante la Edad Media supuso la fragmentación entre norte y sur provocada por los distintos reinos cristianos y musulmanes. Pero antes de este turbulento periodo tuvo un gran esplendor en torno al siglo I de nuestra era y la ciudad amurallada de Cáparra era una de sus encrucijadas: de planteamiento ortogonal, estaba cruzada por dos vías principales perpendiculares entre sí, el cardo y el decumano, coincidiendo esta última con el trazado de la propia calzada de la Vía de la Plata a su paso por el mismo medio de la ciudad. Ambas arterias convergían probablemente en el tetrapylum, el gran arco cuadrifronte de trece metros de altura, único de estas características en la península que se conserva en pie, que es el símbolo reconocido de este yacimiento y de la propia comarca. 

→ La península de Granadilla

Y en el medio también quedó Granadilla, y no bajo las aguas del embalse de Gabriel Galán como se preveía, convirtiéndose definitivamente en península en 1965. Pero vayamos por partes: los 1124 habitantes que Granadilla tenía en 1959 fueron forzosamente desalojados, al ser sus tierras poco a poco inundadas por las aguas del recién creado embalse de Gabriel y Galán, reduciéndose en 1960 a más de la mitad de vecinos y produciéndose el último y definitivo destierro en 1965. Y no sólo se vieron afectadas las tierras de Granadilla sino también parte de los términos municipales de Sotoserrano, La Pesga, Mohedas de Granadilla, Guijo de Granadilla, Caminomorisco y Zarza de Granadilla. Hay que decir que la Administración de la época no estuvo a la altura de las circunstancias; con tasaciones en la tercera parte del valor real de algunos de los bienes expropiados, lenta y escasa en el pago de las indemnizaciones, con los vecinos pagando rentas a Confederación Hidrográfica del Tajo por seguir cultivando sus propias tierras sin que aún se les hubiera pagado por ellas, aquellas que no habían quedado inundadas aún, claro. Y por si fuera poco el ganado tampoco podía pastar, pues se procedió a una intensa repoblación de las zonas expropiadas sin inundar con especies alóctonas como pinos y eucaliptos, para lo que se contrató además a trabajadores foráneos.

El caso es que esta villa fortaleza medieval, cuyo magnífico castillo domina el baluarte de su entrada, que fuera fundada allá por el siglo IX por los musulmanes como avanzadilla defensiva y que tras muchas vicisitudes permaneció finalmente en manos de la casa de Alba durante cinco siglos, nunca llegó a inundarse. Y hoy es una visita indispensable porque, a pesar de los pesares, el paseo por todo el perímetro del adarve de su muralla y la visita al castillo son sencillamente espectaculares.

→ Los puentes flotantes

Vinculados a la vía, como elementos de hecho consustanciales a la misma, están los puentes. Es tradicional que los lugareños apelliden “romano” a cualquiera de estas construcciones antiguas cuyo origen desconocen, pero que en la mayoría de los casos se trata más bien de estructuras a lo sumo medievales, aunque a veces se acierta no ya porque lo que quede en pie lo sea sino porque al menos parte de su fábrica reutilizada sí. No es el caso del puente romano de Cáparra, que parece que conserva parte del original romano, aunque ha sufrido notables modificaciones a lo largo de su historia; lo curioso de este puente es también que su pertenencia flota, pues aunque figura un puente romano de Cáparra en la base de datos ministerial como bien de interés cultural con categoría de monumento, esta lo ubica en el término municipal de Oliva de Plasencia, lo que no se corresponde con el puente que conocemos que está en el de Guijo de Granadilla.

Paradójicamente también se publica en un BOE de 1980 un expediente de incoación de un puente romano como “monumento histórico-artístico” –el título que se empleaba para estos casos en tiempos pasados, afortunadamente hoy ya en desuso- en Guijo de Granadilla, pero es difícil saber si se refiere al mismo puente del que hablábamos o al conocido como el Pontón, que tiene también su historia: llamado así por el tamaño de su arco, a este puente se lo identifica también como romano, puede que del siglo II, aunque aquí no hay consenso entre los estudiosos. El caso es que salvaba el cauce del río Alagón, probablemente asociado a la antigua vía que pasaba por Calzadilla y Coria, pero con la finalización de la presa del embalse de Guijo de Granadilla en 1982, la inundación del terreno obligó a construir un nuevo puente y se optó por trasladar este a una nueva ubicación, la actual, en la que parece flotar sobre las aguas embalsadas. Según los autores del proyecto con este nuevo emplazamiento se buscaba que “la pieza objeto del traslado se integre recobrando su perdida significación neutralizando la degradación que puede representar su reducción a forma escultórica”, una solución cuyo discurso parte de la relación entre distancia y tiempo. El resultado es cuando menos sorprendente, uno de esos sitios que impredeciblemente son bastante desconocidos aún.

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EL MONFRAGÜE INESPERADO - Por José Ramón Alonso de la Torre

→ Viaje artístico y monumental por los pueblos de la reserva de la biosfera

Cada día subo a La Montaña de Cáceres, no es un monte demasiado elevado, pero sí es un mirador magnífico que permite contemplar media provincia de Cáceres. Al descender, cada día, distingo al norte, a lo lejos, una sierra no muy alta, pero con unas manchas blancas tentadoras. La sierra recibe varios nombres: de Mirabel, de Santa Catalina, de la Herrera... Y las manchas blancas también reciben nombres diversos: Casas de Millán, Serradilla y, en la cara norte de la serranía, Mirabel. Más allá, los otros pueblos de Monfragüe, agrupados en torno a iglesias formidables, cada uno con su joya singular: un Cristo gótico, un palacio con historia, un artesonado mudéjar...

Bóveda de la iglesia de San Juan Bautista (Malpartida de Plasencia)

Bajamos de La Montaña, cogemos el coche y nos disponemos a visitar lo que nos tentaba en lontananza. Autovía de la Plata, Cañaveral, salimos de la gran carretera y cogemos una ruta enrevesada que nos acerca, curva tras curva, hasta el primer pueblo de nuestro viaje por Monfragüe, buscando, además de la naturaleza y los mil encantos de la comarca, la belleza monumental. Para ello, hemos seleccionado una antología de lugares que empieza en Casas de Millán, al poco de abandonar la autovía.

Dejamos el coche en la amplia plaza de España, junto al ayuntamiento, y vamos dando un paseo en busca de la iglesia de San Nicolás de Bari. Al contrario que en la mayoría de las poblaciones, el templo parroquial de Casas no está en el centro, sino en un extremo. Pero el paseo merece la pena porque nos permite disfrutar de la sencillez gótica con cabecera barroca de la iglesia. Entramos y nos envuelve la belleza plateresca del retablo mayor, obra pictórica del pintor placentino Diego Pérez de Cervera, discípulo del gran Luis de Morales.

Portada barroca de la ermita de San Román (Casas de Millán)

En Monfragüe, la naturaleza imponente y fascinante ha eclipsado el encanto monumental de los pueblos. Volviendo desde la iglesia de Casas a coger el coche, nos sorprenden la casa del Marqués de Siete Iglesias, hoy casa rectoral, y la Casa de la Inquisición. Y cuando, unos kilómetros más adelante, lleguemos a Mirabel, el castillo, baluarte poderoso sobre la Peña del Acero, nos anuncia que nos acercamos a un pueblo con importancia y prosopopeya, pues no en balde dio nombre a un marquesado y su iglesia de la Asunción, esta sí en la plaza Mayor, exenta y destacada, nos recibe presumiendo de sus orígenes medievales (siglo XIII), su transformación gótico renacentista (XVI) y su culminación barroca en los retablos, fundamentalmente el del altar mayor.

“En Monfragüe, la naturaleza imponente y fascinante ha eclipsado el encanto monumental de los pueblos”

Seguimos camino del sol naciente, hacia el este, hacia una de las perlas monumentales de Monfragüe, hacia el único pueblo del parque que recibe peregrinos que buscan primero arte y devoción y después naturaleza, no al revés. Serradilla, donde, para ir haciendo boca, visitaremos la iglesia de la Asunción (XV-XVI) con su portada gótica, sus tres naves con techo de madera y una imagen policromada de la Asunción fechada en 1749 y obra de Luis Salvador Carmona.

Pero la joya monumental de Serradilla y de Monfragüe es la talla del Cristo de la Victoria, obra del escultor madrileño Domingo de Rioja, realizada entre 1630 y 1635, aunque no llega a Serradilla hasta 1641. Patético y elegante Jesús, que parece mirar y hablar a quien lo admira, de pie, abrazado a la cruz, belleza inquietante, experiencia única.

Y alrededor, guardando el tesoro, un cofre magnífico: el monasterio de las monjas agustinas recoletas, barroco clasicista, levantado entre 1672 y 1675, una sola nave, tres retablos churriguerescos con magníficas imágenes barrocas y en el retablo mayor, de cascarón, la talla del Cristo. Hay que pasar un rato en el interior de este templo, orando, admirando, reflexionando o haciendo mindfulness, cada uno que trabaje con su espíritu como le plazca. El resultado será siempre el mismo: armonía reconfortante y trance delicioso provocado por la belleza.

Nos alejamos de Serradilla antes de que nos atolondre algún síndrome, ya sea de Stendhal, ya sea de gula provocado por sus riquísimas perrunillas, ya sea filológico inducido por el encanto del habla serradillana. Vamos hacia el norte, buscando el pueblo más septentrional del parque de Monfragüe. También es el más poblado. Lo distinguimos en lo alto, en la ladera sur de una suave colina, Malpartida de Plasencia, el pueblo de los chinatos porque a pedradas o chinas defendieron a su San Juan Bautista cuando los placentinos llegaron a quitárselo, bueno, para ser más exactos, a recuperar lo que antes les habían quitado los de Malpartida.

Los chinatos deben seguir alerta porque tienen mucha imagen y mucho arte que defender. Fundamentalmente, su iglesia parroquial de San Juan Bautista, poderoso templo del siglo XVI, estrella de la arquitectura religiosa extremeña del 1500: amplia iglesia, bien iluminada, con estupendas portadas renacentistas y bóvedas de crucería que justifican la tortícolis. Antes de que sobrevenga el espasmo doloroso, descendamos la mirada, que no la admiración, hacia el retablo mayor de los vallisoletanos Castaño y Basoco, realizado hacia 1622.

La siguiente etapa de nuestro viaje monumental por Monfragüe nos regala la comodidad de la autovía. Por la que une Coria y Plasencia con Navalmoral circulamos hasta que un indicador nos avisa de la siguiente parada: Casatejada. Por aquí pasaron reyes como Fernando el Católico y Felipe V, caudillos como Franco y hasta reyes sin corona como don Juan de Borbón, que en el cercano palacio de las Cabezas pactó con el dictador la restauración de la monarquía en España.

“Por aquí pasaron reyes como Fernando el Católico y Felipe V, caudillos como Franco y hasta reyes sin corona como don Juan de Borbón, que en el cercano palacio de las Cabezas pactó con el dictador la restauración de la monarquía en España.”

Lo malo es que también acertaron a pasar por el pueblo los franceses durante la Guerra de la Independencia. Y lo destruyeron. Quizás por eso abunden las construcciones modernas. Sin embargo, se conserva una joya sencilla como la ermita de la Soledad y, a un paso, en plena plaza Mayor, una señora joya: la iglesia de San Pedro Ad Vincula, construcción gótica de finales del XV, principios del XVI. Es una iglesia poderosa, formidable, espectacular por sus refuerzos de sillares, sus muros de mampostería, su torre estilizada junto a la torre del campanario y su retablo barroco con el "San Pedro liberado por un ángel" de Ribera.

Esta iglesia de Casatejada y el convento del Cristo de Serradilla son Bienes de Interés Cultural, perlas señeras de una comarca donde la fuerza del paisaje se acompasa con la belleza del arte. Simbiosis perfecta, admiraciones sucesivas, gracia sobre gracia, encanto doble, motivos complementarios para descubrir pueblo a pueblo, joya a joya, el esplendor reluciente de Monfragüe y de sus pueblos.

El siguiente: Saucedilla. Camino del sur, unos pocos kilómetros desde Casatejada y de nuevo la sorpresa inesperada de un pueblecito en la llanura, en la cola del embalse de Arrocampo, cuya iglesia renacentista de San Juan Bautista fue declarada Bien de Interés Cultural en 1993. Esos galardones no se regalan y son un certificado de que la visita merece la pena. Veamos cuál es el atractivo primoroso de esta iglesia: es un templo de una sola nave dividida en tres tramos por arcos de medio punto y presbiterio ochavado. Estas definiciones tan técnicas de los monumentos acaban espantando al no versado. Conviene, quizás, explicar las sensaciones que provocan las dos portadas de acceso, la torre parroquial adosada a la cabecera, el retablo mayor de tres cuerpos con tablas que representan escenas de Jesús, con la imagen de San Juan y el remate de un Calvario incompleto. Estupefacción, emoción, mirada absorta y esa agradable sensación de haber entrado en la iglesia de Saucedilla con escepticismo, casi con pereza y salir embaucado, anonadado, satisfecho...

La belleza es como una droga que poco a poco nos va provocando chutes de adrenalina y de endorfinas en este viaje por los pueblos de Monfragüe. Adictos a la perfección, ya es imposible detenerse y, tras un rodeo por la autovía, visitamos Serrejón. Allí, entre los paisajes sosegados de la dehesa y la suavidad del monte bajo, se levanta el pueblo y en un lateral del casco urbano, la iglesia de San Ildefonso.

Se edificó este templo a mediados del siglo XVI y fue el obispo de Plasencia, Gutierre de Vargas y Carvajal, su impulsor. Por ello, el escudo del prelado está tallado en varios lugares de la iglesia. El edificio es de una sola nave y bóveda de crucería. En el altar, un retablo barroco con imágenes de categoría y un relicario conteniendo interesantes pinturas.

Todos los pueblos de Monfragüe que hemos visitado hasta ahora estaban situados al norte del Tajo. Vamos a cruzar el río y a rematar el viaje con tres enclaves singulares. Se localizan al sur del río que vertebra el parque nacional. Son territorios de la antigua Campana de Albalat, que, entre los siglos XIV y XIX, fue la primera mancomunidad de municipios de Extremadura.

A la Campana de Albalat pertenecía Romangordo. Este pueblo parece diseñado a conciencia por un urbanista rural de postín. Antiguos corralones se han convertido en una especie de museo al aire libre de arquitectura tradicional, fachadas sin gracia de ayer son hoy murales que reproducen escenas de la vida y la historia del pueblo (los animales, los mayores, los emigrantes). En la plaza Mayor, hay esculturas muy bonitas alusivas a juegos infantiles y por aquí y por allá surgen los merenderos, el ecomuseo del tío Cáscoles, el aula de la naturaleza, un centro de interpretación de los olores, una granja escuela, el asilo, el centro de dependencia… Y la iglesia.

“El templo dedicado a Santa Catalina es la piedra preciosa monumental de Romangordo |LS|...|RS| En él encontrarás uno de los artesonados mudéjares más bellos de Extremadura”

Este templo parroquial dedicado a Santa Catalina es la piedra preciosa monumental de Romangordo. La construcción es sencilla: edificio de una sola nave dividida en cuatro tramos por arcos de medio punto y presbiterio ochavado, todo del siglo XVI. Pero si miras al cielo, ¡ay si miras al cielo! En ese caso, te encontrarás con uno de los artesonados mudéjares más bellos de Extremadura. Las cubiertas de madera techan tanto los cuatro tramos de la nave como el presbiterio. Destaca la más cercana a la cabecera del templo por su meritoria decoración en forma de lazo.

A un paso de Romangordo, Higuera de Albalat nos entretiene con su centro de interpretación de las abejas y de la miel. Al salir de él, distinguimos en lo alto del pueblo, al final del casco urbano y junto al ayuntamiento, la iglesia parroquial. Es un edificio pequeño y sencillo, pero de bella factura. Está dedicado a San Sebastián y se levantó entre los siglos XVI y XVII. En el interior del templo, una imagen destaca sobremanera. Se trata de un Cristo crucificado, policromado y de estilo gótico.

Regresamos a la autovía que une Lisboa con Madrid para seguir circulando al sur del Tajo. Buscamos nuestra última etapa en este sorprendente recorrido por las inesperadas joyas escultóricas y monumentales de la reserva de la biosfera de Monfragüe. Nos vamos a detener en Jaraicejo. Este pueblo, cuando pasaba por él la carretera Nacional V, era parada y fonda, lo que permitía admirar su formidable casco histórico. Como era señorío del obispado placentino desde el siglo XIII y lugar de veraneo episcopal, el pueblo fue agraciado con singulares construcciones.

La plaza de Jaraicejo es magnífica con la iglesia y el palacio episcopal componiendo un conjunto antológico. La iglesia de la Asunción es de notables proporciones y fue construida en mampostería de pizarra por el cantero trujillano Sancho de Cabrera. En el interior, una gran nave con sendas capillas laterales. En lo alto, bóvedas de crucería impresionantes y en las portadas, Renacimiento a raudales. Una curiosidad: en la iglesia, hay una puerta tapiada, en señal de respeto, desde 1504, cuando el féretro de Isabel la Católica fue acogido una noche en la iglesia y salió de ella por esa puerta camino de Granada.

Desde lo alto de Jaraicejo, volvemos a detenernos a contemplar la serranía, imaginamos el Tajo tras los picos de las Corchuelas, el Espejo y los Piatones y distinguimos al pie de las sierras de Mirabel y Santa Catalina las manchas blancas de Casas de Millán y Serradilla. Monfragüe y sus pueblos, tan sencillos, tan humildes, tan callados, cediendo protagonismo a la naturaleza para complementarla, brillando con la plenitud de la sorpresa, con el asombro de lo inesperado.

AZUL PIEDRA · TAJO SALOR ALMONTE: TRES RÍOS Y UNA VIDA

La comarca de Tajo Salor Almonte está llena de historia e historias, entre otras cosas porque la Vía de la Plata la parte por la mitad.

En Casar de Cáceres bien lo saben, y por eso tienen un albergue de peregrinos para que los intrépidos caminantes que hoy se atreven con este itinerario, además jacobeo, reposen sus cansados pies. También lo tienen claro en Monroy, donde se localiza el yacimiento de los Términos, una villa romana que merece mucho la pena visitar. Pero quizá sea Garrovillas la localidad que más estrechamente se vio afectada por la vía, pues cobró importancia al recibir a la población de la antigua Alconétar -y con ella sus fueros y territorios- destruida en las luchas entre musulmanes y cristianos, cuya ubicación original estaba asociada al puente y la torre homónimos que aseguraban el paso de la calzada por el Tajo. Después hablaremos de ellos.

Garrovillas de Alconétar tiene mucho más que lo quedó bajo las aguas embalsadas del Tajo: por ejemplo, su inmensa plaza porticada es una delicia y una auténtica sorpresa para quienes la ven por primera vez; en uno de sus extremos está el antiguo palacio de los condes de Alba de Aliste, hoy convertido en una de las flamantes Hospederías de Extremadura. También cuenta la localidad con dos magníficas iglesias, muestra de su pujanza, pero quizá su edificio más relevante sea el convento de San Antonio de Padua. Su bula fundacional fue otorgada en 1476 por el mismísimo Papa Alejandro VI (Borgia) y fue ocupado por la Orden Franciscana. Inicialmente era una construcción modesta que con el paso del tiempo se fue ampliando hasta convertirse en un gran edificio, en cuya construcción participaron maestros como Juan de Álava y Pedro de Ibarra en el siglo XVI. Por desgracia actualmente está en ruinas, de hecho figura en la lista roja de patrimonio en peligro a pesar de ser bien de interés cultural, pero sigue siendo muy interesante por su monumentalidad y ubicación en un alto a las afueras de la localidad.

→ La puente de Mantible

Así se titula una obra del insigne Calderón de la Barca, una comedia teatral que reinterpreta las fábulas carolingias, que a su vez versionaban el cantar de gesta francés del siglo XII la Chanson de Fierabras. Calderón hace suyos la rivalidad entre Guido y Fierabrás, cristiano y moro respectivamente; los amores entre Floripes, hermana de Fierabrás, y el propio Guido; la prisión de este último en una torre encantada junto al puente de Mantible, guardado por el gigante Galafre, su huida tras encarnizada lucha para pedir auxilio al emperador y la intervención de este en el puente donde derrota al ejército moro, captura a Fierabrás y permite la boda de Floripes y Guido.

Pues bien, la tradición sitúa Mantible en Alconétar, junto a la torre de Floripes que lo guardaba, la antigua ubicación del puente romano que hoy puede verse en la cola del embalse de Alcántara precisamente porque se desmontó y se llevó hasta allí cuando sus aguas anegaron la zona; la torre también puede verse generalmente sobre estas aguas, unas veces más y otras menos, según se encuentre el embalse de lleno. Pero en realidad no existió nunca el puente de Mantible -aunque un pequeño acueducto en Santiago de Compostela y un puente romano en ruinas sobre el Ebro muy cerca de Logroño se disputen también su genuinidad-, ni por supuesto Carlo Magno ni sus pares pasaron por aquí; ni siquiera Fierabrás existió, y mucho menos Floripes, sino que se trata sencillamente de un lugar legendario en el que se desarrolla una fábula, una ficción literaria. Probablemente quienes se encargaron de extender esta leyenda en esta zona fuera la Orden de Temple, de origen francés como el cantar de gesta de Fierabrás, quienes fueron señores de esta torre y su puente, paso estratégico del Tajo en la Vía de la Plata, durante más de un siglo.  

→ Las asunciones

En la comarca hay, curiosamente, tres iglesias de Nuestra Señora de la Asunción monumentales. Por cierto, dispuestas geográficamente en un triángulo rectángulo escaleno perfecto, a modo de cartabón, cuyo cateto más largo apenas mide diecisiete kilómetros y el más corto ocho, lo que demuestra que la elevación en cuerpo y alma de la Virgen María hasta los cielos es aquí un tema trascendente. Como todo el mundo sabe un triángulo rectángulo escaleno, por muy perfecto que sea, no tiene ni lados ni ángulos iguales, lo que bien podría aplicarse a estos tres templos e incluso a las tres localidades que los albergan, pues probablemente por esa cercanía han tenido tradicionalmente tantos puntos en común como encontrados. Se trata de las iglesias de Arroyo de la Luz y Casar de Cáceres, declaradas bien de interés cultural, y de Malpartida de Cáceres, que fue incoada en 1982 pero nunca más se supo del procedimiento, a pesar de que por fábrica y contenidos muebles reúne méritos.

Todas ellas son principalmente obras del siglo XVI, cuando el auge económico del Imperio, especialmente gracias a las tierras de ultramar, llegó hasta aquí, y se levantaron sobre templos anteriores de los que se conservan algunos elementos; la de Casar de Cáceres por ejemplo conserva el hastial -o piñón, ese tramo superior triangular del muro sobre el que dispone la cubierta- y en general es un edificio imponente. Su retablo es de los más interesantes que pueden verse en la provincia y también merecen atención en el exterior sus gárgolas, llamadas aquí popularmente bocarrúos. En cuanto a la de Arroyo de la Luz su retablo no le va a la zaga para nada, y quizá sea de hecho más conocido por sus veinte tablas con escenas de la vida de Jesús del pintor Luis de Morales, el Divino.

→ El lavadero de los Barruecos

Se trata de un magnífico ejemplo de la arquitectura industrial del siglo XVIII, un complejo con todo lo necesario para obtener y preparar la lana de los rebaños de ovejas trashumantes, que tras la primavera iniciaban su marcha hacia los pastos del norte: nave de esquileo y pesaje, sala de estiba, sala de calderas, rueda de lavado, molinos, huerta... Durante el siglo XIX, aquí llegaron a trabajar hasta cien operarios y se lavaban más de 80.000 arrobas de lana (o lo que es lo mismo, casi un millón de kilos) destinadas principalmente a las industrias textiles de la localidad portuguesa de Covilhã y también a los talleres de Béjar y Torrejoncillo; parte de la apreciada lana de las merinas incluso se exportaba hacia el norte del continente e Inglaterra a través del puerto de Lisboa. En la actualidad es visitable en su integridad, pues está en perfecto estado de conservación y profusamente interpretado, y alberga además una de las joyas de la corona de la provincia, el Museo Vostell Malpartida. Es una visita imprescindible.

 

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COLECCIONABLE AZUL PIEDRA
 

UNA RESERVA DE YACIMIENTOS MEDIEVALES - Por Sophie Gilotte

→ Periodo andalusí en la reserva de la biosfera de Monfragüe

El paisaje actual de la reserva de la biosfera nos invita a un formidable recorrido por el pasado, geológico o patrimonial, entre otros ejemplos. Si el pasado traspasa a través de sus improntas monumentales como son los edificios señoriales, religiosos u obras de ingeniería civil, se manifiesta también por otras huellas, tal vez menos ostensibles o accesibles, pero no menos fascinantes: los vestigios arqueológicos diseminados a menudo por las cimas de sus abruptas cadenas montañosas de cuarcita o en los escondites de sus umbríos valles. Se remontan a épocas tan remotas como la Prehistoria, con evidencias materiales en las cuevas de la Canaleja (T.M. Romangordo) o la Protohistoria, especialmente a través de conjuntos de artes rupestres documentados en el parque nacional de Monfragüe y fechados durante las etapas del Neolítico Final-Calcolítico y la Edad del Bronce.

Excavación en Majâdat al-Balât (Romangordo)

Siguiendo nuestro paseo, un salto temporal nos podría llevar hasta la Edad Media, etapa más cercana pero acerca de la cual el peso de las tradiciones populares y la relativa escasez de datos precisos han favorecido la transmisión de relatos de índole legendaria. Según ellos, abundarían los pasadizos secretos y los tesoros de oro escondidos, cuando la verdadera riqueza se encuentra entre las piedras mimetizadas con el entorno. El paso del tiempo y las intervenciones humanas, con sus lotes de destrucciones, expolios y reformas, no siempre los han respetado, dejando una pálida imagen de lo que fueron en su día. Prueba de ello son las pocas manifestaciones conocidas que remiten al periodo andalusí, cuando gran parte de la península ibérica, incluyendo este territorio concreto de Extremadura, se encontraba bajo dominio musulmán después de una conquista relámpago llevada a cabo por las tropas árabes y bereberes asentadas en África del Norte, a principios del siglo VIII. De estos cinco siglos, el propio corazón de la reserva alberga una pieza emblemática que le da su mismísimo nombre, o sea el castillo de Monfragüe, o al-Mofrag. Los restos de su recinto fortificado se alzan en el extremo de la sierra de las Corchuelas, dominando el impresionante paraje del Salto del Gitano, un estrecho paso abierto entre las crestas de cuarcitas, aguas abajo de la desembocadura del Tiétar en el Tajo. Lo que queda corresponde a distintos momentos constructivos dilatados en el tiempo, mientras que los recuerdos de su pasado islámico han de buscarse más bien a través de humildes testimonios trazados en la pared de un aljibe1. Su papel en la segunda mitad del siglo XII recuerda que no siempre fue un refugio de paz y de aves rapaces, sino un lugar de paso defendido por los hombres. Refleja las luchas, no solo militares sino políticas y diplomáticas, que libraron los distintos bandos que pretendían controlar estas tierras fronterizas. En pocas décadas, pasó de las manos de un caudillo inicialmente a las órdenes del rey de Portugal, a ser pertenencia de la Corona de León que disputaban Castilla y los almohades. Además, el castillo estuvo estrechamente vinculado con la implantación de las órdenes militares en la región, instituciones religiosas y militares tan características de las fronteras entre los reinos cristianos y musulmanes.

Castillo de Monfragüe y sierra de las Corchuelas (Torrejón el Rubio)

Tampoco deja de llamar la atención que al lado opuesto de Monfragüe, al otro extremo de esta amplia barrera natural que sigue al sur el cauce del río, se levante el castillo de Miravete. Solo unos 30 kilómetros a vuelo de pájaro separan estos dos castillos, que comparten unos orígenes bastante oscuros. Sin poder precisar las fechas de sus edificaciones, sabemos que debieron existir antes de estar en el foco de los intereses cristianos. Las primeras menciones al respecto no van más allá de la segunda mitad del XII, para el primero o el primer tercio del siglo XIII, para el segundo. El hecho de que ambos fueran incorporados mediante donaciones reales al alfoz de Plasencia, delata que entraban en los planes diseñados para afianzar la posición de esta ciudad recién fundada e incentivar la futura repoblación. A pesar de las incertidumbres que puedan persistir, no cabe duda de que estos enclaves erguidos en las cumbres participaron en la defensa de unos puntos estratégicos. Tampoco se puede descartar que desempeñaran una función semejante la pequeña estructura rectangular conocida como Castil de Oreja (en Higuera de Albalat), hoy perdida entre la frondosa cubierta vegetal de la sierra, encima de un meandro de la garganta de los Nogales.

Garganta de los Nogales y Castil de Oreja (Higuera de Albalat)

Pero mientras Monfragüe se beneficiaba de un control directo del río, la fortificación ubicada en la cumbre del pico de Miravete (838 m), mucho más alejada del cauce, custodiaba el puerto del mismo nombre donde pasaba una importante vía de comunicación, tal vez de origen antiguo. Antes de convertirse en unas ruinas pintorescas descritas por los viajeros, ahora reducidas a un tramo de torre semicircular volcado en la pendiente, tuvo que ver pasar a los viajantes, comerciantes y militares que pretendían alcanzar de forma rápida las penillanuras de Trujillo o el valle fluvial. Su posición le ofrecía un campo visual óptimo, clave en un puesto de vigilancia de retaguardia. En este sentido, es probable que sirviese de punto de apoyo para Albalat, un asentamiento localizado en el fondo del valle, hoy en el término municipal de Romangordo.

Sierra del Frontal y pico de Miravete (Casas de Miravete)

“... estructura rectangular conocida como Castil de Oreja (en Higuera de Albalat), hoy perdida entre la frondosa cubierta vegetal de la sierra, encima de un meandro de la garganta de los Nogales.”

Allí, las peculiares condiciones geológicas permitieron que el río, entonces encajonado, se abriese en un valle amplio y remansara sus aguas en un cauce ancho y poco profundo que se podía alcanzar y vadear con facilidad. La presencia de este vado (hoy debajo de las aguas del pantano de Torrejón), uno de los pocos en decenas de kilómetros alrededor, condicionó la Implantación de esta población fortificada, en la orilla del río Tajo. Albalat consiguió cierta fama en época medieval hasta el punto de que se le atribuyó, de forma un tanto inexacta como anacrónica también, un extenso territorio que llegaba hasta Medellín, en el Guadiana. Su nombre árabe, originalmente compuesto como Majâdat al-Balât (“el vado de la vía”) ha atravesado casi intacto los siglos para mantenerse como Albalat. Perduró también en las barcas utilizadas a lo largo de la Edad Media y durante la época moderna para cruzar el Tajo, así como en la denominación de la “Campana de Albalat”, mancomunidad de los pueblos de Romangordo, Higuera y Casas del Puerto formada en la Baja Edad Media. Al igual que para los sitios anteriormente citados, se desconoce la fecha exacta de la fundación de Albalat, pero sabemos gracias a las fuentes árabes que ya existía a mediados del siglo X, durante la época del Califato de Córdoba. Su situación cambió cuando la presión del avance cristiano convirtió el valle del río Tajo en una verdadera zona fronteriza antes de que finalizara el siglo XI. A partir de ese momento, Albalat se situó en primera línea de una frontera móvil e inestable hasta caer definitivamente, a mediados del siglo XII, ante los ataques de las milicias de Ávila y Salamanca. Lo dejaron yermo, pero el yacimiento se salvó del olvido gracias a su localización en tan importante zona de paso y por la relativa monumentalidad de sus restos. Las respuestas a las grandes encuestas llevadas a cabo en el país desde el siglo XVI, como la inacabada de Fernando Colón -quien no era nada menos que el hijo de Cristóbal Colón-, o la realizada algunos siglos después por Pascual Madoz, atestiguan pervivencia de esta memoria: “junto al Tajo está la heredad llamada Villa-vieja, que conserva trozos de muralla antigua y torreones”. Tal como lo describen estos textos, lo primero que se apreciaba, y aprecia todavía, son los lienzos de su muralla construidos con mampostería de pizarra y recrecidos con tapial en algunos tramos. Siguen los contornos de una pequeña plataforma fluvial, rodeada al oeste y norte por cursos de agua, al este por un barranco poco hondo y al sur por lo que fue la antigua carretera N-V. Con una planta trapezoidal irregular, encerraba una superficie de dos hectáreas y estaba flanqueada por torres que pudieron alcanzar unos 8 metros de alto para las más altas. Como las murallas de otros núcleos medievales de la región, las de Albalat delatan, a través de sus numerosas reformas y ampliaciones, la tensión de la guerra y la necesidad de protegerse detrás de una estructura fuerte y potente de los asedios, razias e incursiones militares que asolaron estas zonas. Por suerte, el conocimiento que tenemos de este enclave va más allá de simples observaciones y apuntes históricos. Un primer punto de inflexión ha sido la identificación de un cementerio, y luego de un arrabal y de un hammâm (baño público) ubicados fuera de la muralla, que motivaron el inicio de unas campañas de excavaciones sistemáticas. Los vestigios más destacables se encuentran enterrados debajo de estratos compactos de tierra en el interior del área amurallada, formando un denso entramado de edificaciones. Se reconocen fácilmente calles de distintas anchuras y alguna placeta cuidadosamente enlosada que delimitan grandes manzanas ocupadas, según los casos por dos, tres o cuatro edificios con muros medianeros.

“Las murallas de Albalat delatan, a través de sus numerosas reformas y ampliaciones, la tensión de la guerra y la necesidad de protegerse detrás de una estructura fuerte de los asedios, razias e incursiones”

Restos de torres en Majâdat al-Balât (Romangordo)

Las plantas de las casas son típicas de la cultura medieval andalusí, con sus entradas a menudo en codo para preservar la intimidad de sus ocupantes, que desembocan en amplios patios abiertos. En torno a estos se abren varias estancias, entre las cuales siempre está una cocina con su hogar en el suelo y un salón-dormitorio. Algunas de estas viviendas estuvieron provistas de letrinas, signo inequívoco de la preocupación por la higiene y el bienestar. Las diferencias detectables entre sus superficies, sus ajuares, el tratamiento de algunos elementos arquitectónicos o incluso el tipo de madera utilizada para sus techumbres apuntan, según los casos, a hogares más pudientes o más modestos.

Hay que entender que las peculiares condiciones del abandono de Albalat, ocurrido en un contexto bélico con destrucciones e incendios voluntarios, han permitido la conservación de un abundante material o, al menos, lo que había quedado después de los saqueos llevados a cabo por las tropas asaltantes a mediados del siglo XII. Además, numerosos restos orgánicos, normalmente perecederos, se han preservado por carbonización: listones de los tejados, fragmentos de tejidos, esterillas de fibra vegetal que recubrían los suelos de tierra apisonada, restos de tapadera de corcho, semillas, etc. Todos ellos nos cuentan que no se trataba de una fortificación exclusivamente militar sino que albergaba una población estable que se dedicaba a todo tipo de labores. El gremio de los herreros ocupaba un lugar destacado, con sus talleres metalúrgicos concentrados cerca del paramento interior de la muralla norte. En estas forjas reciclaban chatarras y reparaban herramientas de uso cotidiano, además de elaborar nuevos productos, entre los cuales las armas y los arreos debieron de tener un papel fundamental. Otra rama especializada tuvo que ser la de los orfebres, que practicaban el reciclaje del cobre y sus aleaciones, para fabricar colgantes y amuletos contra el mal ojo como lo demuestra el hallazgo de un molde de muy buena factura. La explotación del medioambiente pasaba lógicamente por la agricultura, con el cultivo de cereales, leguminosas y frutas, algunas de ellas procedentes de la colecta de los árboles silvestres como las castañas y las bellotas dulces. Parte de los recursos alimenticios procedían del río, donde se pescaban varias clases de pescados y almejas fluviales hoy desaparecidas. También se basaban en el manejo de una cabaña dominada por los ovicápridos y las aves de corral, lo que no impedía que una proporción notable de los animales consumidos se obtuvieran de la caza menor (perdices, conejos, liebres) y mayor (en especial los ciervos). Los desechos generados se aprovechaban para el trabajo de los huesos y de las cuernas, empleados en numerosos artefactos tan usuales como podían ser las empuñaduras de cuchillos, o en instrumentos imprescindibles para la tarea doméstica del hilado como las torres de ruecas y las fusaiolas. Finalmente, otros restos de este material tan humilde sirvieron para tallar unas fichas de ajedrez, ocio todavía asociado en aquella época con cierta élite. Estas, junto con los juegos de mesa tan populares de alquerques grabados en las losas de varios patios, ponen de manifiesto una vertiente lúdica de las ocupaciones diarias.

El conjunto de estos datos, presentados aquí muy brevemente, apuntan a un paisaje bastante parecido, aunque no similar, al que se puede contemplar en la reserva de la biosfera. Permiten tender puentes entre prácticas pasadas y actuales, valorar y apropiarse un pedazo del pasado.

 

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